Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 7 de diciembre de 2008 Num: 718

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El interminable éxito de Disney
ALEJANDRO MICHELENA

Vivir en otra lengua
RICARDO BADA

Rubén Bonifaz Nuño a los ochenta y cinco
RENÉ AVILÉS FABILA

Bonifaz Nuño en Nueva York en 1982
MARCO ANTONIO CAMPOS

Poema
RUBÉN BONIFAZ NUÑO

Dos ciudades, un boleto
JESÚS VICENTE GARCÍA

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Foto: Rogelio Cuéllar

Bonifaz Nuño en Nueva York en 1982

Marco Antonio Campos

Conocí a Rubén Bonifaz Nuño a principios de los años setenta, cuando casualmente lo encontraba en los pasillos o en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam . Me parecía, al verlo, siendo yo muy joven, y si no resulta exagerado decirlo, estar frente a un poeta de la Roma clásica. Lo saludaba y lo trataba brevemente. Cuando salió en 1972 el libro colectivo Noticias contradictorias, que reunía a cuatro poetas (Livio Ramírez, Orlando Guillén, Juan José Oliver y yo), se lo llevé a su oficina de la Torre i de Humanidades con un difícil pudor. Cuando lo encontré de nuevo en el estacionamiento de la Facultad me hizo unas observaciones donde noté que se había tomado el tiempo de leerlo.

Cuando Bonifaz publicaba traducciones o ensayos sobre los poetas clásicos romanos, iba a su oficina, le pedía los libros y usualmente sacaba notas, primero en el suplemento del Heraldo de México, y luego, a partir de 1977, en la sección de libros de la revista Proceso. Le llevaba las publicaciones con las notas (ya se había mudado) a su oficina de la Torre ii de Humanidades, frente a la Facultad de Ciencias. Ninguna de sus traducciones leí con más deleite que las de poetas para mí próximos como Catulo y Propercio. Aún nos gusta repetir a ambos varios pasajes de memoria en la versión al español que él hizo.

Gracias a recomendaciones de él, se publicaron en la unam mi segundo libro de poemas Una seña en la sepultura (1978) y mi traducción de La alegría, de Giuseppe Ungaretti (1979), que estuvieron al cuidado del poeta Jesús Arellano, el mejor corrector de pruebas –junto con José de Jesús Sampedro– que he conocido en mi vida. Pero pese a que la relación era cordialísima, no recuerdo nunca, hasta antes del viaje a Nueva York en noviembre de 1982, haber sostenido con Bonifaz una conversación de más de cinco minutos.

Quien estaba más próximo a él era el poeta y narrador Carlos Montemayor, a quien yo conocía desde 1973, porque colaborábamos ambos en el suplemento de El Heraldo de México que dirigía Luis Spota, el novelista mexicano que mejor ha retratado a nuestros hombres del poder. Como director de Difusión Cultural de la UAM, Carlos organizó en noviembre de 1982 una serie de charlas sobre literatura mexicana y lecturas de nuestra obra –si a la mía puedo llamarla así– en New Haven, Long Island y Nueva York. Íbamos en el grupo Bonifaz, el propio Montemayor, René Avilés Fabilia, Martha Robles, Sandro Cohen, Bernardo Ruiz y yo. Todo mundo recuerda ese viaje como uno de los más divertidos que ha hecho. De punta a punta, Avilés Fabila nos trajo tirados de la risa con su desenfado magnífico y sus irreverencias continuas, secundado con irreverencia parecida por Bernardo Ruiz. Nadie escapaba a los disparos de Avilés, ni siquiera él mismo, y menos cuando, mientras conversábamos Bonifaz y yo con una bella italiana, sentados a la mesa en un restorán de New Haven, Carlos Montemayor llegó y dijo en un salvaje itañol: A punto de partere, y empezó a conversar con ella y nos hizo sentir a Bonifaz y a mí, a partir de ese momento, como fantasmas eméritos. “Se acuerda –me decía Bonifaz– que mientras usted y yo hablábamos en un purísimo toscano, llegó Carlos, y con lo primero que se le ocurrió decir, se llevó a la muchacha y nos dejó desamparados.” Por cierto: por dondequiera que íbamos en Nueva York, en taxis o en la calle, en casas o restoranes, Montemayor se la pasaba cantando arias de ópera, incluyendo en primer lugar el final de Tosca. Una vez cantó en la calle frente al Lincoln Center. “Prepárate para el futuro”, le decíamos. No nos equivocamos. Ahora Carlos tiene varios discos.

