Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de febrero de 2009 Num: 727

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La divinidad se ancló en Machu Picchu
ROSA NISSÁN

Dos poemas
ELENI VAKALÓ

Cine vasco: censura y autocensura
BLANCHE PETRICH entrevista con FERNANDO LARRUQUERT

La izquierda en Euskadi
BLANCHE PETRICH

La vida de Conejo John Updike
CECILIA URBINA

El poeta como crítico de la poesía
RICARDO VENEGAS entrevista con JOSÉ MARÍA ESPINASA

Carta de Felice Scauso, embajador de Italia en México

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EN EL PAIS DE HERMES

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO


País de mentiras,
Sara Sefchovich,
Océano,
México, 2008.

La Bolsa de Valores de la ciudad de Nueva York se ubica en un edificio de estilo clásico. En la fachada principal del inmueble hay seis grandes columnas de estilo corintio que sirven como soporte de una enorme escultura. La obra de arte se llama La integridad protegiendo la obra humana. En ella aparece, al centro, una mujer vestida con toga, capa y un gorro alado -emblema de Hermes-, que representa la integridad.

Hermes es, en la mitología griega, el hijo de Zeus, el dios de los ladrones, del perjurio, la astucia y el fraude, además de la elocuencia y el provecho. Él mismo es mentiroso y ladrón. Su primera hazaña, la tarde del mismo día de su nacimiento, consistió en robar cincuenta vacas que pertenecían a los dioses, borrar sus huellas para no ser descubierto, esconder los animales y destazar a dos de de ellas para regresar a su cuna. Cuando su hermano Apolo, cuidador de la manada, descubrió el hurto, lo acusó del robo. El recién nacido lo negó. Conducido frente a su padre, trató también de engañarlo. A pesar de que Zeus sabía que Hermes le mentía, rió a carcajadas ante el ingenio y el valor, la picardía y la ingenuidad de su hijo menor.

El México de hoy está mucho mas cerca de Hermes. De lo que sospechamos. Por lo menos, esos es lo que se desprende de la lectura de País de mentiras de Sara Sefchovich. Tan es así que no sería disparatado cambiar el escudo de la bandera nacional de México, para que el lugar del águila devorando una serpiente sea ocupado por la capa y el gorro alado que simbolizan a Hermes. Porque, como anuncia la autora desde el titulo mismo de la obra, México es el país de las mentiras. Lo es, nos asegura, no sólo en el discurso oficial sino en el funcionamiento mismo de su sociedad.

Citando a Justo Sierra, Sara Sefchovich advierte que por culpa de “nuestra aversión radical a la verdad, producto de nuestra educación y nuestro temperamento” la nación mexicana es uno de los “organismos sociales más débiles, más inermes de los que viven en la órbita de la civilización”. Y, retomando a Octavio Paz, afirma que la mentira nos ha hecho un daño moral incalculable.

País de mentiras es una denuncia de la inmoralidad pública existente en México, que parece tener como eje central de su elaboración el celebre relato de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, en el que el viejo marinero Marlow, en su travesía por el Congo colonizado por los belgas, exclama: “Odio, aborrezco y no soporto la mentira [...] En las mentiras hay manchas de muerte, un aroma de mortalidad.”

El libro es un extenso trabajo que contrasta el discurso público sobre el estado de la nación con hechos que demuestran la falsedad de ese discurso. Un ensayo veraz y verosímil que utiliza, indistintamente, fuentes documentales diversas: noticias periodísticas, columnas de opinión, cartas de lectores de periódicos a la autora, llamadas telefónicas a programas de radio, ensayos sociológicos e históricos, conferencias y entrevistas a académicos realizadas por la investigadora.

Tal diversidad de fuentes estimula una redacción alejada de un estilo narrativo homogéneo o lineal. En realidad, el libro es un bricolaje, armado con voces distintas, argumentos diferentes y organizado alrededor de una obsesión central: mostrar la incongruencia entre las palabras del poder y los hechos. Sus mismos alegatos están escritos en una amplia gama de tonos, intensidades y estilos.

La obra nos muestra a Sara Sefchovich como una devoradora insaciable y atenta de periódicos, que no se contenta con analizar y juzgar las noticias importantes sino que se detiene en la lectura de las cartas a la redacción y en las pequeñas notas que dan cuenta del drama social de México.

La escritora ordena su ejercicio a partir de una clasificación muy amplia del embuste político. Si San Agustín distinguía entre ocho tipo de mentiras (y excluye de ellas las pequeñas) y Tomás de Aquino las reduce a sólo tres, la taxonomía de la falsedad en el discurso público elaborada por la autora es mucho más vasta: abarca treinta y cinco formas distintas de mentir. Incluye en ellas las falsas promesas, las verdades a medias, el uso de chismes y rumores, la manipulación de las imágenes, cambiar de significado las palabras, enredar, echarle la culpa a otros y muchas más.

