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Teresa del Conde/ I

MUAC: intento de aproximación

Merry MacMasters dio cuenta de las dos aperturas del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) verificadas el pasado 24 de noviembre. Asistí a la vespertina, pero no ingresé al recinto.

Mi primera visita al museo ya ocupado (antes hubo otras) se realizó la mañana siguiente, con anuencia de Graciela de la Torre, a quien agradezco su moción, como agradezco la atención que me prestaron dos de los curadores: José Luis Barrios y Patricia Sloane, así como a los técnicos.

Pude experimentar los haces luminosos de Rafael Lozano-Hemmer y la selección cinematográfica que complementa la exposición de fotografías pertenecientes a la colección Televisa, ambas estudiadas y exhibidas bajo lectura de Barrios.

La muestra fotográfica tiene su base en una apostilla de la crítica del juicio kantiana: “Se denomina colosal a la mera presentación de un concepto que es casi demasiado grande para cualquier representación”.

Todas las fotografías obedecen al género fotorreportaje, pero las hay que unen belleza con horror, una de éstas es la imagen de San Pablo de Londres durante el bombardeo alemán de 1940, de Thomas Hoopker. De otra parte no hay inmunidad posible ante la toma del bombardeo con napalm en la guerra de Vietnam. Aunque uno la haya visto antes, conmociona, lo mismo que la trinchera en Kent, abarrotada de niños en la Segunda Guerra Mundial o el retrato de Robert Capa del soldado alemán capturado.

Éste y otros ejemplos de lo exhibido, hasta donde percibo, marcan una de las tónicas que actualmente prevalecen en las exposiciones inaugurales.

Se exhibe la destrucción, se exhiben los restos testimoniales de crímenes de lesa humanidad, se exhibe en sección de cine documental un desastre ecológico (Oil is Treachorous) y la inexpresable situación anímica de un joven soldado ruso, con objeto de retrotraer situaciones bélicas que quizá los espectadores jóvenes desconocen y también como medio para poner en evidencia momentos cargados de tensión, como ocurre con las dos tomas de Melanie Smith (en otra sección), Seis pasos hacia lo impredecible.

Salvo pocas excepciones, no existe en la colección expuesta nada que se aproxime a “la contemplación del arte” , es decir, el museo es antiutópico, pero no por eso deja de ser un museo, eso a pesar de su designación de ‘posmuseo”, término acuñado por De la Torre en el intento de condensar uno de sus significados.

Si ahora hay en la Universidad Nacional Autónoma de México un “posmuseo” (que sería el museo después del museo) tendríamos que remitirnos otra vez al “arte después del fin del arte”, noción archiconsabida como para reiterarla. El MUAC (hay que pronunciar las siglas acentuando la “A”, no la “U”, por propiedad fonética), hoy por hoy se propone como meta ser un recinto pluridimensional donde se muestran elementos en interacción.

El contenedor (el edificio) es demasiado protagónico en la zona y deja libre mucho aire y múltiples espacios por los que el espectador discurre –a veces medio perdido– visitando los islotes ocupados por las exposiciones reunidas.

La principal: Los cantos cívicos, de Miguel Ventura, es un museo dentro de otro y para calibrarla a fondo se requiere realizar su recorrido teniendo en mente invertir tiempo en esa sola visita, pues Ventura es, como bien se sabe, un ocupador obsesivo compulsivo del espacio. Las facultades de Ciencias, Veterinaria y Psicología han coadyuvado a la consecución, en tanto los animales disecados provienen de la segunda y las acciones inevitablemente pavlovianas, de la tercera, en la que intervienen por un lapso las 90 ratas.

Pero en los momentos de escribir esta nota los roedores están ausentes, porque de haberlos traído desde las inauguraciones, “quedarían demasiado estresados”, según me fue informado. Y no lo dudo.

Todos los procesos hasta ahora realizados son resultado de métodos ya experimentados y de esquemas y conocimientos adquiridos e investigados puestos a prueba. De no ser así, no existiría concreción posible, ya se trate del diseño museográfico establecido para la ocupación de los espacios edificados –como la terraza donde están diseminados los balones inflados o ponchados, sometidos a tratamiento– de Gabriel Orozco.

Las selecciones y las lecturas que los curadores han hecho de las mismas tienen como antecedente lógico sus respectivas incursiones curatoriales e intereses artísticos y antiartísticos (estos últimos son válidos en la pendular era posconceptual) y desde luego que igualmente las adquisiciones realizadas, que van configurando bases de acervo.

 
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