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Hermann Bellinghausen

En el mismo carril

Atravesábamos el túnel de la noche por la autopista, a 100 por hora en promedio y platicando de cualquier cosa. De la música en el estéreo. De la política nacional, esa mierda. De las intimidades y simplezas que la oscuridad nos saca a flote entre el desapego y el trance de ir mirando al frente. También hacíamos silencios largos, cómodos por así decir.

En el asiento de atrás dormía Severiano en postura inverosímil pero roncando. No cualquiera sueña a 100 kilómetros por hora, y eso hacía él precisamente. Venía como pasajero accidental, además. Esa vez había pescado aventón con nosotros.

El Larry, en cambio, era socio de largo tiempo, buen copiloto y chofer él mismo. Teníamos algo así como entendimiento en el asfalto. De esos acompañantes que van viendo lo mismo que el conductor, señalan al perro, el hoyo, la piedra, el letrero, la vaca, detectan el cascabeleo en las subidas, “tienes que limpiar tus bujías”. Sin demostrarlo, pendientes del volante y con la mano izquierda lista para jalar el freno de mano, pero discretamente, en otro nivel de la conciencia, sin interferir la conversación ni los soliloquios que ora él, ora yo, nos echábamos cada tanto.

Los amarillos y blancos fosforescentes de las señalizaciones, los fantasmas, las rayas intermitentes, los rojos de las calaveras de los carros a rebasar, el chasquido de las altas y bajas de los otros en sentido contrario, los tambos de petróleo ardiendo con estopa. Donde la realidad imita a los videojuegos en una suerte de obstinado hipnotismo.

Y entonces El Larry se arrancó con una de caminos. Que son las que más gustan a los que se la pasan rodando. Traileros enchufados a norteñas de contrabando y corazones destrozados. Choferes agobiando a su pasaje con baladas empalagosas a la-palabra-de-dios. Profesionales del transporte en general, ávidos de historias. En aparcaderos y gasolineras se congregan para el café de olla y los sucedidos, la nota roja, leyendas, el incidente de hace una hora, las previsiones para adelante: donde se dañó el puente, donde están los soldados, donde hay mujeres que subir a la cabina un rato o al agujero del catre. Saludas a Paty de mi parte.

Temas no aptos para el camino, en cambio, son las dolencias físicas que éste provoca: várices, gastritis, almorranas, la humillante moneda común de los verdaderos choferes. No de pomadas y antiácidos, se habla de caminos.

Topamos un angostamiento a 500 metros, disminuya su velocidad, avisos carmesí, monitos fosforescentes de “hombres trabajando”, aunque a esas horas no había nadie, crepitar de grava en el chasis. No reduje la velocidad lo suficiente y casi pierdo la desviación y doy contra unas boyas de hule. Pero El Larry reaccionó, dijo “aguas” a tiempo y, aunque derrapando, salvé el rumbo.

En vez de regañarme (un buen copiloto no regaña) se acordó de la vez en la costa que lo sacaron unas obras de la autopista y lo fueron a mandar a la vieja carretera, la “libre”, olvidada hace años y tan larga y despoblada que sólo la usa la gente de los pueblitos y sirve para evadir las casetas de la autopista a choferes pobretones o con mala conciencia. Tú sabes, polleros, bootlegers, carros robados.

Pero la historia de El Larry ya no cupo y queda para la otra.

 
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