Usted está aquí: domingo 7 de diciembre de 2008 Sociedad y Justicia Mar de Historias

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Un día de estos

Usted ya conoce este sitio. Y aunque nunca hubiera entrado aquí se imaginaría el estilo de vida que llevamos con sólo leer la placa junto a la puerta: “Asilo San Maurino.” Una persona con ese nombre, ¿qué méritos habrá tenido para ingresar al santoral? Un día de estos, cuando vuelvan a abrir la biblioteca, lo investigaré. A lo mejor degradan al santito antes de que logre conocer sus atributos; pero no me importa, mi pesquisa me dará un buen pretexto para aislarme de los viejos.

Y conste que no empleo el adjetivo con intención peyorativa. Eso sería como arrojarle piedras a mi techo, porque ando más o menos por su edad y me sucede lo mismo que a todas las personas con un cuerpo desvencijado que rechina y gotea por todas partes.

Prefiero no pensarlo. Acepto las cosas como son: ingratas, pero no me quejo. Tengo mis compensaciones, mis refugios. La biblioteca es uno de ellos. Me gusta permanecer allí solo, sin que nadie me pregunte qué estoy leyendo. Me irrita mucho esa curiosidad franca, pero todavía más, que alguno de mis compañeros se pare detrás de mí y asome la cabeza sobre mi hombro para ver mi página. Entonces siento su respiración y oigo el castañeteo de sus dentaduras postizas cuando leen al azar, en voz alta.

Esa intromisión rompe mi intimidad con el autor y le roba tersura al texto. ¡Caramba! Tanto trabajo que debe haberles costado a un Azorín o a un Larra darle nitidez a su prosa para que luego vengan a picoteársela, como con un taladro, lectores inoportunos.

No es la única incomodidad que padezco aquí. Sufro muchas, pero usted no las advierte porque juzga las cosas por encima ya que nos visita poco. He reflexionado mucho acerca su costumbre y llegué a una conclusión. Espero que no le moleste: usted viene aquí cuando se siente perdido y no sabe adónde ir. Esta casa es su refugio, como lo es para mí la biblioteca.

II

Aparte de su servidor, quien más la frecuenta es Celia. Desde luego la conoce: es la señora a la que apodamos La Castañuela y no por lo alegre, sino por el acompañamiento musical que nos brinda su dentadura cuando come, habla o lee en voz alta el periódico que, por cierto, nunca es del día. A nuestras autoridades les parece un dispendio gastar en una suscripción anual, cuando podemos enterarnos de las noticias a través de la televisión o la radio.

Los periódicos que leemos son de fechas muy atrasadas, ya se imaginará por qué: los vecinos vienen a regalárnoslos por montones, después de que los leyeron y los pringaron de grasa, para que los vendamos. Lo que obtenemos por la venta va a un fondo destinado a los regalos de Navidad. Siempre son los mismos. Para ellas, medias; para nosotros, calcetines: todo de fibras sintéticas que no calientan.

No me mire así. No soy malagradecido, pero me gustaría que las encargadas de hacer las compras navideñas se dieran cuenta de que más arriba de los tobillos tenemos el resto de un cuerpo que amerita atenciones. Parecen no saberlo, pero no es su culpa. Se debe a que ya no se estudia como antes.

En mis tiempos había en el salón de clases un maniquí con el corazón, los intestinos y los pulmones al aire. Las venas eran rojas y las arterias azules y se entretejían como la tela de una araña. La figura se esfumaba en el bajo vientre, en donde las partes eran un simple hueco. Y claro, en ese vacío incubaban toda clase de preguntas y de “malos pensamientos”. ¿Es justo llamar así a la curiosidad natural en un niño? Ahora sé que no, pero entonces no estaba tan seguro. Mi única certeza era que iba derechito al infierno por andar pensando en semejantes cosas.