Fue en ese viaje cuando conocimos la otra cara de Bonifaz: que el gran traductor de los griegos y romanos antiguos y el autor de una obra plural y única, “muy antiguo y muy moderno”, estudioso de nuestro pasado prehispánico y admirador de la canción mexicana, tenía también una prodigiosa alma de muchacho y una jovialidad insólita. Cuando lo saludábamos en las mañanas, al preguntarle cómo estaba, respondía: “Bien y de buenas” o “De bien para arriba.” Fue la primera vez que le oímos esa famosa frase que en la unam muchos repiten: “Lo bueno de la lucha de clases es que la vamos ganando”, aunque después, ante el encumbramiento político de las hordas panistas, la ha modificado.


Foto: Barry Domínguez

El poema que transcribo abajo lo escribí un año después para celebrar sus sesenta años y quiso ser un homenaje y un recuerdo. Como se sabe, en su gran libro, Los demonios y los días, Bonifaz acentúa todos los versos en la quinta sin importar el número de sílabas que contengan, lo que no sólo da una gran musicalidad, sino crea una nueva música en la poesía en castellano. Mi poema, como homenaje a él, cada verso está acentuado en quinta sílaba. En él recuerdo algunos momentos de aquel noviembre gris y frío en calles, casas, plazas y restoranes de Manhattan: ya las varias y variadas pláticas sobre poetas clásicos, ya cuando en la casa de la profesora Norma Klahn (lo acompañábamos Bernardo Ruiz y Carlos Montemayor) tocó a Beethoven en el piano y preguntaba si no había una mandolina para también tocarla, ya cuando frente a la estatua de Dante en una glorieta (perdura una fotografía), decíamos de memoria pasajes de la Divina comedia.

El historiador Gastón García Cantú me solía decir en los años ochenta y noventa que si le dieran a elegir entre ser presidente de la república o rector de la UNAM, se inclinaría por lo segundo. Era para él el puesto más alto moral e intelectualmente. No lo fue para Bonifaz. Es una historia muy poco conocida, pero Bonifaz es tal vez el único de nuestros universitarios que no sólo nunca compitió para ser rector de la UNAM, sino que cuando le ofrecieron el puesto, no lo aceptó. Se negó a destruirse en el poder. Cuando entró en 1982 como rector Octavio Rivero Serrano, él iba a ser el elegido. Miembros de la Junta de Gobierno de la unam trataron de convencerlo, al menos dos veces, pero prefirió seguir con su solitaria labor de poeta, ensayista y traductor. Por eso y por la conducta sin mancha que siempre ha tenido, digo al final que reclamaremos de él la llama moral y la tomaremos para que “la oscuridad no sea”.

Después de ese viaje, Bonifaz es y ha sido para mí, como para los demás del grupo, un amigo excepcional que nos ha extendido una y otra vez y de nuevo y siempre una mano noble y generosa, un hermano mayor que con sabia discreción da el consejo prudente, un maestro que disimula siempre no serlo, un humanista al que es difícil hallarle par.

A RUBÉN BONIFAZ NUÑO PARA QUE
VUELE DE NUEVO EN EL AZUL A NUEVA YORK

¿Cómo? ¿No recuerda, Bonifaz,
cuando conversábamos de Dante y de Virgilio,
cuando al mismísimo pie de la estatua de Dante
nos fotografiábamos de frente y de perfil
y Nueva York era la imagen viva y triste de noviembre?
¿Quién hubiera creído que el poeta grande,
que dio el gris y el mármol de griegos y latinos,
fuera el prodigioso niño y el pájaro maravilloso
que volaba azul de nuevo en el azul en calles y plazas
al llamear azulmente y cantar y jugar y era un gran parque?
¿Cómo? ¿No recuerda Bonifaz, aquella noche
cuando con Bernardo y con Carlos lo escuchábamos
tocar a Beethoven y pedir –dame, Carlos–
una mandolina para llegar al cielo?
¿Qué no sabe, digo, no lo sabe, digo,
que el vuelo y el duelo de su canto
fue del ave sola en la noche desalada?
¿No lo sabe, digo? Digo ¿no lo sabe?
La llama moral como un don que reclamamos,
que recogeremos para encender la lámpara,
y que la oscuridad no sea,
y que la oscuridad no sea.