Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de noviembre de 2008 Num: 717

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Al Sur
JORGE VARGAS BOHORQUEZ

El verano
DÍNOS SIÓTIS

Pedro Henríquez Ureña, el militante
NÉSTOR E. RODRÍGUEZ

José Carlos Somoza: el estilo fluctuante
JORGE ALBERTO GUDIÑO

Carta desde (La) Resistencia
ESTHER ANDRADI

Los inmigrantes en la era Obama
RAÚL DORANTES Y FEBRONIO ZATARAIN

El alfaquí
PAUL BOWLES

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Poema


Directorio
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Marco Antonio Campos

La joven del arete

¿Qué hiciste, Señor? Muchos creemos que cada siglo por una vez te apropias del alma y los ojos de un pintor o viceversa. En el siglo XVII fue en Delft. Puedo imaginar ahora, desde mi cuarto de Amberes, mirando plaza Bolívar, cómo tomas su mano, esparces los pigmentos, y con pincel sorpresivo, orientas y converges líneas, combinas amarillos y azules de milagro, la luz que da más luz porque es el alma. Cualquieraydondequieraycomoquiera habla del cuadro con puntos de admiración: tres cuartos de la cara de la niña mariana de veinte años perfilada hacia atrás: labios entreabiertos, nariz recta, mirada gris azul, el arete platea lo que no miro…

Aquí entre nos, en ese tiempo ¿a quién no le gustaba la muchacha? Pero Señor ¿el afán tuyo o el de Vermeer fue cortar de hoja en ramajes de hayas los pájaros parados de un disparo? ¿Por qué esa perfección que hiere la mirada y nos hace pensar en Delft en esos años, ah en esos años del '64 y del '65, ah, en esos años?

Me gusta evocar aquí en Amberes cuando tú y yo la nombrábamos, y nos íbamos, ginebra –mano en alto–, por bares y tabernas de La Haya, o multiplicábamos pasos a orillas del Schie en el verano pálido de Delft, o mirábamos tus manos en las manos de la niña mariana desde el reflejo de oro de las obras maestras de la basílica de Maastricht.

¡Vaya estribillo latoso de que el retrato de retratos lo figuró Leonardo con La Mona Lisa! Claro que lo admiro y mucho, pero qué quebraderos de cabeza e hipótesis de bobo de si es auténtico, de si vivió en equis parte, de si fue la esposa del Giocondo, de si la sonrisa leve y enigmática, de si tenía veinticuatro o no… ¿Pero quién no ha oído el infundio que le endilgan a través de pasillos y salones del palacio del Louvre? Para darse ínfulas de reina del cuadro de los cuadros –vaya hablilla–, pidió desde hace años un cristal frente a la cara para que la vean veintinueve segundos y treinta tres centésimas japoneses con cámaras digitales, alemanes de raza superior que sólo ven lo cuadrado en la cabeza, italianos que afirman que nadie más idéntica a la prometida, argentinos que la califican de menos que poquita cosa, mexicanos que la comparan con estrellas de telenovelas, bufalada de gringas y gringos retirados que sólo exclama como lúcido argumento: It's exciting, my dear!

Tú me conoces; no soy mal educado; pero si éstos quieren saludarme, silbo, miro hacia arriba, miro arriba a la niña del arete, la mariana niña de veinte años, y frente a ella, miro pintándola a Vermeer.