Usted está aquí: Inicio Opinión La muerte del hermafrodita

Javier Flores

La muerte del hermafrodita

El hermafrodita ha muerto. La figura mítica surgida de la fusión del hijo de Hermes y Afrodita con la ninfa Salmacis, que durante siglos ha representado la unión de lo femenino y lo masculino en un mismo cuerpo, ha dejado de existir. Al menos es lo que pretenden algunas de las sociedades médicas más importantes del mundo. La noticia hace saltar en sus tumbas a Theodor A. Edwin, quien introdujo en el siglo XIX las primeras clasificaciones de la condición en la que una sola persona tiene órganos sexuales de mujer y de hombre; a Edward Steinach, que realizó en las primeras décadas del siglo XX estudios pioneros en hermafroditismo experimental; también al célebre médico español Gregorio Marañón y al primer Nobel latinoamericano Bernardo Houssay. ¿Qué fue lo que pasó?

Resulta que en octubre de 2005, en la ciudad de Chicago, se realizó una reunión en la que se determinó modificar la terminología sobre los estados intersexuales, e incluir el hermafroditismo en un concepto totalizador: desórdenes del desarrollo sexual (DSD, por sus siglas en inglés). En la conferencia, organizada por las sociedades Europea de Endocrinología Pediátrica, y Lawson Wilkins de la misma especialidad, con sede en Estados Unidos, un grupo de 50 expertos decidió ¡por consenso! abolir el hermafroditismo.

Y no es que hayan desaparecido los casos de lo que antes de ese acuerdo conocíamos como hermafroditismo verdadero (cuando una persona posee simultáneamente testículos y ovarios), ni los seudohermafroditismos (el femenino, en el que en una persona hay ovarios y estructuras sexuales masculinas; o el masculino cuando hay testículos y órganos sexuales femeninos), sino que ahora cambia la manera en que debemos referirnos a ellos.

El cambio muestra que en la medicina occidental del siglo XXI hay un predominio de la genética como criterio principal en la determinación del sexo. La morfología fue durante siglos el elemento principal para definir dos sexos. Ser mujer u hombre dependía de las formas. Luego, al arrancar el siglo XX, se incorporaron criterios funcionales; las glándulas de secreción interna y sus productos se colocaron en lugar privilegiado. Ahora, la anatomía y las hormonas ocupan lugar secundario, pues todo se ve desde el lente de un determinismo genético.

Entonces el hermafroditismo verdadero no tiene razón de existir y ahora debemos referirnos a él con el nombre de “DSD ovotesticular”, término que en mi opinión es bastante feo frente al hermafroditismo verdadero –perdón, pero siempre he creído que la estética tiene que ver con la verdad científica. El peso de la genética es más claro en la nueva nomenclatura de los seudohermafroditismos, pues al femenino hay que llamarlo ahora “46, XX DSD” y al masculino “46, XY DSD”, con lo que se elimina la carga endocrina y se le cuelga la genética.

De modo interesante, en la nueva clasificación surgen dos nuevas categorías independientes de los hermafroditismos: se trata de los “hombres” que tienen dos cromosomas femeninos, a los que debemos referirnos hoy como “46, XX DSD testicular”, y los “hombres” que tienen cromosomas masculinos pero fenotipo o formas femeninas, a los que a partir de ahora habrá que llamar “46, XY disgenesia gonadal completa”. Esto es importante, pues en 1993 Anne Fausto Sterling, especialista en biología molecular, sacudió al mundo intelectual señalando que no había dos sexos (hombre y mujer), sino cinco, pues, en su opinión, era necesario incluir además a los hermafroditas verdaderos y los seudohermafroditas. Ahora, siguiendo el razonamiento de Fausto, de acuerdo con la nueva clasificación a la que me refiero, habría no dos ni cinco, sino siete sexos.

Pero el cambio en la nomenclatura de los estados intersexuales es sólo fachada. El artículo producto de esta reunión, aparecido en 2006 (Pediatrics 118 (2): e488-e500), contiene en su parte medular el consenso oficial de esas comunidades médicas sobre el manejo completo de los estados intersexuales, a los que, además de considerar siempre patologías, debe rencauzarse dentro de las categorías únicas de mujer u hombre. Se trata de la expresión más acabada de la medicina científica para definir y determinar el sexo en los humanos al iniciar el siglo XXI. No me referiré por ahora a estos criterios consensuados, pues ya de entrada me pareció impresionante la abolición del hermafroditismo.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.