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■ El brasileño es considerado el arquitecto más prolífico del siglo XX

Óscar Niemeyer: cien más uno

■ “Es importante no abandonar el escenario hasta el último momento; no se vive más que una vez”, dijo hace un año, cuando cumplió el centenario

José Steinsleger

Ampliar la imagen El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, encomendó a Niemeyer una obra que romperá el récord mundial de cemento armado suspendido: un museo en honor a Simón Bolívar en forma de punta de flecha que apunta a Estados Unidos El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, encomendó a Niemeyer una obra que romperá el récord mundial de cemento armado suspendido: un museo en honor a Simón Bolívar en forma de punta de flecha que apunta a Estados Unidos Foto: cortesía del Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer de España

Sin fiesta ni música, Óscar Niemeyer recibió hace un año a los amigos en su casa de rua Canoas, pletórica de las curvas y exuberante vegetación en las que Chico Buarque se inspiró para varias de sus melodías. Luego, cansado del ajetreo, se retiró al departamento de Ipanema, situado al final de la playa de Copacabana, en un viejo edificio de 1930.

Por la noche, Niemeyer acudió a Tercetto, el restaurante de siempre, donde cenó con su equipo en la mesa de siempre. A los postres, mientras encendía un cigarrito holandés, dijo: “Es importante no abandonar el escenario hasta el último momento. No se vive más que una vez”. El arquitecto más prolífico del siglo XX había cumplido 100 años.

Niemeyer conoció al arquitecto y urbanista Lucio Costa (1902-98) en 1936, época en que los arquitectos brasileños polemizaban sobre el desafío lanzado por el poeta, musicólogo y novelista Mario de Andrade (1893-1945): “La arquitectura moderna carece, no de pequeñas construcciones, sino de grandes edificios que determinen una conciencia social… (1929)”

Costa dirigía la Escuela de Bellas Artes de Río de Janeiro, y un día de tantos pidió a Niemeyer que recogiera en el aeropuerto al arquitecto suizo Charles Edouard Jeanneret-Gris (1887-1945), mejor conocido como Le Corbusier (El Cuervo). La visita y las conferencias de Le Corbusier fueron el punto de arranque de la arquitectura moderna de Brasil.

Urbe contradictoria y fantástica

A principios de 1940, el alcalde de Belo Horizonte (Minas Gerais), Jubelino Kubitschek, puso a Niemeyer al frente del conjunto arquitectónico de Pampulha. Con ligereza, continuidad, elegancia, simplicidad, las curvas del maestro empezaron a volar en armonía con la naturaleza circundante. Después, Le Corbusier lo sumó al equipo que diseñó la sede de Naciones Unidas en Nueva York (1952).

Kubitschek fue elegido presidente en 1956, y en un abrir y cerrar de ojos Costa y Niemeyer aparecieron con sus planos y teodolitos en medio de la floresta amazónica, a mil kilómetros de Río de Janeiro y Sao Paulo. Cuatro años después, la nueva capital federal del país, Brasilia, quedó inaugurada. Urbe fantástica a la que pocos reconocen encanto alguno; la mayor parte de los moradores y visitantes coinciden en que los principales edificios diseñados por Niemeyer (Palacio de Planalto, presidencial; el Congreso, la Catedral, y otros) serían lo más atractivo de Brasilia, a más del cielo que deslumbró a André Malraux.

“Ciudad del futuro” (hoy de 2 millones y medio de habitantes), Brasilia ha sido calificada de inhumana, fría, impersonal, vacía. Su creador reacciona con dolor frente a estos calificativos. Sin embargo, no vive en ella. Al periodista francés Edouard Balby le confesó: “Amo Brasilia, pero Río de Janeiro es mi hogar. Nací a orillas del mar, al pie de montañas cubiertas de vegetación tropical”.

Niemeyer es un convencido de que la construcción de Brasilia demostró que el pueblo brasileño era capaz de hacer realidad sus sueños. “A quien vaya a Brasilia –suele decir– podrán gustarle o no los palacios, pero no podrá decir que vio antes algo parecido. Porque la arquitectura es eso: invención.”

A Eric Nepomuceno, periodista brasileño, observó: “Brasilia representaba la esperanza. El día que se inauguró fue el fin de la ilusión. No subí al palco de las autoridades. Me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir la ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales”.

Para construir la catedral, Niemeyer se puso en el lugar de un creyente. Contrariamente a la pirámide del Louvre, la nave de se abre al espacio. Y para dar mayor resplandor y atenuar los rayos del Sol, imaginó vitrales concebidos de tal manera que no pudieran ocultar el cielo.

En su primera visita, el nuncio apostólico comentó al obispo de la ciudad: “El arquitecto que construyó esta obra maestra debe ser un santo para haber hallado un vínculo tan estrecho entre la tierra y el Señor”. El obispo informó a su señoría: “El arquitecto de esta catedral es el comunista más famoso de Brasil”.

“El capitalismo va a desaparecer”

Dotado para el dibujo desde los siete años (su madre guardaba todo lo que hacía en la escuela), Óscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares (nieto de Antonio Augusto Ribeiro de Almeida), prestó atención en su infancia al ejemplo del abuelo cuando era ministro del Tribunal Supremo Federal. “Fue un hombre útil y murió pobre. Con él aprendí los primeros sentimientos de solidaridad y justicia.”

