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El Cantar de los Cantares

José Emilio Pacheco

Ampliar la imagen Entrando en la noche, obra de Francisco Toledo, ilustra la portada del libro de José Emilio Pacheco El Cantar de los Cantares Entrando en la noche, obra de Francisco Toledo, ilustra la portada del libro de José Emilio Pacheco El Cantar de los Cantares

El escritor, traductor, poeta y ensayista José Emilio Pacheco seleccionó, para los lectores de La Jornada los textos aquí reproducidos de su nueva obra El Cantar de los Cantares, que a manera de adelanto publicamos con autorización del autor y de El Colegio Nacional-Ediciones Era, coeditores del volumen para el cual José Emilio Pacheco utilizó todas las traducciones disponibles y se basó en un antecedente mexicano: el libro políglota que en 1891 publicó en Aguascalientes Jesús Díaz de León

Nota

1

Ningún poema tan célebre como El Cantar de los Cantares, el Cantico Canticorum, título que a su vez interpreta el nombre hebreo Shir Hashshirim. No existe un texto más misterioso ni más fecundo en las lenguas europeas. En la española ha inspirado las obras maestras de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Francisco de Quevedo y los traductores bíblicos Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.

El Cantar de los Cantares vuelve absurda la idea de que existen el “autor” de un texto y las tradiciones nacionales. A semejanza de la cocina, la poesía es una serie infinita de apropiaciones e intercambios. Nada es de nadie porque todo es de todos. Un poema pertenece a quien tenga la voluntad de hacerlo suyo.

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Como texto sagrado, El Cantar de los Cantares es una alegoría de la unión de Dios con Israel, de la divinidad con el alma humana y de Cristo con la Iglesia. En términos no místicos sino terrenales es una celebración del deseo mutuo y la legitimidad y la dignidad del placer.

Quizá sus raíces se encuentren en los antiquísimos cantos de bodas egipcios, que tradujo el padre Ángel María Garibay en Voces de Oriente; en los himnos para Ishtar y Tamuz, entonados mientras representaba a la diosa una prostituta sagrada del templo; en los textos pastorales sirios, palestinos y cananeos, así como en los poemas epitalámicos en que los desposados eran por un momento deidades y se unían para propiciar la fertilidad de la Tierra.

3

Nunca sabremos quién escribió El Cantar de los Cantares atribuido a Salomón. Si fue el rey (hacia 980-922 antes de Cristo), que hizo también el Eclesiastés, los Proverbios y el Libro de la Sabiduría, no hay poeta que iguale su grandeza. Sin embargo, hoy se cree que el texto es obra de muchas generaciones y se fue elaborando a lo largo de varios siglos.

Quizá los sucesivos poetas trabajaron a partir de un texto básico escrito en la corte salomónica. Entre sus poetas, según Harold Bloom y David Rosenberg, hubo una escritora a quien sólo puede identificarse como “J”. La intervención de “J” explicaría por qué, a diferencia de tantos poemas eróticos, El Cantar de los Cantares es más femenino que masculino y domina en sus líneas el punto de vista de La Sulamita.

Hay la posibilidad de que el poema original celebre las alianzas matrimoniales del rey con las princesas de otros países y la avidez con que buscó llenar de extranjeras su propio harén.

La Sulamita bien puede ser La Sunamita (con “ene” y no con “ele”), la muchacha más bella de Israel, escogida para alejar el frío de la muerte en el lecho donde agonizaba el rey David. Adonías, mediohermano de Salomón, intentó casarse con La Sunamita y hacerla reina. Fue asesinado y la joven quedó recluida entre los centenares de concubinas reales.

En la imaginación árabe y europea, no obstante, se volvió indesarraigable la idea de que La Sulamita es la reina de Saba: Belkis, Nictoris, Makeda. Saba o Sabá bien pudo hacer sido Yemen, pero según Flavio Josefo (Antigüedades judías), Belkis era la soberana de Egipto y Etiopía. La reina de Saba y Salomón fundaron, pues, un linaje imperial cuyo último representante, Safari Makonen, gobernó de 1930 a 1974 con el título de Haile Selassie (“Padre de la Trinidad”) y es el Mesías de la religión rastafari.

4

Ernest Renan sugirió en el siglo XIX que El Cantar de los Cantares era una obra de teatro. Ya que el drama no existe en las antiguas literaturas semíticas, la mayoría de quienes lo estudian juzgan que es una antología de poemas de amor. No siguen el orden actual y pueden ser fragmentos sobrevivientes de un escrito mucho más extenso.

Si la elaboración fue tan prolongada, el texto hebreo no debe de haber sido indiferente a la época en que Esquilo fundó el drama al introducir en escena un segundo actor. Hasta entonces el espectáculo teatral consistía sólo en la interacción entre el protagonista y el coro. O, aún más cerca en el tiempo, gracias a la difusión alejandrina de la cultura griega en el Medio Oriente, los poetas hebreros estuvieron conscientes del género pastoral que Teócrito llamo “idilio”.

