Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 14 de diciembre de 2008 Num: 719

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Antonio Machado: poesía perdurable
ALEJANDRO MICHELENA

Explanations of love
NASOS VAYENÁS

Rafael Escalona, gran maestro vallenato
entrevista de JUAN MANUEL ROCA y MARCO ANTONIO CAMPOS

Ricardo Piglia la alegría del lenjuage
RODOLFO ALONSO

Manuel Scorza: réquiem para un hombre gentil
RICARDO BADA

Charco de tormenta
SALVADOR CASTAÑEDA

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Hugo Gutiérrez Vega

EL EDÉN SUBVERTIDO (V DE VII)

En 1912 la angustia por construir un amor duradero se le volvió más urgente: “Me despido...ella guía llevando, en un trasunto de evangelio, en las frágiles manos una luz. Pero apenas llegados al umbral –suspiro de alma en pena, o soplo del espíritu del mal–; un golpe de aire mata la bujía... (aulla un perro en la calma sepulcral.) Fue así como Fuensanta y el idólatra nos dijimos adiós en las tinieblas de la noche fatal.”

En toda su obra sostiene la creencia en la inmutabilidad de la obra de arte. Contra el golpe del tiempo levanta su escudo de palabras, construye su torre de papel. Estaba defendiendo su vida y esto es, en un última instancia, defender la vida de todos los demás. Buscó el reencuentro con una amada que, de acuerdo con la tradición romántica, algo tenía de real y mucho de inventado. Se trataba de describir un nuevo estilo amoroso y de celebrar, como lo había hecho el Cantar de los cantares, las gracias físicas y espirituales de la amada: “Esta única manera con que porta la golilla de encaje [...]; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel [...] aliada tímida, torcaz humilde que zureas al alba en un tono menor, para ti sola.” El poeta oscila –recordemos sus funestas dualidades – entre su nostalgia por la pureza representada por el poblado claro y sencillo, “la gracia primitiva de las aldeanas”, “el viejo pozo de la vieja casa”; y sus deseos de sostener, libremente, una alegre relación erótica con la vida. Todo esto se debía, en parte, al prestigio con el que la cultura católica y castellana habían investido la castidad. Por eso, la gran ciudad, perversa y destructora, ejerció en el poeta una fascinación constante y dolorosa. Lo deslumbró hasta el extremo de retratarla (siempre pienso en Posada y en su calavera Catrina, cuando leo estas palabras) como una mujer de la madrugada, devorándose las horas “ojerosa y pintada en carretela”. Su Babilonia le permitió asomarse a un cosmopolitismo que nunca quiso –o que tal vez nunca logró– alcanzar: “Besar al Indostán y a la Oceanía , a las fieras rayadas y rodadas”, “porque mis cinco sentidos vehementes penetraron los 5 continentes”. Por todo esto confiesa su osadía “de haber vivido profesando la moral de la simetría”. Esta actitud ante el mundo y sus alimentos lo llevó a hacer algunas afirmaciones propias de un dandy eduardiano: “No tengo miedo de morir porque probé de todo un poco,/ y el frenesí del pensamiento todavía no me vuelve loco.”

Otra manifestación de la elegancia que viste los colores de la resignación, encuentra su definición irónica en un poema en el que se mezclan la compasión y el autoescarnio: “Claroscuro de noche y de día;/ corazón y cabeza y hombría,/ los tres nudos que tiene mi ser/ a la buena y la mala mujer.” Tal vez pueda decirse que la poesía escrita en la gran ciudad mantuvo siempre en el fondo una nostalgia de la aldea y sus placeres campesinos (“la alabanza de aldea y vejamen de corte” de los clásicos de la lengua). Un poema tardío, parecido en su tema a la idea general de La última tentación de Cristo, de Nikos Kazantzakis, intenta reinventar una vida diferente y, por lo mismo, revertir los designios del destino: “Si yo jamás hubiera salido de mi villa, con una santa esposa tendría el refrigerio de conocer el mundo por un solo hemisferio.”

Ante los elementos esenciales, el poeta se sentía como un “mendigo cósmico”: “Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma de todos los voraces ayunos pordioseros.” Cenobita hambriento, sólo recibe de los cuervos que vuelan sobre su Tebaida “un pétalo, un rizo prófugo y una migaja”. Tan menguadas dádivas le producen “el suplicio de mi hambre creciente” y “la pródiga vida se enrama en el falso festín como una cornucopia se vuelca en un cadalso”. Nada de esto hubiera pasado si el poeta hubiera permanecido en la villa natal “entre corceles y aperos de labranza, y ella como octava bienaventuranza”.

(Continuará)

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