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■ Era un maestro, no como esa cosa llamada Elba Esther Gordillo, recuerda un colega

Othón Salazar, una vida de congruencia en el normalismo y en la lucha social

■ Ni Torres Bodet ni la cárcel pudieron con él, señala el profesor jubilado Lorenzo Ávila

Arturo Cano /i

Ampliar la imagen Othón Salazar, durante una charla con La Jornada, el 22 de agosto pasado Othón Salazar, durante una charla con La Jornada, el 22 de agosto pasado Foto: Yazmín Ortega Cortés

Los ponentes hablaron sentados. Cuando llegó su turno, Othón Salazar Ramírez le hizo justicia a su fama. Se puso de pie, tomó el micrófono y lanzó un discurso con ese tono suyo entre épico y mitinero, ceremonioso siempre: “Quiero decirles a mis compañeros veteranos del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) que no tengamos miedo a la muerte. Como decía uno de mis maestros: ‘Para qué tenerle miedo, si cuando ella llega nosotros ya nos fuimos’”.

Eso fue hace 15 años, en 1993, en un homenaje organizado por la revista Hoja, editada por miembros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Había en el auditorio muchos profesores jóvenes, pero también varios de la vieja guardia del MRM.

Carlos Monsiváis –admirador de la tenacidad de Salazar desde que lo conoció, en los patios de la Secretaría de Educación Pública en abril de 1958– hacía las veces de entrevistador. Y Othón Salazar hablaba de la muerte, conminaba a sus compañeros de antaño: “No tengamos miedo a la muerte… Que las nuevas generaciones de maestros nos recuerden con todos nuestros defectos, pero también recuerden que hicimos que nuestras vidas estuvieran inscritas a ideales nobles, inspirados en el bien de nuestros semejantes”.

A los 84 años de edad, en la cama de su casa en una humilde colonia de Tlapa, Guerrero, murió el normalista Othón Salazar, dirigente estudiantil, líder sindical, primer alcalde comunista de México. Murió pobre y terco. Y es también muy probable que haya muerto como vivió: sin miedo.

“Se paraba en el Zócalo, muy duro, muy valiente. Varios compañeros lo teníamos que sostener en hombros para que se dirigiera a la multitud, pues ni siquiera nos dejaban meter un vehículo”, recuerda el profesor jubilado Lorenzo Ávila.

Cesado por othonista

Después de la represión, Salazar y otros maestros fueron cesados. El guerrerense nunca recuperó sus plazas de profesor de primaria y de civismo en secundaria.

“A mí me cesaron en 1960 por othonista, pero como ya tenía dos hijos que mantener encontré un puesto en la Universidad Nacional Autónoma de México y desde entonces estoy allí”, dice Guillermo Ramírez, hoy dueño de una vasta trayectoria en el servicio público y de una sólida carrera universitaria. Fue, por ejemplo, codirector del Fondo de Cultura Económica y director de la Facultad de Economía. “Puede preguntar, a todo mundo le digo que soy normalista de tres años, porque es el título que más me enorgullece.”

Ramírez pide, exige, que esa calidad, la de normalista, sea la que se recuerde de Othón Salazar: “Algunos dirán que fue comunista, otros que líder gremial. Y sí, no se le puede regatear su indudable mérito sindical, pero tampoco hay que hacer que pague los pecados del Partido Comunista en el magisterio. Él, por la congruencia en su vida, se cuece aparte. Othón era antes que nada normalista, un heredero de los maestros que, desorejados por los cristeros, seguían resistiendo, trabajando y sacrificándose por los que menos tienen”.

Ramírez, profesor emérito de la UNAM, ingresó a la Escuela Nacional de Maestros en 1950, cuando ya Othón Salazar había egresado. Lo encontró ya como líder y lo escuchó horas y horas, todos los sábados, en las asambleas del sindicato de El Ánfora.

No quita el dedo del renglón Ramírez: “Antes que otra cosa Othón era un normalista, y eso hay que subrayarlo, porque ahora se ignora qué es el normalismo: el deseo de un individuo de transmitir conocimiento sin preguntarse cuánto va a ganar. Othón era un normalista, no como esa cosa llamada Elba Esther Gordillo, a quien yo no llamo maestra”.

Una decena de diputados del Partido Revolucionario Institucional se burlaba de la oratoria solemne del diputado hecho en la oratoria de los 50. “Ora pro nobis”, “amén”, lo choteaban, a gritos. Hoy es difícil recordar el nombre de alguno de esos diputados del bronx tricolor. En cambio, el diputado de la burla, Othón Salazar Ramírez, es llorado por miles de profesores y luchadores sociales de todo el país.

