Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de enero de 2009 Num: 723

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El primer Elizondo
RAÚL OLVERA MIJARES

Pancho Villa sí conquistó Columbus
IGNACIO SOLARES

Seabra y la diplomacia cultural
RODOLFO ALONSO

Vaz Ferreira: filosofar sin pretensiones
ALEJANDRO MICHELENA

Roberto Bolaño: los exilios narrados
GUSTAVO OGARRIO

Milorad Pavic: el rompecabezas imperfecto
JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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Ensayar teatro, ensayar sobre teatro (II Y ÚLTIMA)

La condición contemporánea del arte escénico, habría que volverlo a enfatizar, no puede reducirse al estudio y a la disección de los vínculos formales que ciertas corrientes teatrales establecieron con otras disciplinas artísticas en las décadas de los ochenta y noventa; poco hay para indagar en las alianzas transitorias y efímeras del teatro con el multimedia, el video, el cine y las aplicaciones cibernéticas. No porque en ellas se palpen exclusivamente intenciones superficiales, sino porque circunscribirse a sus consecuencias, casi todas probadas como fútiles, desviaría el debate de tesituras más profundas. Siguiendo lo formulado por Michel Foucault en su escrito Theatrum Philosophicum, queremos ver al teatro como el espacio idóneo para un pensamiento en acción, para una filosofía en movimiento que constituya el correlato que se entrometa en los ejes rectores de una poética, como la de la representación, efímera e inestable. Ello suele inhibir el acercamiento analítico a los cimientos sobre los que el teatro edifica su condición polisémica. El cuerpo como desglose evocativo, que más que desplegar su presencia en el escenario, señala un cúmulo de ausencias, el signo vívido en el que se depositan una serie de paradojas fascinantes; la imagen como símbolo preclaro de la teatralidad, como entidad delatora de los muchos vasos comunicantes del relato escénico con algunos de los tópicos más influyentes de la sociedad a estas alturas de la modernidad; la indagación de las posibilidades del espacio escénico, su organización semántica y las mil y un formas en las que condiciona y determina un discurso textual, dialogal, corporal; la semántica del hecho teatral como una figura rizomática en la acepción deleuziana del término, modelo todavía excepcional (pese a todo) de sistematización, que se aleja del paradigma vertical y arborescente imperante en casi toda tentativa de producción espectacular para desnudar las fracturas de sentido que lo hacen trepidar al ritmo irregular de la
existencia misma. Sin soslayar aspectos un tanto cuanto más convencionales, como los que se relacionan en primera instancia con la dramaturgia textual, la raigambre literaria, la disposición del mobiliario escenográfico, el diseño luminotécnico, la selección del vestuario y las demasiadas particularidades de la interpretación actoral, el trabajo analítico sobre el hecho escénico suele pasar por alto la naturaleza del teatro como artefacto heterogéneo, en cuya confluencia de significados se funda un conjunto de cualidades estéticas insinuadas en este escrito, y que trascienden, por mucho, su mera consideración como la concreción tangible de las posibilidades de un texto o, más aún, su reducción como un arte limitado a interpretar, traducir y/o trasladar en el escenario una cierta textualidad. Ensayar sobre teatro implica, en suma, conjugar en presente un hecho pasado y desmenuzar las relaciones tensas entre lo dramático y lo escénico, entre lo que se proyecta y lo que consigue incorporar en el espacio escénico. Ensayar sobre teatro es de hecho ensayarlo en sí, probarlo, extender sus repercusiones en el tiempo y en la memoria, aislar sus efectos, desmenuzarlo y entenderlo en sus diferencias y en sus repeticiones. Acaso estemos ante la disciplina artística que habilita mejor las posibilidades del ensayista literario según las entendieron quienes han sabido definir al ensayo, a lo largo de su historia, como un género anfibio y centáurico. Dos veces nacido –en la literatura y en la escena–, muchas veces edificado y derribado (en la representación), atravesado por una constelación de signos contrastados y en tensión, el hecho escénico invita al ejercicio riguroso pero festivo del pensamiento y de la sensibilidad. No debiéramos pasarlo por alto, considerando sobre todo que los tiempos que corren parecen tener en el destierro de la reflexión y el fomento de la barbarie dos de sus características distintivas. Sea pues.