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Pedro Miguel
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■ Hace 25 años, en Mejorada del Campo

■ Cuatro grandes de la cultura

Ampliar la imagen Ibargüengoitia, Traba, Rama y Scorza Ibargüengoitia, Traba, Rama y Scorza

Lo más dañino para la cultura latinoamericana, después de los gobiernos militares y la televisión, es el aeropuerto de Barajas. Hoy hace 25 años murieron, en los alrededores de esa terminal aérea nefasta, varios grandes de las letras y del pensamiento que viajaban a bordo de un Boeing 747 de Avianca, procedente de París, y que debía hacer una escala en Madrid antes de volar rumbo a Bogotá, donde asistirían a un encuentro cultural organizado por la Academia Colombiana de la Lengua. Los tripulantes introdujeron coordenadas erróneas para el aterrizaje, interpretaron mal las señales del radiofaro y el piloto viró a la derecha antes de tiempo. Para colmo, el controlador aéreo no dio seguimiento en el radar a la trayectoria equivocada del jumbo. En consecuencia, la aeronave descendió antes de tiempo, al suroeste de la pista, en la localidad de Mejorada del Campo; a la una de la tarde con cinco minutos, el motor número cuatro y el tren de aterrizaje derecho chocaron contra un montículo; tres segundos después el avión rebotó en otro cerro, volvió a caer, el ala derecha se rompió en el terreno, la nave se arrastró unos 800 metros, giró 180 grados sobre su eje y el fuselaje quedó invertido, fragmentado en cinco pedazos llameantes. Sólo 11 o 12 de las 192 personas que viajaban en el aparato se salvaron, más o menos de milagro, porque la fuerza del impacto las arrojó hacia afuera o porque, en los primeros instantes tras la caída, lograron abandonarlo.

En esos tiempos, la corrección política no prohibía la difusión de imágenes fuertes, y en un video de la época puede verse a rescatistas que recopilan cosas que parecen pollos rostizados, así como a un viejito no identificado que llora, en falso, al mecenas literario Conrado Blanco, quien falleció 15 años después del avionazo; al académico José García Nieto, muerto en 2001; a Pedro García, quien en ese entonces ya era difunto; al editor y ensayista Guillermo Díaz-Plaja, quien murió un año después, y a Carlos Murciano, que sigue vivo. En su obituario precipitado omitió, en cambio, a la pianista catalana Rosa Sabater, que fue una de las víctimas. Es posible que este enredo hubiese dado a Jorge Ibargüengoitia materia para un relato, pero el gran guanajuatense ya no se enteró porque murió en el avionazo.

“Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. [...] Faltándome dos años para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron 15 años lamentando esta decisión [...] Más tarde se acostumbraron.” Pero Ibargüengoitia se hizo dramaturgo, y cuando una de sus primeras obras (El atentado) recibió el premio Casa de las Américas decidió volverse novelista, y creo que sigue siendo, para buena fortuna de México, uno de los más leídos del país.

Dicen que cuando le llegó la invitación al encuentro de Bogotá, Ibargüengoitia, quien había fijado su residencia en París, se mostró reacio a asistir, que a última hora decidió viajar, que se llevó consigo el original de la novela que estaba escribiendo en ese momento y que el manuscrito desapareció junto con su autor. Aun con ese faltante, el hombre ha dejado una marca agridulce y duradera en la memoria de incontables lectores de varias generaciones.

Aunque también incursionó en la narrativa y en el teatro, el uruguayo Ángel Rama, otro de los pasajeros ilustres del infortunado vuelo, pasó a la historia como crítico, académico y ensayista y visioniario de la cultura continental. En abril de 1964, en el semanario Marcha, de Montevideo, cuyas páginas de literatura dirigió, dijo de García Márquez: “La comprensión exacta de una realidad pareciera ser la que gobierna en este caso a un escritor, y hace de él, a los treinta y cinco años, uno de los narradores importantes del continente”.

En ese mismo texto, Rama sintetizó, con unas palabras que 44 años después mantienen su vigencia, la violencia colombiana: “¿Cuándo empezó? ¿Quién fue el primero? ¿Por qué se originó? ¿Cuáles fueron sus episodios más llamativos? Pero a medida en que los años pasaron, esa violencia, al continuar invariable, se transformó en estado natural; la distorsión de realidad y vida se hizo norma, costumbre cotidiana. Ni siquiera parecen alarmar al resto del continente los 100 mil muertos de una guerra civil no declarada”. La violencia dictatorial que se abatió sobre su país convirtió sus andanzas mundiales en exilio y lo privó de nacionalidad. Por eso, el 27 de noviembre de 1983, Rama viajaba con un pasaporte venezolano.

Me salto el orden alfabético para no separar a Ángel Rama de Marta Traba, su mujer, quien viajaba también en el aparato de Avianca, y no precisamente en calidad de mera acompañante: nacida en 1930 en Buenos Aires, Marta tenía una extensa trayectoria como crítica de arte, como periodista, como ensayista (El museo vacío), como poeta (Historia natural de la alegría), como novelista (Las ceremonias del verano), como conductora de programas culturales en la televisión, como errante lúcida y como mujer de izquierda. A fines de los años 40 del siglo pasado, con apenas 19 años, tuvo el empuje de largarse, sola, a París, donde estudió historia del arte; posteriormente se estableció en la capital colombiana con su primer marido, el periodista Alberto Zalamea, y dirigió el Museo de Arte Moderno de Bogotá; en 1968, el presidente Lleras Restrepo le otorgó un plazo de 24 horas para que abandonara el país, porque Marta repudió la toma de la universidad por los militares; sin embargo, la sanción no pudo llevarse a cabo porque generó un repudio generalizado. A comienzos de 1983 acababa de ganar una dura guerra contra el cáncer y se sentía, más que nunca, apegada a la vida.

www.youtube.com/watch?v=vvzYQqGVtlw

Para 1983, Manuel Scorza, peruano, tenía 55 años, lo que difícilmente puede considerarse una edad provecta. Muchos años antes le había escrito a Rubén Bonifaz Nuño:

Bajo los árboles vertiginosos del crepúsculo, /vestidos de viudos, hemos de vernos. / En las estepas de los gentíos / me verás, te veré, nos veremos. / Y alrededor de nosotros / los recuerdos de pico ensangrentado. / Las hélices amarillas del otoño / degollando pájaros inocentes. Cierta tarde –cualquier tarde– / en una esquina nos desconoceremos. / Y por calles diferentes / a la vejez nos iremos.

El destinatario de esos versos llegó a una vejez colmada de reconocimientos muy merecidos. El remitente, en cambio, se quedó en la tierra chamuscada de Mejorada del Campo. Dejó tras de sí poemarios lúcidos, amargos y de títulos sorprendentes (Las imprecaciones, Los adioses, Desengaños del mago, El vals de los reptiles) y, sobre todo, un deslumbrante ciclo de novelas al que igual llamaba “Balada” que “La guerra silenciosa”: Redoble por Rancas (1970), Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979). Cerrada la serie, una suerte de mural de las luchas campesinas de su país, en las que el propio Scorza participó con fervor militante, publicó La danza inmóvil (1983), complejo texto de exploración y experimentación. Fue un hombre comprometido y, al igual que Rama, carne de exilio.

Una frase del peruano podría resumir el final trágico de los cuatro: “No somos sino palabras escritas por el dedo de alguien en un muro invisible”. Tal vez, pero ellos siguen siendo palabras mayores.

 
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