Usted está aquí: domingo 11 de enero de 2009 Sociedad y Justicia Mar de Historias

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Boleta de refrendo

Por la forma en que la mujer hunde la mano en el bolsillo de su suéter se adivina que guarda algo de valor. A media calle se detiene y mira en todas direcciones para asegurarse de que nadie la sigue. Su excesiva precaución me hace catalogarla como novata. De otra forma sabría que su actitud recelosa atrae a los delincuentes que merodean por la casa de empeño.

Conozco bien el antiguo edificio. Se convirtió en un espacio muy frecuentado a partir del día en que mis hermanos fueron a empeñar nuestra estufa de gas. Para mi madre era trágico desprenderse del obsequio que mi padre le había hecho gracias a uno de sus pocos negocios exitosos. Él, para consolarla, le explicaba que empeñar algo no significa perderlo: está el recurso del refrendo y, en el caso extremo de que no haya dinero para eso, queda la alternativa de venderle la boleta a un coyote y recuperar algo de dinero.

II

Antes de empeñar la estufa hubo largas deliberaciones en las que sólo participaban los adultos. En un despliegue de imaginación proponían métodos descabellados para obtener recursos con que remontar la cuesta de enero. Todos fueron inútiles y al fin llegaron a la conclusión de que no había más remedio que ir a la casa de empeño.

Nuestro orgullo despertó ante lo inevitable. Teníamos que impedir que los vecinos se enteraran de la pérdida. Apenas unos meses antes habían ido a nuestra casa para contemplar la estufa recién desempacada, modernísima, con su vidrio refractario en el horno. Mientras lo veían, las señoras nos felicitaban como si hubiéramos recibido una cuantiosa herencia.

Después de mucho pensarlo mi padre encontró la estrategia perfecta para no provocar curiosidades ni burlas: que mis hermanos sacaran la estufa al amanecer y con ella a cuestas se fueran a la casa de empeño, relativamente cercana. En señal de que aceptaba el sacrificio mi madre se puso a lavar los quemadores, pulir el horno con su puerta de vidrio refractario y a lamentarse por no haber alcanzado a realizar su sueño: hornearnos un pastel.

Cuando terminó su trabajo, la estufa quedó resplandeciente. Todos reconocimos que parecía recién desempacada. Mi madre sonrió, satisfecha de haber mostrado sus habilidades de ama de casa y segura de que obtendríamos un mejor préstamo gracias al buen aspecto del mueble.

Sentados en la cocina pasamos la noche en vela viendo la estufa y recordando todo lo que había sucedido antes de que pudiéramos instalarla: desde adosar las sillas a la pared hasta mover el trastero hacia el rincón y desarmar una repisa donde, más que florecer, languidecían macetitas con yerbas de olor. Nos referimos también al asombro, las bromas y las felicitaciones de los vecinos que habían visto en nuestra adquisición una señal de progreso.

A las seis de la mañana, cuando aún estaba oscuro, mi padre se encargó de quitar la instalación del gas. En medio de nuestro silencio, actuaba como si fuera un médico retirándole los tubos y aparatos a un enfermo terminal.

Entre todos trasladamos la estufa hasta la puerta de la vivienda. Con el mayor sigilo mi madre retiró el candado, salimos hasta el portón de la vecindad, lo abrimos y nos quedamos mirando a mis hermanos alejarse con el pesado mueble a cuestas. “Al menos nadie se dio cuenta”, dijo mi madre.

El regreso a la vivienda fue horrible. Mirar el hueco dejado por la estufa materializaba nuestro fracaso, nos devolvió a los comienzos en una ciudad inmensa y desconocida. “¿Hay café?” Como respuesta a la pregunta de mi padre mi mamá sacó una parrilla eléctrica. En ese momento se escucharon gritos, silbatazos y carreras. El escándalo provocó la curiosidad de los vecinos. Con ellos salimos a la calle sin imaginar lo que veríamos.

A mitad de la cuadra estaban mis hermanos junto a la estufa y dos policías acusándolos de habérsela robado. Mi padre se indignó. Mi madre le pidió calma y les aseguró a los guardias que la estufa era nuestra. “Pruébelo: muéstrenos la factura.” Con los nervios y el disgusto, imposible recordar dónde estaba y se echó a llorar.