III

¿Por qué salió ese tema a la plática? Ah, sí: los periódicos viejos y el vicio de Celia por hojearlos. Lo único que lee a conciencia es la sección de obituarios. En broma dice que los revisa para estar segura de que su nombre no apareció en ellos. Creo que su interés tiene otro motivo. Lo compruebo cada vez que nos enseña una esquela: si el difunto era menor que ella se le alegran los ojos. La pobre quiere demostrarnos, o demostrarse, que la muerte nada tiene que ver con la edad. La mayor evidencia radica en que hasta nombres de bebés aparecen en las esquelas. Eso sí la entristece y se pasa horas llorando por los angelitos.

Reconozco que Celia es una loca y en ocasiones me resulta antipática; sin embargo, le debo mucho. La historia parece complicada, pero no lo es. Desde hace tiempo se me ha metido en la cabeza escribirla, después de todo este cuaderno tiene que servir para algo. ¿Sabe qué me ha frenado? No poder concebir un buen título. Tal vez, si le cuento la historia, usted pueda ayudarme a encontrar uno.

IV

En mi familia hubo de todo, hasta una puta. Un día de estos le hablaré de mi prima Ignacia, toda una fichita. Por el momento voy a concentrarme en mi tío Ezequiel. Para que sepa la clase de persona que era le haré su retrato hablado: guapo, simpático como todos los pillos, irresponsable, querido, derrochador de lo ajeno y avaro de lo propio. Murió en diciembre pasado, a los 99 años de edad.

De no haber sido por Celia, jamás me habría enterado. Estábamos en la biblioteca, yo con mi libro y ella con su periódico. De pronto interrumpió su lectura para decirme: “¡Qué raro! En el obituario sólo aparece un nombre. ¿Será que las personas se mueren menos que antes o que ya nadie tiene dinero para publicar esquelas?” No me interesaba discutir el tema, pero ella siguió hablando: “si hubiera resistido un poquito más, a estas alturas estaría cumpliendo 100 años el señor Ezequiel Ortuño Aldama.”

Era el nombre de mi tío. Llevaba mucho tiempo sin verlo y sin pensar en él. Tomé la noticia de su muerte con cierta indiferencia. Comprenda que fue una reacción lógica: aunque era hermano de mi madre, lo traté muy poco. Se mudaba con frecuencia y sólo iba a visitarnos a finales de año. Sus estancias en nuestra casa eran muy breves, pero lo desordenaban todo.

Nunca se lo dije a nadie: su presencia me incomodaba. En cambio él hacía esfuerzos por atraerme con falsas promesas: desde enviarme algún juguete que yo codiciaba hasta llevarme a conocer el mar o abrirme una cuenta bancaria para asegurarme los estudios profesionales aquí o en donde yo quisiera. Mi madre era la única que le creía. Hubo una ocasión en que se soltó llorando sólo de pensar en que, gracias a la generosidad de su hermano hacia mí, yo me alejaría de casa para estudiar en el extranjero.

Las promesas incumplidas me generaban rabia, frustración y un desamor que acabó por convertirse en indiferencia hacia mi tío. Reconocerlo a la luz de su muerte me provocó un cierto sentimiento de culpa. Quise desterrarlo y justificarme diciéndome que era lógica mi reacción hacia una persona que, pese a sus muchas promesas de regalos y viajes, sólo me dio un trozo del pastel que ya no apetecía.

Es curioso ver cómo un hecho tan insignificante puede convertirse en parte de las claves de una vida.

Lo comprendí en cuanto recordé la felicidad que me produjo, de niño, morder el pastel y saborear el gusto azucarado de las fresas. Fue un momento muy breve. Su evocación hizo brotar en mí un sentimiento que tenía olvidado: amor. Es lo menos que puedo sentir hacia el hombre que, sin imaginarlo siquiera, después de tantos años me devolvió mi infancia: la única herencia que me dejó mi tío Ezequiel.

¿Lo considera un tema digno de escribirse? Un día de estos lo haré, entre otras cosas porque me dará un buen pretexto para aislarme en la biblioteca. Aunque no pienso publicarlo le dedicaré mi relato a Celia. Espero tenerlo terminado para cuando usted vuelva a visitarnos. Mientras tanto, ojalá que pueda ayudarme a encontrarle un título. Se me acaba de ocurrir uno: El sabor de la infancia. ¿Le parece?

 
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