Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de diciembre de 2008 Num: 721

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Archipiélagos
EURÍDICE ROMÁN DE DIOS

Calles
LEFTERIS POULIOS

Ibargüengoitia: 25 años después
Entrevista con JOY LAVILLE SALVADOR GARCÍA

Mis días con Jim Morrison
CARLOS CHIMAL

Teatro: el acto y el discurso
JOSÉ CABALLERO

La crisis del teatro en México
JOSÉ CABALLERO

El Sueño de Juana de Asbaje
RAÚL OLVERA MIJARES

Leer

Columnas:
Galería
RODOLFO ALONSO

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Rogelio Guedea
rguedea@hotmail.com

Girasol

No hace mucho, mi mujer plantó dieciséis semillas de girasol en el jardín de la casa. La estuve observando mientras removía la tierra y arrancaba la mala hierba. Cuando terminó, vino a mí y me dijo amorosamente: “Ojalá florezcan todas”. Yo, recuerdo, no supe qué contestarle, sólo la abracé y le leí unos párrafos del libro que traía entre manos. Pasaron semanas o meses hasta que un día, al llegar de con los abuelos, vimos con cierta tristeza que de las dieciséis semillas sólo una había dado de sí. Ahí estaba erguida, impotente, solitaria bajo el sol casi perdido de la tarde. Mi mujer se inclinó para acariciarle las hojillas con la yema de los dedos. Esa noche, de hecho, estuvimos hablando con la luz apagada del destino de los seres y las cosas, y luego nos perdimos el uno entre los brazos del otro hasta que empezó la tormenta. Fueron tan turbadores los truenos y tan inmensas las aguas, que tuvimos que traernos a nuestro hijo a nuestra cama. Mi mujer lo arropó contra sí toda la madrugada, hasta que la lluvia cesó y de los truenos no quedó ni un eco. Cuando a la mañana siguiente abrimos la puerta para salir de compras, vimos que el girasol que ni siquiera había florecido por la vez primera estaba de bruces en el césped, partido por la mitad como un hueso. Mi mujer trató inmediatamente de incorporarlo una y otra vez, pero fue inútil. Cuando subimos al automóvil, yo no tuve ganas de decir nada, sólo me fui mirando todo el trayecto a mi hijo por el espejo retrovisor como intentando agradecerle a la vida todo aquello que no me había quitado.