“Aquí estoy, soltando unas lágrimas, levantado desde las cinco, pues ni pude dormir bien”, dice el maestro jubilado Lorenzo Ávila, compañero de banca y de lucha del guerrerense.

El movimiento magisterial de 1956-1960 tenía demandas más bien sencillas: revertir el deterioro salarial que en 1958 alcanzaba 35 por ciento, jubilación a los 30 años de servicio, servicio médico.

Ávila repasa algunos de los momentos extraordinarios y terribles de aquellos años. El Congreso de Masas, el campamento en la Nacional de Maestros, el linchamiento de la prensa, los granaderos apaleando a las maestras en 1958, y la represión con Policía Montada el 4 de agosto de 1960.

Othón Salazar, quien ganó las elecciones de la sección 9 estando en la cárcel, rememoraba en 1993: “El México de la barbarie que nos tocó, nos castigó cuanto pudo, nos cesó, se rieron de nosotros. Ése fue el trato que dieron a una lucha que aplaudía el pueblo por su justeza, su alegría cívica y su arrojo”.

El “México de la barbarie”. Aun el “humanista” Jaime Torres Bodet se refería así a los maestros del MRM: “Nunca me habían rodeado tantas chamarras sucias, tantas camisas huérfanas de corbata, tantas uñas luctuosas y tantas melenas que parecían, por despeinadas, simbolizar las ideas de quienes las agitaban garbosamente…” (La tierra prometida, cuarto tomo de sus memorias).

Ni Torres Bodet ni la cárcel pudieron con Othón: “Otros se vendieron o se fueron; él nunca se dobló, siempre se mantuvo firme”.

Ávila recuerda que Salazar le llamaba por teléfono con regularidad. Así lo hacía con todos quienes consideraba cuadros del MRM. “Hermanito, hermanita”, comenzaba siempre. Generalmente llamaba para invitar a reuniones: “tenemos este proyecto, la lucha sigue, vamos otra vez por la Montaña roja”, decía.

“Me daba pena que una persona de su talento, de su valía, se acordara de mí”, expresa Lorenzo Ávila, todavía con lágrimas en los ojos.

Cada mes o mes y medio pasaba por las oficinas del Seguro del Maestro, el único espacio que el oficialismo sindical le dejó al MRM. Los comisionados organizaban una colecta, y cada vez se llevaba mil 200 o mil 500 pesos. Con algunos otros no tenía esa suerte. “Le hemos ayudado mucho, es un vividor”, decían otros viejos cuadros del MRM.

El rojo y el rosa

Regresó a su pueblo Alcozauca, para ganar la alcaldía en 1979. El primer municipio comunista, se presumía. La Montaña roja. Salazar siguió la ruta del Partido Comunista y llegó hasta el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Lo dejó en 1998: “Como el PRD no es un partido de izquierda”, dijo en su renuncia, “prefiero quedarme silbando en la loma a dejar de luchar por mis ideales”.

Apegado a sus antiguos camaradas comunistas, se embarcó en el proyecto del Partido Democracia Social (PDS).

En el acto fundacional del PDS, y en muchos otros, Salazar dijo una de sus frases más celebradas, que en estas páginas ha recordado Adolfo Sánchez Rebolledo: “Tengo los ojos ciegos de ver tanta injusticia y tanta miseria en la Montaña”.

Eloy Garza González cuenta que después de Salazar habló el también recientemente fallecido Gilberto Rincón Gallardo, con un discurso que hablaba de democracia y diálogo. En cuanto Rincón acabó, Salazar le dijo a Garza: “Ya vio usted: primero habló el rojo y luego el rosa. ¡Vaya evolución de país!”

Años más tarde, Salazar rompió con Rincón: “Se sintió defraudado cuando Rincón agarró el cargo en un gobierno panista. Me decía: ‘Ya está en otra órbita, lástima de amigo’”, cuenta Abel Barrera, director del Centro de Derechos Humanos de La Montaña, muy cercano a Othón en sus últimos años.

Barrera narra también que hace dos años él y otros colegas se dieron a la tarea de conseguir los correos electrónicos de personas con dos características: que fueran amigos de Othón y que ocuparan algún cargo público. La idea era abrir una cuenta bancaria para que Salazar dejara de padecer penurias. “Conseguimos 60 correos y mandamos mensajes dos veces. Sólo Rolando Cordera y Carlos Toledo nos contestaron”.

 
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