Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de noviembre de 2008 Num: 715

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Viajando
(cuentos cortos alternativos: el lector decide cuál final prefiere)

RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Versos, 2
TITOS PATRIKIOS

El arte olvidado de la conversación
ADRIANA KOLOFFON entrevista con ROB RIEMEN

Raymond Carver, poeta del “realismo sucio”
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

La mentira
RAYMOND CARVER

Los rayos gamma en 2012
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Hugo Gutiérrez Vega

EL EDÉN SUBVERTIDO (I DE VII)

Para Marco Antonio Campos y Víctor Sandoval

Me preguntó cómo eran “las Cervantes”, las maestras de Jerez que enseñaron a Ramón López Velarde las primeras letras; las que dieron a conocer al rapaz ávido de sensaciones “la o por lo redondo”. A esa edad tan temprana ya lo atacaban los perturbadores “calosfríos ignotos” producidos por la falda almidonada, los ojos verdes y “el timbre caricioso” de la voz de la prima Águeda, cuyas visitaciones despertaron la imaginación y la sexualidad (la sexualidad sin imaginación es nada más un bello ejercicio físico) del niño que, unos años después, se convirtió en el padre soltero de la moderna poesía mexicana.

Me pregunto cómo era el canónigo don Domingo de la Trinidad Romero, rector del Seminario Conciliar de Zacatecas, lugar donde estudiaba un joven sin vocación de levita llamado Ramón López Velarde. Hace unos años, cuando me acercaba a la “bizarra capital” del estado de Zacatecas, vi “el cielo cruel y la tierra colorada” a los que el poeta cantó “con verso sincerista”. Desde la ventana del hotel contemplé de nuevo “las altas y las bajas del terreno, que son siempre una broma pesada”, y esperé impaciente el sonido de la campana mayor de Catedral; esa música que, para su infortunio, no puede escuchar el Papa de Roma, esa grave voz que rebautiza a los fieles, los penetra y los lava. Ignoro la actual correlación de las fuerzas sociales y políticas que se agitan bajo la sombra propicia de la montaña que finge “un corcel que se encabrita”. Supongo que los odios entre los católicos de Pedro el Ermitaño y los jacobinos de época terciaria, se seguirán dando bajo el amparo de la buena fe, y pienso que en el Seminario y en la universidad ahora mismo estará leyendo y escribiendo algún muchacho capaz de hacernos recordar el físico y el alma de nuestro poeta mayor. (Otros hay buenos, muy buenos o menos buenos, pero el iniciador, el más original y el más universal a fuerza de ser fiel a lo propio, a las cosas inmediatas que nutren el alma y la literatura sincera como la quería Rubén Darío es, pésele a quien le pese y caiga quien caiga, Ramón López Velarde). Un muchacho que nos haga pensar en los tiempos del “seminarista sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”, que tenía “sensaciones arcanas en las misas solemnes”, al contemplar a las bellas colegialas del coro teresiano. Al leer estas cosas, como me sucede al decir las palabras del “Idilio salvaje”, o al recordar las precisas descripciones de la textura y la coloración de los labios de la monja hechas por un González León que la admiraba con urgencia y desde lejos, se me hace patente el fauno de la siesta mallarmeana, inflando la nariz y golpeando la tierra seca con las pezuñas, y creo que Ramón, al igual que Baudelaire, rondaba lo blasfemo y mezclaba las maravillas del amor sexual con las palabras de la liturgia que enriquecían su expresión con doradas ceremonias, agregándole el retorcido atractivo de lo culpígeno.

Reconozcamos, por otra parte, que no la pasó tan mal en el Seminario, donde obtenía premios y frecuentes “dieces”. Le gustaba la liturgia, amaba el canto gregoriano, y se sentía protegido por el humo del incienso, los reconfortantes misterios de la misa y el rosario, y la palpitación protectora de la custodia de las bendiciones.

(Continuará)

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