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Vilma Fuentes
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Lévi-Strauss y el diente-de-león

Todavía hace unos años, en el cruce de las calles de Sorbonne con Ecoles, podía inclinar la cabeza en signo de reconocimiento y saludo a un hombre empequeñecido por la edad, pero aún erguido y vigilante. Él asentía al homenaje discreto de mi saludo con un más discreto esbozo de sonrisa: Claude Lévi-Strauss, sin duda a la salida del Collège de France, caminaba solo, sin la molesta distracción que implica un cortejo de admiradores ni el ensimismamiento del pensador encarcelado en la torre de marfil.

El célebre antropólogo, que ya no es necesario presentar, era ante todo un espíritu curioso y profundo, que habría deseado comprender el secreto de la organización de las sociedades humanas. Cuenta que, joven, durante un paseo en el campo, observó un diente-de-león. Fascinado por la compleja y perfecta construcción de esa modesta planta, la cual revelaba la existencia de una estructura rigurosa, pensó que las sociedades humanas podían, también, poseer una estructura invisible y que su trabajo sería descubrir esa estructura, trabajo al que iba a consagrar su vida.

Su ambición era elevar la etnología a la altura de una verdadera ciencia. Vasto proyecto, que reconoce no haber logrado. Acaso, Lévi-Strauss era finalmente una naturaleza más literaria que científica. Se sabe que Tristes trópicos era en principio el título de una novela que abandonó, en cuanto tal, al tomar conciencia que no poseía las cualidades de Conrad, autor que admiraba.

El homenaje que se le rinde en su centenario, en el Museo de Artes primarias –donde una sala de teatro tiene su nombre–, presenta casi todas las facetas de su rica personalidad. Manuscritos, carnets de viaje, dibujos, notas intercambiadas con André Breton –con quien viajó en el barco que los llevó al continente americano huyendo de la guerra mundial– películas, fotografías, objetos y lectura de sus textos por una centena de intelectuales.

Lévi-Strauss habría preferido que su centenario pasara desapercibido: le parece triste glorificar la decadencia del cuerpo y la mente. Como Anatole France, se pregunta por qué la vida no comienza con la vejez y termina en la fuerza de la juventud.

De él mismo, Lévi-Srauss afirma que no se piensa como un “yo”, alguien con recuerdos, una identidad. Dice: “Soy más bien un lugar, un simple lugar por donde pasa el agua como por el lecho de un río. Hace algunos años, un investigador me interrogó a propósito de una época de mi vida: mis respuestas fueron refutadas por frases enunciadas por mí en ese entonces”. Acaso, ese olvido, esa carencia de identidad, ha servido a Claude Lévi-Strauss para escuchar, ver, tratar de comprender, la otredad buscada en antiguas civilizaciones sobrevivientes.

Este gran melómano ha explicado su fascinación por la búsqueda de la estructura del mito. Encontrar en el relato, “sin pies ni cabeza”, de esas historias que los hombres repiten porque no pueden poder explicar lo inexplicable: una respuesta al enigma que no cesa de dar nacimiento a un nuevo misterio en el instante mismo de su revelación. Hallar el común denominador de los mitos en las civilizaciones, pero también las diferencias que parecerían alejarlos. Lectura del mito semejante al de una partitura de orquestación, en la cual deben leerse las notas al mismo tiempo de izquierda a derecha y verticalmente. Como si en un futuro lejano, terminadas nuestras civilizaciones, seres de otras galaxias trataran de explicarse qué vida posible hubo en nuestro planeta, al tratar de descifrar una azarosa partitura musical.

Lévi Strauss, testigo viviente de la explosión demográfica actual, lejos de entusiasmarse por el “progreso”, se inquieta de nuestra proliferación y de la catástrofe del número creciente de sociedades que desaparecen. Se le reprocha su espíritu consevador, pero ¿el estudio de sistemas y el respeto de los ritos más antiguos no es indispensable a la vida de las especies, comprendida la nuestra, tan amenazada por su desaparición?

 
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