Mi hermano mayor amenazó a los policías con que iba a denunciarlos y se lanzó contra el que estaba más próximo. El otro uniformado pidió refuerzos con su silbato. El escándalo hizo que los inquilinos de casas y edificios aparecieran en las ventanas. Sin tener antecedentes de la gresca protestaban contra los policías, tachándolos de prepotentes y abusivos.

Uno de los agentes rechazó la acusación: “Nosotros sólo estamos haciendo nuestro trabajo. Si vemos a dos tipos que a estas horas salen llevándose una estufa es lógico pensar que se la están robando”. Hubo nuevas protestas: “El hecho de que seamos pobres no significa que vivamos de la uña”. Siguieron los insultos y reiteradas amenazas.

Mi madre, tan celosa de nuestra privacidad, para evitar mayor escándalo confesó: “Los muchachos son mis hijos. Iban a empeñar la estufa. Les pedimos que la sacaran tan temprano porque no queríamos que nadie se enterara. Ahora todo el mundo lo sabe. ¡Qué vergüenza!”

Se escucharon suspiros de asombro y algunas risas. Los policías intercambiaron palabras y desaparecieron. Los vecinos se alejaron y nosotros nos quedamos a media calle protegiendo la estufa. Mi padre ordenó que, para evitar nuevas sospechas a esas horas, la devolviéramos a su sitio. Durante todo aquel día permanecimos encerrados.

III

Gracias a que mis hermanos lograron conseguir algunos trabajos eventuales nuestra situación se hizo menos crítica, la estufa permaneció en su lugar y mi madre pudo cumplir su sueño: hornearnos un pastel. Con el pretexto de que iba ser el cumpleaños de mi hermana organizó una merienda e invitó a los vecinos. Era la mejor forma de agradecerles su apoyo en aquella mañana trágica.

Celebramos el cumpleaños un domingo. Las mujeres se pasaron todo el día entrando en la casa para ofrecerle ayuda a mi madre que, inclinada sobre la mesa de pino, cernía y amasaba la harina. Encender el horno fue toda una odisea; introducir el pastel, una ceremonia.

Hincadas frente a la estufa estuvimos mirando cómo iba inflándose la pasta que, dorada, al fin rebasó los bodes del molde. “Ya está, pero no hay que sacarlo porque se baja.” Permanecimos unos minutos más aspirando el alegre aroma del pan caliente y ansiando el momento de probarlo.

Los invitados estaban a punto de llegar. Mi madre quería recibirlos de la mejor manera. Nos pidió que ordenáramos la cocina mientras ella limpiaba la estufa. Tomó un lienzo húmedo, lo deslizó por la puerta del horno y segundos después retrocedió gritando. Al acercarnos vimos que en el cristal refractario se habían formado infinidad de grietas. “Se rompió todo”, dijo con la gravedad de quien repite la peor noticia.

Como siempre, mi padre trató de consolarla diciéndole que bastaría con cambiar la pieza; los invitados le aconsejaron dónde podría comprarla más barata. Mi madre fingió resignación, pero varias veces la descubrí mirando el vidrio roto en un segundo, como tantas de sus ilusiones.

IV

La buena racha fue muy corta. Al poco tiempo de aquel cumpleaños sucedió lo que de milagro había podido evitarse: empeñamos la estufa con el vidrio estrellado a pesar de que mi madre aseguraba que no valía la pena porque en esas condiciones iban a prestarnos por ella una miseria.

En nuestra cocina reapareció la hornilla y en nuestra vida las falsas ilusiones de épocas mejores. Entonces podríamos rescatar la estufa o, en el peor de los casos, refrendarla. Con muchas dificultades lo conseguimos varias veces. Pasábamos las semanas calculando plazos y vencimientos hasta que al fin la estufa entró a remate.

A veces, cuando por algún motivo íbamos al Centro, procurábamos desviarnos hasta la casa de empeño. Por el aparador, perdida entre toda clase de muebles, veíamos nuestra estufa. Que permaneciera allí significaba para mi madre una señal de que íbamos a recuperarla y por tanto a remontar la dura cuesta de enero que en realidad se prolongaba todo el año. Un día la estufa desapareció del aparador. Algo de nuestras esperanzas por salir adelante se esfumó también.

Cada vez que paso frente a la casa de empeño recuerdo aquella etapa de mi vida. Fue difícil y sin embargo la asocio con el sabor de un pastel dorado como un sol.

 
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