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Gustavo Esteva
gustavoesteva@gmail.com

Cosa de tamaños

Las crisis económicas de hoy no corresponden a los ciclos, sino al tamaño. Los remedios que se aplican, de corte keynesiano, resultarán peores que la enfermedad. Lo anticipó el propio Keynes, cuando escribió que para 1955 casi todos los gobiernos y agencias encargadas de los manejos financieros habrían adoptado sus políticas, a pesar de que, para entonces, “no sólo serían obsoletas sino peligrosas”. Los hechos han confirmado su perspicacia y su melancolía. Lo que sirvió ayer hoy resulta contraproductivo.

Es la hora de don Leopoldo Kohr, el primero que introdujo en los debates contemporáneos la noción de escala. Según él, nuestra arrogancia nos habría hecho perder sentido de límite, convirtiéndonos en aprendices de brujo incapaces de someter a control nuestras propias creaciones. Kohr fue uno de los pocos analistas que logró identificar la naturaleza de las fuerzas que produjeron el colapso de la Unión Soviética. Pero nunca alcanzó la fama de Schumacher, su discípulo, quien popularizó una visión superficial de sus ideas.

Una sencilla analogía permite captar el sentido de su teoría de la morfología social. Si un ratón adquiriera el tamaño de un elefante se derrumbaría; su esqueleto corresponde a una escala que aún resulta apropiada en el tamaño de una rata grande, pero no en el de un elefante. Lo mismo a la inversa: un elefante reducido al tamaño de un ratón caería sin remedio: no tendría soporte adecuado. Las cosas, naturales y humanas, han de existir dentro de la escala que les corresponde, con sentido de su proporción.

Según Kohr, la integración económica, el crecimiento y el efecto expansivo producido por los controles gubernamentales, eficaces para atenuar los ciclos económicos convencionales, magnifican los de tamaño, ignorados por la teoría económica. Lo que está ocurriendo ahora no es sino la consecuencia de la repetición incesante y ampliada de las políticas adoptadas desde el término de la Segunda Guerra Mundial: en vez de remediar los ciclos económicos los hicieron ocultos. La desregulación no fue sino otra forma de intervención gubernamental, en el contexto de la globalización. Sus efectos nefastos, ahora reconocidos, no podrán ser compensados o corregidos por nuevas intervenciones que intenten operar a la misma escala.

La perfecta visibilidad y un margen apropiado de seguridad de los errores humanos y de cálculo son condiciones indispensables para el control efectivo de las actividades económicas. No pueden cumplirse ya. Ninguna medida adicional puede someter a control las actividades económicas, que desbordan claramente toda posibilidad de control humano. Se carece de visibilidad, como ilustra el misterio que aún rodea a los instrumentos financieros asociados con la crisis actual. En cuanto a los errores, en la escala actual de las operaciones hasta los más pequeños pueden producir resultados enteramente opuestos a los que se requieren y hacer inviable la corrección a medio camino. Kohr compara esto con un lanzamiento a Marte: un mínimo error de cálculo puede llevar el proyectil en cualquier dirección, hasta que se haga imposible todo control. Es una descripción puntual de lo que ocurre.

Si el problema que enfrentamos es cosa de tamaño, no de ciclo económico, sostiene Kohr, en vez de intentar un aumento de los controles gubernamentales para que igualen la escala devastadora de la nueva clase de fluctuaciones económicas, lo que hace falta es “reducir el tamaño del cuerpo político que les proporciona su escala devastadora, hasta que vuelva a igualarse con el talento limitado de que disponen los mortales ordinarios, que integran todos los gobiernos, hasta los más majestuosos”.

“En vez de centralización y unificación, tengamos localización económica,” recomendaba don Leopoldo. “Remplacemos las dimensiones oceánicas de la integración de las grandes potencias y los mercados comunes, mediante un sistema de diques de mercados locales y pequeños estados, interconectados pero altamente autosuficientes, cuyas fluctuaciones económicas puedan ser controladas, no porque nuestros líderes tengan diplomas de Oxford o Yale, sino porque las ondas de un estanque, no importa quién las mueva, nunca pueden asumir la escala de las grandes olas que atraviesan las masas de agua unificadas de los mares abiertos.”

Las clases políticas y sus gobiernos no harán lo que hace falta. No tienen los tamaños, ni la ideología ni las capacidades políticas que se requieren. No le hicieron caso a Keynes, que anticipó las consecuencias negativas de sus propias políticas. Tampoco tomaron en cuenta las advertencias de Kohr. Seguirán profundizando las crisis actuales, incapaces de lidiar eficazmente con lo que las provoca. Sólo es posible hacerlo desde abajo, a la izquierda, donde existen los tamaños y el tamaño apropiados. Y lo haremos, a condición de no dejarnos llevar por las necedades, corruptelas y disputas interminables a que se dedican allá arriba.

 
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