Usted está aquí: martes 6 de enero de 2009 Opinión Aprender a morir

Aprender a morir

Hernán González G.
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■ Reprogramarse, no angustiarse

Acabada una versión más de la venganza de Lucifer, conocida también como época navideña, y ante la estridencia de los ahora multiplicados especialistas en economía y finanzas acerca de cómo enfrentar una nueva crisis que, en teoría, afectará a todos, pero de la que nadie es responsable, es bueno tomar nota de algunas estrategias para… seguir aprendiendo a vivir como posibilidad de aprender a morir.

“La muerte de este angelito no fue muerte natural/fue del sistema social que nos mata de a poquito”, canta Óscar Chávez en su gran versión. Y sí, el cuaternario sistema social que se carga el planeta no sólo persiste en sus métodos de opresión e inequidad, de hipocresía y doble moral, de aturdimiento y explotación, sino que ya perdió todo pudor y hoy se muestra tal cual es en su infinita ceguera y ridícula ambición, como si no fuéramos todos en el mismo barco.

Este sistema prefiere imponer maneras de pensar a estimular la claridad de pensamiento, básicamente porque los individuos programados son más fáciles de dominar –gobernar es otra cosa–, y en vez de promover el crecimiento de la persona lo obstaculiza mediante formas de educación enfocadas al sometimiento.

¿Cómo reprogramarnos en medio de tanta estupidez? –obedezca, imite, trabaje, consuma, posea, deseche, reprodúzcase, endéudese y pague–, ¿de dónde sacar valores y actitudes que no nos asfixien?, ¿cómo evitar hacerle el juego al sistema que nos mata de a poquito? Haciendo nuestra la sana costumbre de descreer.

No para dejar de creer, sino para descubrir por nosotros mismos una escala de valores propia, que nos amiste con el ser que llevamos dentro, no con el monigote contrahecho en que nos convirtió la condicionada educación familiar, escolar y televisiva. Sólo descreyendo de tanta basura y condicionamientos seremos capaces de reconocer en nuestro interior lo que verdaderamente importa.

A menos rendimiento del dinero, imaginación, no para conseguir más dinero –es lo que quiere el sistema–, sino para reprogramarme con menos y, de paso, ignorar falsas ofertas, grandes descuentos, productos mágicos, nuevos pagos a plazos y compras idiotas. Que los voraces se las arreglen para adecuar sus precios e intereses.

Si los especialistas en asustar con el petate de la televisión siguen infundiendo pánico en deudores y consumidores, no en cuestionar, informar y orientar, usted no les crea ni se angustie. Reprográmese.

 
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