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Alicia Bárcena*

La pobreza y la desigualdad en AL y el Caribe

Entre los años 2002 y 2007 los países de América Latina y el Caribe tuvieron los mejores resultados en materia de crecimiento de sus economías de los últimos 40 años, como asimismo en los principales indicadores de desarrollo social.

En efecto, en el quinquenio 2002-2007 el número de personas que viven en la pobreza disminuyó casi en 10 puntos porcentuales; es decir, salieron de la pobreza 37 millones de personas. Respecto de la extrema pobreza o indigencia, las cifras también muestran resultados muy positivos: se redujo en casi 7 puntos porcentuales, lo que equivale a 29 millones de personas. Esta cifra corresponde a poco menos del doble del total de la población chilena. Ciertamente, un quinquenio muy positivo.

Es ya un lugar común señalar que América Latina es la región del mundo que presenta las mayores desigualdades de ingreso en el mundo. Constituye una muy buena noticia observar que, en el periodo 2002-2007, en ocho países de la zona esta problemática disminuyó, sólo en tres empeoró y en el resto de los países se mantuvo más o menos igual. Las reducciones son modestas, pero conociendo lo difícil que es cambiar la estructura de desigualdades en un país, estos resultados constituyen una muy buena noticia.

Han disminuido la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, en 2008 se desató el alza de los precios de los alimentos y ya en el tercer trimestre se desencadenó la crisis financiera en Estados Unidos, la cual se propaga por todo el mundo, y su profundidad y alcances todavía no podemos conocer con precisión.

El significativo aumento del precio de los alimentos que constituyen los elementos esenciales de la canasta de los más pobres tiene como efecto directo que en 2008 la pobreza disminuya sólo en un punto porcentual. Peor aún, la extrema pobreza se estima que aumenta de 12.6 por ciento en 2007 a 12.9 por ciento en 2008, vale decir, 3 millones de personas.

El ciclo positivo se termina; el ciclo negativo comienza.

La crisis global que hoy se refleja en la recesión de las principales economías del mundo desarrollado afectará negativamente los avances económicos y sociales que América Latina ha tenido en los años 2002-2007.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) prevé que la desaceleración mundial se reflejará en la región en una menor demanda de los bienes de exportación y en una menor inversión en el sector productivo. A esto se sumarán una disminución de las remesas de los migrantes y las limitaciones que sufrirán los países emergentes en los mercados financieros internacionales.

Se estima que habrá aumento del desempleo y nulo crecimiento de las remuneraciones reales. Las restricciones al crédito afectarán severamente a las micro y pequeñas empresas, cuyos efectos negativos se harán sentir, ante todo, sobre las familias de los trabajadores por cuenta propia y asalariados informales.

En este contexto, las fuerzas que presionan hacia el aumento de la pobreza, la indigencia y la desigualdad serán muy fuertes y poderosas en el año que se avecina.

Habrá diferencias entre los países. Los más afectados por la disminución de las remesas o por su conexión más directa con el mercado de Estados Unidos se verán más complicados. También sufrirán más aquellos con estructuras de exportaciones menos diversificadas y más concentradas en bienes, cuyos mercados fueron los más sensibles a la crisis; también aquellas naciones que tienen sistemas financieros débiles.

La pregunta, entonces, es simple y directa: ¿qué deben hacer los países para evitar que todo el peso de la crisis caiga sobre los hombros de los más pobres?

Es evidente que, dado el contexto de la crisis, no se puede exigir ni esperar que los resultados de los próximos años sean equivalentes a los del quinquenio 2002-2007. Eso está más cerca de la ilusión que de la realidad; más cerca de la demagogia que de la responsabilidad.

Pero sí se puede esperar, y exigir, que los pobres de América Latina y el Caribe no pierdan lo que han ganado en estos últimos seis años. Para ello existen estrategias e instrumentos de política social, tanto en el ámbito fiscal (políticas efectivamente contracíclicas), en el ámbito laboral y de empleo, en programas sociales de transferencias condicionadas, en créditos a microempresas, y en muchos otros ámbitos.

También se puede esperar, y exigir, que los países inviertan en mantener vigentes las condiciones para que, cuando el ciclo negativo se empiece a agotar, se pueda retomar con fuerza y optimismo la senda de la merecida disminución de la pobreza, así como de la construcción de sociedades más igualitarias y con mayor cohesión social.

*Secretaria ejecutiva de la Cepal

 
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