En los decenios de 1940 y 1950, Niemeyer donó su taller de Río de Janeiro al comité metropolitano del partido comunista, y le regaló un departamento al legendario revolucionario Luis Carlos Prestes. La policía lo interrogó varias veces. Lo rutinario: primero, artículos publicados en la ex Unión Soviética; luego, que Cuba, que Fidel, que en su domicilio guardaba “materiales comprometedores”, como la dedicatoria fraternal en un libro de poemas de “mi camarada” Carlos Marighella.

Cuando se produjo el golpe militar (abril de 1964), Niemeyer se encontraba en Lisboa. Su oficina en Río fue invadida y saqueada. Regresó al país y la policía lo detuvo. Los agentes “de inteligencia” lo acosaban: “¿por qué quiere cambiar la arquitectura?” Respondía: “No quiero cambiar la arquitectura. Lo que quiero es cambiar esta sociedad de mierda. La arquitectura no cambia la vida de los hombres; para cambiarla hay que salir a la calle y protestar”.

Un decreto especial del presidente Charles De Gaulle le otorgó el derecho de trabajar de arquitecto en Francia. En París diseñó varios proyectos: la mezquita de Argel y la Universidad de Constantine (Argelia), la editorial Mondadori (Roma) y la sede del partido comunista francés, una de sus obras preferidas. Impactado, el secretario general Jacques Duclos preguntó a Niemeyer si en las nuevas oficinas podía acomodar un viejo escritorio al que estaba muy apegado desde los años 30.

En 1980, con la apertura política, Niemeyer regresó a Brasil. Y con el derrumbe del “bloque socialista” se mantuvo en sus trece: “El comunismo no cayó. El capitalismo sí va a desparecer, y por esto se muestra cada vez más violento y contradictorio. El mundo va a cambiar. La miseria es demasiado grande para no ser atendida”. Fidel Castro comentó: “Parece mentira, pero ya no quedan en el mundo más que dos comunistas: Niemeyer y yo”.

El creador de Brasilia asegura que la arquitectura brasileña es importante desde el punto de vista de la invención, pero es negativa desde la perspectiva social “...porque sólo los ricos se benefician. Los demás quedan atrapados en las favelas”.

Poeta del hormigón armado

Del genio de Niemeyer siguieron brotando edificios, exposiciones, monumentos, residencias, teatros, templos, hospitales, equipamientos para diversos programas sociales. En 1991, los paulistas quedaron atónitos con las vertiginosas curvas del edificio Copán, el más emblemático de la ciudad. Al año siguiente, en el centro de la megaurbe, inauguró el Memorial de América Latina, construcción de 20 mil metros cuadrados cubiertos, dentro de una superficie de 78 mil, con una gran mano ensangrentada que simboliza la lucha de los pueblos contra la opresión.

Las obras se sucedieron en cascada: Museo, Biblioteca y Archivo Nacional (Río de Janeiro); Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi (capital del estado) –que desde 1996 recibe más público que el estadio de Maracaná–, y la catedral en la que los visitantes sienten estar suspendidas en el aire, planeando sobre las aguas; Casa Brasil-Portugal (centro de Lisboa); otro museo que evoca el tráfico de esclavos en la isla de Gora (frente a las costas de Dakar, Senegal).

En Caracas, el presidente Hugo Chávez encomendó a Niemeyer una obra que romperá el récord mundial de cemento armado suspendido, a la vera de un museo en honor de Simón Bolívar en forma de punta de flecha que apunta a Estados Unidos. En Novo Friburgo (a 160 kilómetros de Río) se erigirán el nuevo edificio de Casa de las Américas (“para romper el bloqueo de Wa-shington contra Cuba”); el Centro Cultural Internacional, cuyos trabajos empezaron a inicios del año (Avilés, España), y el Puerto de la Música, a orillas del río Paraná (Rosario, Argentina).

Los edificios de Niemeyer se sostienen sin pilares. Las rampas vuelan ligeras y aéreas como nunca se han visto en otros arquitectos. Sobran los ornamentos. Todo parece fácil, bello, ligero. Los arquitectos del mundo lo admiran y envidian. ¿Cómo hacen sus calculistas para que no se caigan las construcciones?

Su enemigo es el ángulo recto, “creación rígida del hombre”. En su opinión, el hormigón armado permite expresarse al arquitecto que tiene sentido poético. “No es fácil –acota– dibujar las curvas y darles la espontaneidad que exigen, y organizarlas a continuación en el espacio para ofrecer el espectáculo arquitectónico que se busca. La arquitectura tiene que sorprender; si no, no sirve.”

Para Niemeyer, la curva se halla en todas las manifestaciones de la vida: en el cosmos, la naturaleza, el amor, la democracia, la revolución. Pero aclara: “a la arquitectura no le doy demasiada importancia. Lo esencial es mantener mi solidaridad con los desheredados y denunciar las injusticias sociales”.

Epitafio adelantado

“Niemeyer, Óscar. Brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro.” Éstas son las palabras que el gran arquitecto anhela para su lápida, luego de haber ganado todas las condecoraciones y todos los honores, entre ellos el premio Pritzker, el Nobel de Arquitectura.

En tanto, a más de trabajar todos los días, dedica tiempo a su esposa, Vera Lucía Cabreira, cuatro décadas más joven y con la que se casó tras enviudar, a los 99 años. Niemeyer tiene cuatro nietos, 14 bisnietos y cuatro tataranietos a los que les explica el sentido del grafiti que, de puño y letra escribió en una pared del estudio: “Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir”.

 
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