Usted está aquí: sábado 15 de noviembre de 2008 Opinión No pagamos nosotros la crisis

Matteo Dean

No pagamos nosotros la crisis

Ha invadido las calles italianas. Pero, sobre todo, ha invadido las conciencias y la sociedad italianas llevando en estos espacios normalmente estrechos y poco receptivos de las novedades los lenguajes nuevos y compartidos de un movimiento que el gobierno –y vendría por decir, el entero sistema capitalista– no logra comprender. Y como suele pasar, la respuesta a la incomprensión, misma que genera miedo, es la omisión.

Estamos hablando del movimiento que en estas semanas está luchando en contra de la recientemente aprobada ley que reformaría la educación en Italia. Una especie de reforma que en realidad corta y achica el sistema formativo italiano. Una reforma que apunta todo a la reducción de fondos para las universidades públicas –las más prestigiosas y las más numerosas en el Bel Paese–, regresa al maestro único en las escuelas primarias, reduce aún más los financiamientos para la investigación y abre la posibilidad de participación privada en la gestión de los ateneos estatales. En otras palabras, la vía italiana a la privatización de la formación.

Lo novedoso de este movimiento reside en su composición, sus demandas, sus lenguajes, sus modalidades de acción y sus referencias. Al mirar la situación, es decir la protesta frente a una ley ya aprobada, los estudiantes y quienes los acompañan hoy miran la experiencia francesa en contra de los CPE, los contratos de prueba del nuevo cuadro normativo que en dicho país trataron de imponer vía legislativa y que a las pocas semanas cayó bajo el peso del rechazo generalizado al futuro de incertidumbre que los jóvenes se veían caer encima. Y como sucedió en 2006 en Francia, hoy en Italia el movimiento se alarga y ya no son estudiantes los que protestan.

Con ellos, hoy marchan miles de investigadores precarios, egresados de doctorados y maestrías, que ganan por debajo de los mínimos salariales, con contratos a tiempo determinado; marchan los padres de familia que comprenden la precariedad de la educación primaria que la reforma introduce y que comparten la ansiedad de un futuro incierto; marchan los maestros que ven capado su desarrollo profesional; marchan los mismos estudiantes que luego regresan a sus escuelas y universidades y las ocupan, las autogestionan y prueban a soñarlas diferentes. Y por esta misma razón las demandas se extienden.

Se pide que se retire la infame ley aprobada, pero junto a esta demanda tan específica, se plantea discutir desde cero el entero sistema formativo italiano, desengancharlo del sistema productivo que, junto al sistema salarial y laboral, ha precarizado también las nuevas formas de trabajo, el llamado trabajo cognitivo, transformando a los estudiantes en nuevos esclavos de las empresas a través de los tiempos de prueba, de las investigaciones académicas, etc. Para conseguir estos objetivos, como antes dicho, se ocupan escuelas y planteles universitarios, se organizan asambleas y reuniones.

Sin embargo, la novedad reside en el hecho de que ha quedado claro que este año las ocupaciones no son para encerrarse en los institutos educativos, sino que se cierran los planteles para abrirse a la sociedad, se ocupa para liberar, y el diálogo con la sociedad es el eje de todas estas acciones.

Finalmente, la novedad mayor: en las asambleas, en los mítines e incluso en las marchas multitudinarias que se llevan a cabo, el lenguaje es distinto. En 1990 surgió el movimiento estudiantil más importante de los 30 años recientes. Se llamaba “el movimiento de la pantera” porque recuperaba la noticia de una fuga, la fuga de una pantera del zoológico de Roma. Este año también, al parecer por pura coincidencia, una pantera se fugó y sigue errando libre por las montañas del sur italiano.

Y sin embargo, quienes hoy tratan la comparación con aquel movimiento se equivocan. Éste de hoy es un movimiento que bien se podría definir posideológico, que habla un lenguaje distinto, alejado de la retórica de la izquierda histórica, que no dialoga con referentes institucionales o solamente históricos, que habla más bien el lenguaje del presente precario y de la incertidumbre laboral y casi existencial. Un movimiento que plantea su fuerza en la horizontalidad que no tiene jefes o líderes estudiantiles guiados. Un movimiento transversal, que reúne, como se ha dicho, a los estudiantes con sus padres, sus maestros y los investigadores, y que dialoga con una sociedad en crisis no sólo económica sino también cultural. Una composición nueva entonces, absolutamente pragmática, que rebasó las ideologías del pasado, completamente socializada en el tejido productivo metropolitano, sin alguna lagrima que verter por las banderas, coloreadas o bellas que sean. Un movimiento que sabe que la frontera entre formación y trabajo se ha esfumado, bajo el signo de la precarización y la devaluación. Es una composición que no se puede representar y que está haciendo de la no gobernabilidad una forma de estar en la calle.

Y no es casual que en estos días las asambleas vivan de las intervenciones de todos o casi, y que las palabras dichas apuntan todas hacia la señalización de la descalificación promovida por el sistema de los saberes y de los títulos de estudio y que reivindican dinero y futuro. Es por eso que en las calles italianas el lema, la consigna de este movimiento hoy es: “No seremos nosotros quienes pagaremos la crisis de ustedes”.

 
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