El libro tiene una estructura compleja. De entrada, se trata de dos libros y un epílogo. El primero está dedicado a documentar la existencia de la mentira, y el segundo se concentra en su explicación El primer volumen se divide a su vez en tres partes: la mentira nuestra de cada día, las grandes mentiras y las mentiras graves. El segundo explica la mentira, subdividiéndola en cuatro apartados: el piso de la mentira, la mentira como código, sus consecuencias, y lo que podría haberse llamado la historia interminable.

Las conclusiones de este ejercicio de paciencia son impactantes y, en muchos sentidos, irrefutables. En conjunto, el panorama que pinta sobre el país es aterrador. La obra muestra que no somos una economía sólida, ni un país democrático, que nuestra agricultura no garantiza la alimentación de la población, que no se respetan los derechos humanos, que los indios son discriminados, que el sistema educativo es un desastre, que la obediencia a ley es una ficción y la corrupción una realidad lacerante, que desconfiamos de los extranjeros, que el miedo domina nuestra vida cotidiana.

País de mentiras es un documento muy útil para comprender, reflexionar y debatir el México actual. Un libro implacable y honrado, bien escrito, estimulante. Un texto que vale la pena leer y comentar para evitar que efectivamente, algún día, el águila y la serpiente de la bandera nacional sean sustituidos por la capa y el gorro alado que simbolizan a Hermes.


COLORES OSCUROS Y ENCENDIDOS

RAÚL OLVERA MIJARES


Obras reunidas (tomo I),
Elena Garro,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2006.

Pocas cosas nuevas pueden decirse sobre Elena Garro y, sin embargo, se sigue echando en falta una visión abarcadora sobre su obra. Sabido es que los avatares en la vida de la artista son, hasta cierto punto, la causa de estas lagunas que ahora el Fondo de Cultura Económica pretende subsanar con la publicación del tomo i de las Obras reunidas, que contienen dos de sus libros de cuentos.

Por muchos años, desde 1968, para ser exactos, y hasta 1980 aproximadamente, a raíz del artículo titulado “El complot de los cobardes”, aparecido en la revista América , la comunidad intelectual de México y el régimen le volvió la espalda a la periodista, dramaturga, narradora (cuentista y novelista) y ahora se sabe que hasta poeta, Elena Garro Navarro, cuyas piezas líricas continúan inéditas.

Filósofos como Luis Villoro y Leopoldo Zea, escritores como Octavio Paz y Carlos Monsiváis, e incluso pintores como Leonora Carrington o José Luis Cuevas (quien fue el único que contestara), fueron objeto de acusaciones serias y apasionadas, muy al estilo de la escritora: “ Yo culpo a los intelectuales de cuanto ha ocurrido. Esos intelectuales de extrema izquierda que lanzaron a los jóvenes estudiantes a una loca aventura […] que ha costado vidas y provocado dolor en muchos hogares mexicanos. Ahora como cobardes, esos intelectuales se esconden […] Son los catedráticos e intelectuales izquierdistas los que los embarcaron en la peligrosa empresa y luego los traicionaron. Que den la cara ahora. No se atreven. Son unos cobardes.”

Habiendo sido los intelectuales los presuntos instigadores del movimiento estudiantil, cuando las cosas comenzaron a ponerse feas, escondieron la mano, la cara y hasta la memoria. Garro entonces fue tildada de agente de la cia , comunista, informante de Gobernación y un sinfín de cosas más. Como secuela de los varios exilios por los que debió pasar ( eu , España y Francia), Garro dejó de publicar con regularidad sus escritos, los cuales fueron a acabar no pocas veces en sus famosos baúles, de donde sólo salieron, tiempo después, aunque en medio de cierto desorden.

Revistas como Sur en Argentina, a través de la relación con Adolfo Bioy Casares, quien estuvo prendado de ella por largo tiempo y, años después, editoriales como Grijalbo y aun Castillo de Monterrey, no abandonaron por completo a la escritora, convertida en una suerte de sombra incómoda que regresaba del pasado, beneficiada a deshoras con una beca del Conaculta, que no le sirvió para otra cosa sino para paliar un poco los efectos de un cáncer pulmonar que la aquejaba.

Sobre su nacimiento sigue reinando cierta confusión, propiciada en parte por ella misma. Hoy se sabe que vio la luz del mundo en Puebla, el año de 1916 y no 1920, como se venía considerando. Hija de padre asturiano y madre chihuahuense, Elena tuvo cuatro hermanos (tres mujeres y un varón). Criada en Iguala y llegada a Ciudad de México a la edad de dieciocho años, inicia estudios de danza y coreografía con un ruso perteneciente al círculo de la Pávlova. A los diecinueve años conoce a Octavio Paz y se casa con él a los veintiuno. Habrían de permanecer unidos por cerca de un cuarto de siglo. En 1962, cuando Paz se muda a Delhi, para encabezar la legación diplomática de México, se consuma una separación que había comenzado muchos años antes.

