Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de enero de 2009 Num: 725

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Historias del país portátil
ESTHER ANDRADI entrevista con VÍCTOR MONTOYA

La función ha terminado
LETICIA MARTÍNEZ GALLEGOS

Poemas
NUNO JÚDICE

Las nubes, Paz, Sartre y Savater
FEBRONIO ZATARAIN

Estados Unidos, los afroamericanos y la montaña racial
EDUARDO ESPINA

Ricardo Martínez In memoriam
JUAN GABRIEL PUGA

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Columnas:
Fait Divers
ALFREDO FRESSIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
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Al Vuelo
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Historias del país portátil

Esther Andradi
entrevista con Víctor Montoya

Nació en La Paz, la capital de Bolivia, pero sus raíces están en Llallagua donde vivió sus primeros dieciocho años, hasta su deportación a Suecia en 1977, después de ser perseguido, encarcelado y torturado. Llegó a ese país gracias a una campaña de Amnistía Internacional que, tras adoptarlo como preso de conciencia, lo arrancó de la cárcel y le ofreció residencia en Estocolmo. Desde entonces no ha vuelto al terruño natal con sus pies, pero sí con sus palabras, porque Víctor Montoya escribe sus libros en español y con matices del quechua y aymara, dos de las lenguas oficiales que se hablan en el altiplano boliviano, la región donde están ambientadas muchas de sus historias. Su condición de escritor en el exilio de la lengua motiva esta conversación que se vuelve mágica a la sola mención de Llallagua, el lugar del origen.

– Montoya cuenta:

– Llallagua es una zona minera situada al norte del departamento de Potosí, famosa por los yacimientos de plata que los conquistadores saquearon durante la colonia. Los indígenas le pusieron ese nombre debido a que uno de sus cerros tiene la formación similar a la del tubérculo de la buena suerte y, según la cosmovisión andina, Llallagua designa al espíritu benigno que traía abundancia en las cosechas.

Ubicada a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, a fines del siglo xix se halló la mina de estaño más grande del mundo, lo que convirtió al lugar en la columna vertebral de la economía nacional y en el centro neurálgico de la vida política y social de la República. En medio de esos cerros escarpados y una población sedienta de fortuna, se levantó la primera industria minera de Bolivia. Allí nacieron los movimientos sindicales más influyentes y se protagonizaron las masacres más horrendas de la historia del movimiento obrero. A mí me tocó ser, a los nueve años de edad, testigo ocular de la masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967, el mismo año en que las mismas tropas militares liquidaron la guerrilla del Che Guevara en Ñancahuazú. Estos acontecimientos determinaron mi actividad política, que terminó por lanzarme a las mazmorras de la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez.

El gran apogeo minero de Llallagua culminó en 1985, cuando el entonces presidente, Víctor Paz Estensoro, promulgó el decreto 21060 que frenó el avance de las luchas sindicales, provocó el cierre de las minas y el despido masivo de los trabajadores que, de obreros regulares, pasaron a ser “relocalizados”. Es decir, ciudadanos que retornaron a sus poblaciones de origen o migraron a la periferia de las grandes ciudades con la esperanza de encontrar una nueva vida.

De Llallagua y Siglo XX, dos poblaciones apenas separadas por la escasa corriente del C'haquimayu (Río Seco), conservo los mejores y los peores recuerdos de mi infancia y adolescencia. Recuerdo mis primeros amores y las primeras enseñanzas de mi abuelo, que era un fabuloso cuentacuentos de la tradición oral andina. Recuerdo la modesta escuela donde aprendí a leer y escribir, el colegio donde fui dirigente estudiantil, las fiestas patronales y las manifestaciones multitudinarias en las que, de cuando en cuando, pronunciaba discursos incendiarios. Llallagua es para mí la cuna de mi conducta contestataria y el escenario constante de mi mundo literario, una suerte de refugio donde conviven en armonía los personajes de la vida real y las criaturas de mi imaginación.

Cuando pienso en Llallagua, tengo la sensación de ser un hombre que lleva tatuado en el cuerpo la demografía y la composición humana del terruño que ama tanto como a su propia vida. De mi experiencia negativa en esa población minera prefiero no hablar, porque este recuerdo duele y sería como retornar a Dante a las catacumbas del infierno. Esta es, en parte, una de las causas por las que no volví a Bolivia.

– La experiencia carcelaria te arrancó tu primer libro. En las celdas donde pasaste tu cautiverio escribiste el testimonio Huelga y represión, manuscrito que te acompañó hasta Suecia y que se publicó en 1979. Fue el comienzo de tu relación literaria con el país de adopción.

– Desde hace muchos años formo parte de la Sociedad de Escritores Suecos y, en la medida de mis posibilidades, he seguido el desarrollo literario de este país. He escrito artículos sobre la vida y obra de algunos de sus autores y, de cuando en cuando, he traducido algunos textos al español, como una forma de retribuir lo mucho que me ha aportado un país que me recibió solidariamente y con los brazos abiertos, concediéndome los mismos derechos y las mismas responsabilidades que a cualquier ciudadano.

Desde entonces has publicado más de una decena de libros, de los cuales el más reciente es Cuentos en el exilio (2008). La distancia tampoco ha mellado tu relación literaria con el país de origen. Así, en 1999 publicaste la antología El niño en el cuento boliviano, con el aporte de más de cuarenta prestigiosos narradores y narradoras de la moderna literatura boliviana. Y aunque al principio el aprendizaje del sueco implicó las distancias propias de esa lengua tan diferente al español, con el tiempo ese idioma es parte integrante de tu mundo cotidiano. ¿Pero no alcanza para escribir en él?

Es que un autor, esté donde esté, escribe en el idioma que tiene más cerca del corazón y, en el mejor de casos, en el idioma que aprendió en el pecho materno. Además no es lo mismo escribir en un idioma como el sueco, con unos nueve millones de practicantes, que escribir en español, hablado por más de 400 millones.

¿Sueñas con volver? ¿En que idioma?

– Quien vive en la diáspora siempre sueña en volver, no sólo a un lugar sino a varios, y no sólo en un idioma. Y aunque no he retornado a mi lugar de origen, vivo cada día con él, en él, y lo cargo como a un país portátil por doquier. Es más, la mayoría de mis libros abordan, de un modo o de otro, la realidad de ese terruño que me vio nacer. Mi escritura es la del emigrado, que lleva a cuestas una maleta con los frutos de su tierra.