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■ Nunca busqué un enfoque de género; la exploración del lenguaje es lo más importante

Me parece un absurdo hablar de poesía femenina: Thelma Nava

■ A Efraín Huerta lo admiraba muchísimo, pero nunca le consulté sobre mi trabajo

■ Un poeta no descubre América, pero hay un momento en que se sabe que encontró un camino propio

Arturo García Hernández

Ampliar la imagen Es satisfactorio que cada vez haya más mujeres que escriban buena poesía, sostiene Thelma Nava Es satisfactorio que cada vez haya más mujeres que escriban buena poesía, sostiene Thelma Nava Foto: José Antonio López

Hija única de un matrimonio de padres maduros, la poeta Thelma Nava (ciudad de México, 1932) fue una niña y adolescente solitaria. Descubrió entonces que con su imaginación podía llenar esa soledad hasta crear un mundo propio. Contribuyeron también los cuentos que le leía su padre cada noche y las “montañas de libros” que él llevaba a la casa y que ella leía con voracidad.

Con la lecturas de los cuentos de Andersen y los hermanos Grimm, de las novelas de Emilio Salgari y Julio Verne, le fue naciendo –escribió alguna vez– el “afán de encontrar palabras que nombraran la vida”.

Así se fueron sumando nombres y obras: Don Quijote de la Mancha y las Novelas ejemplares, de Cervantes; el Werther, de Goethe; Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno; Las calles de México, de Luis González Obregón; El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas; la Biblia y también historietas como Pepín y el Chamaco, que su madre le tenía prohíbidas.

En su casa de la colonia Roma, cigarro en mano, afable, memoriosa, Thelma Nava hace en entrevista un recuento de su relación con la poesía y comparte sus reflexiones sobre aspectos diversos del quehacer poético.

–¿En qué circunstancias se dan sus primeros encuentros con la poesía?

–Mi encuentro con la poesía, como el de muchos compañeros de mi generación, fue a través de los libros que leímos en la escuela. Recuerdo que en la secundaria nos daban libros en que venían poemas de autores tanto del Siglo de Oro español como de poetas mexicanos; pero las mismas historias y cuentos que me leía mi padre fueron despertando mi imaginación y me fueron acercando a la poesía, porque en los cuentos famosos y clásicos hay una gran poesía.

“Empecé a escribir poemas cuando era muy chica, en unas libretas que me daba mi mamá, pero los rompía; no tenía la más remota idea de lo que era la poesía en sí, como concepto.”

–¿En que momento adquiere esa conciencia?

–A los 17 años, más o menos, empiezo a leer, por ejemplo a García Lorca, a Pablo Neruda, y de ahí en adelante a tratar de asumir la poesía como algo que me llegaba, que me tocaba, que necesitaba escribir. Nunca he podido escribir prosa, soy muy mala; he intentado escribir algún cuento, algún relato, pero definitivamente no puedo.

–¿El poeta, la poeta, elige a la poesía o la poesía elige al poeta?

–Es mutuo. De alguna manera la poesía lo elige a uno, es lo que pienso o quiero pensar porque me parece una idea más hermosa que pensar que es un descubrimiento, porque uno no anda persiguiendo a la poesía, sino que la poesía llega a uno, y llega de diferentes maneras: a través de lecturas, de los amigos, de los libros... Llega y cuando llega el poeta empieza a escribir hasta que va encontrando su propia voz.

–¿Es el poeta un ser privilegiado, especial?

–Es un privilegio para mí ser poeta, porque a través de ella uno mira la vida y las personas y lo que sucede en el mundo. Es muy hermoso asumirlo a través de la poesía.

–¿Cómo es en usted el momento de la creación poética? ¿Cómo acude el poema a su mente y cómo se traslada al papel?

–Muchos poemas se van gestando en el interior de uno, de manera cognoscitiva, y de pronto me siento, escribo el poema y lo hago completo, porque ya en mi interior lo fui trabajando. Por eso es esa aparente facilidad de sentarme en un momento dado y empezar a escribir. Escribo conforme me van tocando las cosas que pasan en el mundo. Así escribí, por ejemplo, un poema que se llama Los locos: una vez fuimos mi marido y yo a ver a un amigo que estaba encerrado en el viejo manicomio de La Castañeda, estaba ahí por alcohólico, no por loco. Pasé por en medio de ese mundo donde hay de todo. Todo eso me impactó mucho y el día menos pensado, cuando estaba a punto de salir a la calle, se me vino todo el poema y lo escribí.

El marido de Thelma Nava se llamaba Efraín Huerta, el gran Cocodrilo, ni más ni menos.

–¿Qué fue vivir con un poeta como Efraín Huerta, con la trascendencia y el peso que tiene su obra en la poesía mexicana?

–Fue muy importante. Desde luego lo admiraba muchísimo como poeta desde que lo conocí. Luego compartíamos la vida cómo hay tantas otras parejas en el ambiente literario, sin embargo no recuerdo haberle consultado nunca algo sobre mi trabajo. Él a veces me decía algunas cosas y cuando éramos novios me regalaba muchos libros, para que los leyera, conociera a los autores y me acercara más a la poesía. Me parece algo extraordinario que me dio la vida.

–¿Fue una experiencia formativa?

–Más de vida, incluso, que poética, aunque en la vida va todo, incluida la poesía.

La bibliografía de Thelma Nava comprende títulos como La orfandad del sueño, Colibrí 50, El primer animal, El libro de los territorios, El verano y las islas, Paisajes interiores, así como El primer animal: poesía reunida 1964-1995, publicada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en la cuarta serie de Lecturas Mexicanas, y Los pasos circulares: antología personal, publicada opr Ediciones El Cocodrilo Poeta, que fundó y dirigió su hija Raquel Huerta Nava.

En el terreno editorial, la poeta ha sido cofundadora de revistas como El Rehilete y El Pájaro Cascabel, esta última junto a Luis Mario Schneider.

–A lo largo de su trayectoria, ¿ha buscado un lugar dentro de lo que algunos llaman poesía femenina, en la que se inscriben figuras emblemáticas como Sor Juana Inés de la Cruz o, más recientemente, Rosario Castellanos?

–No, me parece un absurdo eso de hablar de poesía femenina, porque podríamos hablar de poesía masculina o de poesía gay, y de hecho la hay, pero nunca busqué un enfoque de género. Para mí la poesía es poesía y ya, claro que me satisface mucho que cada vez haya más mujeres que escriben buena poesía.

“Sor Juana y Rosario son admirables, desde luego; ¿quién no las ha leído y quién en muchas ocasiones no ha querido ser como ellas?”

–¿Qué le importa más en su trabajo poético, dejar testimonio de una época, o la exploración del lenguaje?

–Es importante dejar testimonio de una época, pero creo que la exploración del lenguaje es más importante. Un poeta tiene que estar siempre renovándose, siempre buscando en su interior todo aquello que pueda enriquecer su poesía. Hay un afán constante de renovación, de buscar una forma nueva de decir las cosas.

Afán de renovación

A lo largo del tiempo –sostiene Thelma Nava– los poetas van experimentando muchas cosas, hasta encontrar y definir su propio camino y expresión.

–¿Cómo sabe un poeta que ya encontró su voz?

–Uno siente, por ejmplo, cuando todavía hay influencias, las experimenta a través de los poemas; no es que uno crea que descubre América, pero llega un momento en que se sabe que encontró un camino, su camino. Es un momento de gozo muy satisfactorio. Eso y comunicar algo a los demás es lo realmente importante.

 
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