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■ Las imágenes son tapizadas con dólares para agradecer los favores

Santos, vírgenes y cristos, los coyotes espirituales de migrantes

■ Lo recaudado sirve para hacer la fiesta anual del venerado

Arturo Cano

Ampliar la imagen Un migrante, con oración, pide ayuda para poder cruzar la frontera Un migrante, con oración, pide ayuda para poder cruzar la frontera Foto: Marco Peláez

San Pedro Zipiajo, Mich., 27 de diciembre. El templo está vacío. Pero apenas entra el forastero, una mujer y unos niños lo siguen. Son los “cuidadores” del pequeño templo de San Pedro Apóstol, en este pueblo de la Meseta Purépecha que manda a sus hijos al norte desde el programa Bracero. La mujer y los niños cuidan los santos, las vírgenes y los cristos, pero sobre todo lo que cuelga de las ropas de las figuras: los dólares ganados en Estados Unidos.

A la izquierda, cerca de la entrada, hay un Cristo crucificado. Más adelante está la Virgen de Coeneo, con su pared de fondo llena de caritas de Benjamín Franklin. A la derecha, poco después, un Cristo acostado sobre una mesa. El mantel de larga caída está hecho de billetes de un dólar. En el altar, detrás de cristales, hay una imagen del Santo Niño y otra abajo, a la diestra del santo principal, San Pedro Apóstol, con sus ropas repletas de billetes de uno y veinte dólares y unos pocos papeles en moneda nacional.

Juanita Caballero no recuerda cuándo empezaron a colgar billetes a los objetos de su devoción: “Mi mamá tampoco y ya pasa de los ochenta”, dice. La encargada de vigilar el templo trata de fijar en sus respuestas la fecha aproximada del inicio de la saga migratoria de esta comunidad. Debió ser durante el programa Bracero, que arrancó en 1942, porque dice que muchos de los primeros “ya están viejitos o ya murieron”.

El caso es que no se ha detenido y ya traspasa generaciones. Su padre anduvo de bracero. Ella tiene un hermano en Chicago y otro en Dallas. Sus hijos, Dolores y Baltazar Díaz, viven desde hace un tiempo en Alabama. Él se fue con visa de trabajo y ella cruzó sin documentos. Él trabaja en el campo y ella en una empacadora de pollos. Dolores se fue porque se casó con un migrante. Baltazar, soltero, porque quiere completar para la casa de la familia: “Nos falta el colado y cuesta 100 mil pesos”.

A San Pedro Zipiajo, municipio de Coeneo, se puede llegar desde Pátzcuaro o desde Zamora, pero en estos tiempos de fin de año no se ve ningún retorno masivo de migrantes. Dolores y Baltazar no estarán tampoco el 16 de febrero de 2009, cuando sea la fiesta de San Pedro y los migrantes arreglados puedan hacer el viaje. Ese día se gastarán la mayor parte de los dólares colgados. A la fiesta vienen, dice Juanita, “los que se visten de moros, los que mandan los dólares”.

Al oeste de la Meseta está Patamban, pueblo de alfareros, agricultores y migrantes. La mitad del pueblo vive de distintos tipos de loza que producen las familias artesanas, pero el peso y la larga data del fenómeno migratorio es evidente, por ejemplo, en las letras que hablan de la migración en pirekuas con aire techno y de rap.

El Nazareno va de casa en casa, con un “cargador” cada año, y la espera de una familia que lo quiera cuidar puede demorar veinte años o más. A principios de los ochenta del siglo pasado, la túnica del Nazareno “comenzó a lucir un tipo de exvoto que sintetizaba en sí mismo todos los favores recibidos… los dólares representaron toda la narrativa de la experiencia migrante”, explican los investigadores Patricia Moctezuma Yano y J. Carlos Ruiz Guadalajara (“Migración y devoción”, Estudios michoacanos XI, Colmich, 2003).

Tres generaciones de patambeños han colgado dólares al Nazareno. Una de sus joyas más preciadas es su cinturón, hecho de monedas de un dólar, acuñadas con motivo del bicentenario de la Independencia de Estados Unidos en 1976.

¿Se alejan de los suyos los migrantes? ¿No se entienden ya los “norteños” con quienes se quedaron?

La religiosidad compartida es una especie de zona de contacto entre los que se van y los que se quedan, dicen Yano y Ruiz.