A grandes rasgos puede decirse que los dos libros de cuentos con los que abren las Obras reunidas, y que han de verse complementados con teatro, novela y quizá también la obra articulística, recogen textos escritos entre los sesenta y los setenta, respectivamente. “La semana de colores” y “Andamos huyendo Lola”, más la adición de un relato inédito que lleva por título “La factura”. De los textos reunidos en La semana de colores aparece el año de 1958, en México en la Cultura, “El árbol o fragmento de un diario”, núcleo prístino y pieza principal del libro. Ese mismo año, Archibaldo Burns lleva al cine “Perfecto Luna”, otro de los cuentos. Más tarde, en 1962, se publica en la Revista de la Universidad, “El día en que fuimos perros.” En 1964 la Revista Mexicana de Literatura saca a la luz “La culpa es de los tlaxcaltecas” y finalmente la Universidad Veracruzana edita “La semana de colores.”

Los diversos años de refundición y enriquecimiento de La semana de colores (1964, 1987, 1989) hacen de esta colección de cuentos una obra idónea para iniciarse en la lectura de la Garro. Textos desiguales, hasta cierto punto herméticos, deudores de cierta concepción teatral, sobre todo en los personajes y los símbolos, nutridos por la fantasía autóctona y surrealista de Rulfo (él y ella son los auténticos forjadores de ese movimiento que habría de llamarse realismo mágico), con el añadido de un ingrediente profundamente femenino y neurótico. La muerte, el asesinato, el amor, la violación, el miedo, temas fundamentales que inspiran a la narrativa y dramaturgia a lo largo de culturas y edades.

Si hubo una mujer tocada por el genio y la insania, ésa fue Elena Garro. En su obra hay una reducción de los elementos dramáticos y anecdóticos a su más apabullante y acendrada esencialidad. El contenido autobiográfico siempre está presente. La niña, mitad española, güerita , que vive en el campo y comienza a explorar la vida en compañía de sus hermanos. Leli y Eva son dos caracteres recurrentes a lo largo de los cuentos. El nombre de los criados también es el mismo. Una vaga angustia y la ingenua y desbordada fantasía de los niños aparecen con frecuencia, aunque también hacen su entrada en escena colores oscuros y de repente encendidos: la muerte y la sangre que vuelven una y otra vez.

Los personajes de la Garro están vivos. Son esa Rosa de “El árbol”, una india demente, despreciada, marginal, que acabará saldando una deuda atávica: la que la clase dirigente y blanca ha adquirido con los indígenas desposeídos. La señora Martita sucumbe bajo el puñal de Rosa, como la razón y las convenciones sociales deben ceder ante las fuerzas desatadas del inconsciente. Vuelta obra de teatro más tarde, esta pieza corrió con una fortuna inusitada.

La locura es uno de los temas e ingredientes imprescindibles en la obra de Garro. Una escritora que no siempre realizó obras maestras –¿cuál autor es capaz de una proeza semejante, más propia de un dios o un semidiós?–, pero que pudo alcanzar ciertos momentos de intensidad expresiva, de lucidez creadora, difícilmente repetibles tanto en la producción narrativa como dramática de las letras mexicanas de su tiempo. Apreciada por las dos Ocampo (Victoria y Silvina), Borges y Bioy Casares, Elena Garro fue una de las autoras de imaginación más originales que conocieron las letras en español durante el siglo XX.



Tras las barras y las estrellas. Homo emigrantis queretanensis,
Agustín Escobar Ledesma,
México, 2008.

Advertirá el lector que se ha omitido el nombre de la casa editorial responsable de éste, el octavo o noveno libro publicado por nuestro colaborador y amigo, el queretanista Agustín Escobar. El motivo: que fueron más de quince instituciones, queretanas todas ellas, las que auspiciaron el proyecto. Escobar ha colaborado aquí y en diversas publicaciones con lo que mejor sabe hacer: el registro puntual y crítico, pero no por eso menos cálido, de la realidad y la situación de los queretanos de abajo , sea que radiquen en el territorio estatal o que, como es el caso de este volumen, pertenezcan a la especie emigrantis queretanensis.



Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem,
Jeremías Marquines,
Gobierno del Estado de Tabasco/Instituto Estatal de Cultura de Tabasco,
México, 2008.

Este poemario de título inocultablemente pinkfloydesco se compone de dos piezas de largo aliento. La primera, dividida en treinta y seis partes, lleva el mismo nombre que da título al volumen, mientras la segunda se titula “Ensayo para dibujar un rostro humano”. Es la de Marquines una voz bien perfilada, intensa y llena de matices, como habrá de comprobar todo aquel que incursione en esta cueva de palabras.



Cartas a un joven sin dios,
Ignacio Solares,
Alfaguara,
México, 2008.

El autor le pregunta al “querido amigo” que es el destinatario de estas cartas –y se pregunta, y nos pregunta--: “¿Será posible que más allá (o más acá) de iglesias e instituciones eclesiásticas, los jóvenes, muy especialmente los jóvenes sensibles como tú, vuelvan a adentrarse en el tema de la fe y del ateísmo, el materialismo y la trascendencia?” Nuestro amigo y colega emprende aquí la búsqueda de Dios, nada menos, y al hacerlo despliega no sólo un conocimiento intenso de las ideas que nos han heredado Freud, Kant, Nietzsche y muchos otros pensadores, sino gran habilidad para trasladar a un lenguaje directo y sencillo ese cúmulo filosófico que muchos quisieran creer incomprensible.