Usted está aquí: domingo 7 de diciembre de 2008 Opinión Una pérdida lamentable

Néstor de Buen

Una pérdida lamentable

Hace no más de tres semanas me comuniqué con Carlos María Abascal. Un amigo común me había informado de su delicado estado de salud. Lo encontré abatido, pero entero. Recordamos juntos nuestras absolutas discrepancias, pero que no nos habían impedido una relación respetuosa y hasta cordial.

Con motivo del conflicto minero tuvimos diversas entrevistas y en general predominó en nuestro ánimo la búsqueda de soluciones. No se pudieron alcanzar porque las factores externos eran ajenos a nuestros propósitos.

Carlos María Abascal, cuyo fallecimiento no me sorprendió pero me causó profunda pena, era un hombre cabal. Convencido de la razón que él consideraba adecuada, defendía sus opiniones de manera seria y respetuosa. Antes de que fuera nombrado titular de Gobernación, su paso por la Secretaría del Trabajo reflejaba una posición conservadora pero sin llevarla a situaciones extremas. Pretendió reformar la Ley Federal del Trabajo. Su proyecto que, contra su voluntad llevaba su nombre, no salió pero no guardaba rencores en contra de quienes nos opusimos.

He leído que entre las calificaciones positivas que se le atribuyeron fue la de su congruencia. Me parece acertado. Siempre se mantuvo en una línea muy cercana a las tesis de la Iglesia católica: su padre fue un hombre importante en el movimiento cristero, pero Carlos María lo hacía con el sentido de aceptar la posición de los trabajadores y su derecho a mejores condiciones de trabajo. Claro está que en términos de equilibrio con los empresarios.

Me llamó la atención, en su momento, que estando al frente de la Coparmex, Carlos Abascal haya invitado a Fidel Velázquez, quien lo visitó en sus oficinas, nada menos, para formular su famosa tesis de la “nueva cultura laboral”.

Fue sorprendente que Fidel Velázquez saliera de su madriguera para visitar a Abascal en las oficinas de la Coparmex. Nunca me sorprendió, en cambio, que suscribiera el documento respectivo en el que es fácil, más que fácil, descubrir su notable propósito de eliminar la lucha de clases.

Con toda la razón, al reunirse la comisión que estudiaba el proyecto de nueva ley, el documento acordado entre Abascal y Velázquez inspiró a la representación del sector patronal, a los representantes sindicales –en rigor miembros típicos del sistema corporativo que padecemos, con lealtad absoluta a los patrones y al Estado– en contra, por cierto, del voto permanente de los dos únicos representantes en la comisión de sindicatos democráticos: Arturo Alcalde y Héctor Barba.

Durante el tiempo en que se desempeñó como secretario de Gobernación, Carlos Abascal no dejó de intervenir, con un propósito positivo, en la búsqueda de soluciones al conflicto minero. Claro está que mediaron decisiones contrarias al sindicato, como la de otorgar la toma de nota a un falsificador de documentos y de supuesta representación sindical, pero cuando por la vía del amparo se restituyó en su puesto formalmente a Napoleón Gómez Urrutia, Abascal acató la decisión.

No ha ocurrido lo mismo con sus sucesores en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, que acudieron y acuden a todo tipo de maniobras para favorecer, descaradamente por supuesto, al Grupo México y a sus compañeros de aventuras empresariales.

La última hazaña, con la previsible intervención de la propia Secretaría del Trabajo, ha sido la de congelar las cuentas bancarias del sindicato minero y de sus secciones, medida totalmente arbitraria pero que no podrá vencer a los trabajadores.

Me ha dolido el fallecimiento de Carlos María Abascal. Fue un hombre íntegro, que mantuvo por encima de todo su ideología, lo que en estos tiempos es raro y que, por lo mismo, hizo gala de su inteligencia y probidad. Lo recordaremos.

 
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