Usted está aquí: viernes 5 de diciembre de 2008 Opinión Violencia, abuso sexual y sida

Gabriela Rodríguez
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Violencia, abuso sexual y sida

México es una de las naciones más violentas del mundo. La violencia de género en particular, las diversas formas masculinas de demostrar poder a través de la fuerza ya sea de los hombres contra las mujeres, o de los hombres contra otros hombres, así como las ideas sobre la sumisión como ideal femenino, han causado daños graves en el interior de las familias y de las parejas. Jóvenes, adolescentes, niñas y niños han sido víctimas de prácticas extremas, se daña y atenta dolorosamente la integridad corporal con maltratos físicos, emocionales y sexuales.

En México el abuso sexual lo reportan 13 por ciento de las personas menores de 18 años y ocurre en ambientes donde hay maltrato y violencia. Cerca de 80 por ciento de las víctimas que reportan abuso son mujeres, y los agresores son en su gran mayoría varones, 10 por ciento se embaraza y la quinta parte de las víctimas adquiere una infección de transmisión sexual (Informe nacional sobre violencia y salud. Secretaría de Salud, México, 2006).

Dentro del noviazgo, la violencia y el abuso sexual no han sido muy visibles; sin embargo, 16 por ciento de las muchachas reportaron haber sufrido violencia sexual de su novio; se trata de experiencias altamente vinculadas con el consumo de alcohol (Encuesta Nacional de Violencia en las Relaciones de Noviazgo, Inegi/Instituto Mexicano de la Juventud, México, 2008).

¿Cuántos de esos actos violentos incrementan la epidemia del VIH/sida? Con esa precisión no hay ningún registro, pero hoy se reconoce que en América Latina coexisten dos epidemias paralelas de esta infección: 1) La de hombres que tienen sexo con otros hombres (HSH), trabajadoras sexuales y usuarios de drogas intravenosas. 2) La de mujeres y jóvenes. En ambos grupos crece la proporción.

Cerca de 35 por ciento son hombres que tienen sexo con otros hombres y 32 por ciento son mujeres y hombres heterosexuales; la mayoría adquirieron la infección durante la juventud, pero al considerar que la incubación del virus puede tomar años, la infección en muchas ocasiones comenzó desde la adolescencia (Sistema de vigilancia epidemiológica, Ssa, México, 2007).

Pero lejos de propiciarse una sexualidad placentera y libre de violencia, la cultura sigue promoviendo la violencia y el abuso del alcohol como forma de prestigio masculino; los hombres no violentos, que huyen de los golpes y quieren hablar para arreglar los asuntos son calificados de “afeminados” o “débiles” y son presionados a actuar con violencia.

Por eso es indispensable hablar y detener la violencia sexual en la casa y en la escuela, luchar contra las desigualdades de género y contra la homofobia. Reconocer estos riesgos desde edades muy tempranas, a fin de ejercer el respeto al cuerpo y a la integridad personal, distinguir las expresiones de una sexualidad sana y las señales de riesgo. Hay que saber que en la mayoría de los casos de abuso sexual los agresores son personas conocidas o parientes de la víctima, hombres adultos, adolescentes o jóvenes, padres o padrastros, hermanos, tíos, primos, choferes, novios, maestros, niñeras, curas y confesores. La orientación del agresor no se relaciona con el sexo de la víctima; hay agresores que siempre han tenido pareja heterosexual o del otro sexo, pero que abusan de niños o de hombres adolescentes. También hay casos de abuso sexual de mujer a mujer.

Algunos docentes y padres de familia tienen miedo de hablar del tema, pero a lo que tendrían que temer es a la ignorancia, que es la que deja sin protección a las personas. Otras veces están contra la educación sexual por complicidad con los agresores. El hecho es que el abuso sexual no se aborda en las escuelas y que se invierte muy poco en capacitar maestros. Por el contrario, en el caso de Jalisco se contrató al grupo privado Enlace (En la Comunidad Encuentro, AC) para la capacitación en educación sexual. Son educadores formados en el Opus Dei, editores de un libro financiado por la SEP federal que nunca habla del riesgo de abuso sexual ni del derecho a la información de las niñas ni de los adolescentes, que fomenta una visión hostil al placer y discrimina a quienes viven con VIH, que contradice el conocimiento científico y confunde a los estudiantes al desacreditar el condón e inventar que todos los anticonceptivos causan cáncer.

Tal como muestra el actual conflicto magisterial, la educación se ha convertido en botín político. Nuestra institución educativa ha perdido la visión de futuro y de construcción de Estado, y pareciera que lo último que a los actuales funcionarios les interesa es la formación de ciudadanos, el acceso al conocimiento científico y el desarrollo integral de las nuevas generaciones.

 
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