Posdata

Para hacer esta versión hubo un saqueo de todas las versiones disponibles en todos los idiomas al alcance por cualquier medio. Nadie puede siquiera aspirar a competir con los clásicos de nuestra lengua a los que debemos sucesivos y muy distintos “Cantares”.

En vez de intentar el verso o el versículo, se optó por un género del que no dispusieron los antecesores ilustres: el poema en prosa. La base de todo este trabajo fue la traducción literal y palabra por palabra hecha del hebreo, el griego y el latín por Jesús Díaz de León (1851-1909). Díaz de León manejó también las versiones alemana, inglesa y francesa. Este Cantar de los Cantares mexicano se

publicó por primera y única vez en Aguascalientes en 1891. A Julio Scherer García debo el descubrimiento de una joya ignorada que hoy como nunca debemos rescatar.

(...)

7

EN LA PLAZA

La Sulamita:

Abrí la puerta pero ya no estaba mi amado. Cuando lo llamé no respondió. Con él se había ido mi alma. Salí a buscarlo por calles y plazas. Sólo encontré a los guardianes de la muralla, los centinelas que hacen la ronda. Mujeres de Jerusalén, si hallan a mi amado díganle que estoy enferma de amor.

Las mujeres:

Dinos tú, la más bella de las mujeres: ¿cómo podemos reconocer a tu amado entre los demás hombres?

La Sulamita:

Entre diez mil destacaría mi amado como un manzano entre los árboles silvestres. Su cabeza es de oro puro. Sus cabellos, racimos de palmera, son negros como los cuervos. Sus ojos son como palomas que se posan junto al estanque o se bañan en el arroyo. Sus mejillas son campos de bálsamo, macizos de perfume. Sus labios parecen lirios de los que fluye mirra.

Sus manos están torneadas en oro y las adornan joyas de Tarsis. Su vientre es de pálido marfil cubierto de zafiros. Sus piernas son columnas de alabastro con basamento de oro. Su porte es como el Líbano y se levanta esbelto como sus cedros. Su palabra es dulcísima y todo en él encanta. Así es mi amado, mujeres de Jerusalén.

Las mujeres:

Dinos adónde fue tu amado para que lo busquemos contigo.

La Sulamita:

Bajó a su huerto a apacentar su rebaño y a recoger azucenas. Díganle que venga a mil lado, descienda del Líbano, baje de las cumbres de Amaná, las alturas del Senir y el Hermón; que llegue a mí desde las cavernas de los leones y los montes de los leopardos, semejante al corzo o al cervatillo sobre las colinas de Beter.

Levántate, Aquilón. Sopla, Austro. Que ambos vientos recorran el jardín y esparsan el perfume de sus plantas.

8

EN EL JARDÍN

Salomón:

Bajo el manzano en que te concibió tu madre te he despertado. Amor mío, eres bella como Tirsá, grandiosa como ejércitos en batalla. No puedo ver tus ojos sin que me hechicen. Tu cabello es rebaño de cabras que descienden del Monte Galaad. Tus dientes son como ovejas esquiladas que salen del baño, todas fecundas y con sus crías mellizas. Tu rostro es como una granada que se adivina tras el velo.

La Sulamita:

Ponme como sello en tu corazón, como marca en tu brazo.

Las mujeres:

¿Quién es esta que sube del desierto y se apoya en su amado?

9

EN LA ALCOBA REAL

Salomón:

Amor mío, qué hermosa eres, cómo encantas cuando hablas. Con tu sola mirada me enamoraste. Una vuelta de tu collar bastó para subyugarme. Maravilla es amarte y delicia tu amor mejor que el vino.

Tu aroma supera las fragancias del áloe y la mirra, el azafrán y la canela. Tienes miel en tus labios y en tu lengua. Tu vestido huele a perfume del Líbano. Eres fuente en el huerto, manantial de agua viva.

Tu cuello es como la Torre de David ornada con trofeos de guerra. De ella penden mil escudos arrebatados a los valientes. Tus senos son gacelas que pastan entre las azucenas. En ti no hay defecto: toda tú eres hermosa.

La Sulamita:

Desde que encontré la paz en tu amor, muro soy y mis senos son como torres.

Salomón:

Nadie puede comprar el amor.

La Sulamita:

Sería vergonzoso hacerlo.

Salomón:

La pasión es implacable como el infierno.

La Sulamita:

Sus saetas son flechas de fuego, llamaradas de Dios.

Salomón:

Los torrentes no pueden apagar el amor.

La Sulamita:

Los ríos son incapaces de anegarlo.

Salomón:

El amor es fuerte como la muerte.

La Sulamita:

Fuerte como la muerte es el amor.

 
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