Jesús Azpeitia vino con toda su familia al santuario de Santo Toribio Romo. Es originario de San Julián, un rancho distante 20 kilómetros, pero lleva 17 años en California, ya arreglados sus papeles. Por eso no tiene necesidad de pedir los oficios de “buen pollero” del santo cristero, en Jalostotitlán, Jalisco. “Venimos a pedirle que nos cuide en el regreso”, dice Jesús, quien viaja con su hermano y las familias de ambos en una gran camioneta repleta de niños.

En San Julián nació otro de los mártires cristeros, pero Azpeitia y su familia no le rezan. Prefieren ir con Toribio y con la Virgen de San Juan de los Lagos. Más vale dobletear que pecar de desprevenido.

No son los únicos. Hay familias que visitan a Toribio y a la Virgen de San Juan de los Lagos y aprovechan el regreso para darle una vuelta al Santo Niño de Atocha en Fresnillo, Zacatecas.

O casos como el de Iván Jasso, de San Felipe, Guanajuato, quien fue el mismo día, cercano a la Navidad, a los dos santuarios. En ambos dejó su agradecimiento por escrito: Gracias, Virgencita. Gracias, Santo Toribio. “Porque me dieron rápido mi libertad en la cárcel de Texas.”

Jesús Roberto Rosas Gómez vino a pedir, el 21 de septiembre de 2008, la ayuda de Toribio “para cruzar la frontera” e incluso se sintió obligado a informar al santo sobre las fechas de su intento: entre el 27 de octubre y el 2 de noviembre.

Rosa María Durán atribuye a Santo Toribio haber aprobado el examen de ciudadanía. La familia de Severo Anaya Gutiérrez agradece al santo haber intercedido para que él “se quedara allá”. Y la de Víctor Manuel Olivares Mendoza, “que regresó vivo de Irak”.

En el lugar construido especialmente para colocar los exvotos –donde también hay una tiendita que vende comida y bebida chatarra– alguien le echa la mano al santo pollero. Repartidos aquí y allá hay varios “retablos”, enmarcados, bien hechecitos, escritos en computadora y no a mano, sin faltas de ortografía y firmados siempre con iniciales.

Como uno fechado el 10 de julio de 2008, donde Raúl F.O. y César Guillermo S.F., agradecen a Santo Toribio “por darnos licencia de llegar a Estados Unidos, porque era él quien nos guiaba por el camino, y estamos seguros de eso porque cuando le vimos la cara a la persona que nos llevaba, con sorpresa nos dimos cuenta que era exactamente igual a Santo Toribio, y además la migra no nos vio aunque pasamos cerca”.

A la familia Hermosillo Noriega se le ocurrió un exvoto muy peculiar: mandó hacer una placa de automóvil del estado de California con estas letras: S T ROMO.

A muchos kilómetros de distancia, en Aguascalientes, hay un equipo juvenil de futbol, el cual fue bautizado con sus iniciales. Y en Morelia, Santo Toribio Romo prueba que se apañan a sus milagritos no sólo los migrantes: una plaza comercial de farmacias y consultorios médicos lleva su nombre.

Anochecieron cristianos y amanecieron cristeros

Muchos de los peregrinos se suben a sus vehículos cargados de cuadros, calendarios y otros “recuerdos” de su visita. Algunos se llevan un cómic basado en la biografía escrita por Román Romo, también sacerdote y hermano del ahora santo.

La historieta comienza en 1980. Un hombre perdido en el desierto recibe ayuda de un desconocido que le da agua y le indica la dirección que debe seguir. “¿Cómo puedo agradecerle lo que hizo por mí, buen hombre?”, pregunta el extraviado. “Cuando regreses visítame en Santa Ana de Guadalupe, en los Altos de Jalisco. Pregunta por Toribio Romo”, contesta el aparecido.

Años más tarde, el migrante llega al pueblo, naturalmente en una gran camioneta, y entonces se entera de que el desconocido que le ayudó no es otro sino el santo, muerto más de 50 años atrás.

En la historieta también se habla de la vida del cura Toribio Romo. Se cuenta, por ejemplo, que fue enviado a Cuquío “donde, al estallar la persecución religiosa como en pocas partes, floreció la gloriosa Unión Popular fundada por Anacleto González Flores, practicándose el boicot hasta el heroísmo… Cuquío, tierra de los que anochecieron cristianos y amanecieron cristeros”.

Del Nazareno de Patamban a Santo Toribio puede decirse, siguiendo a Ruiz y Moctezuma, que santos, vírgenes y cristos son ya un inmenso ejército de coyotes espirituales.

 
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