Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de marzo de 2009 Num: 733

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las diez películas
MARCO ANTONIO CAMPOS

Hugo Gutiérrez Vega:
75 aniversario

JUAN DOMINGO ARGÜELLES

“No te suicidaras”
ARNOLDO KRAUS

Parque México
JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ

Poemas sobre gatos
CHARLES BAUDELAIRE

Mi gato Tyke
JACK KEROUAC

Sergio Mondragón: vigencia del Aprendiz de brujo
RICARDO VENEGAS

Leer

Columnas:
Crónica
JUAN MANUEL GARCÍA
Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

MANON Y SU BUSQUEDA EVAPORADA

ALEJANDRO MICHELENA


Espérame, Manon,
Enrique Estrázulas,
Planeta,
Argentina, 2009.

La lectura de Espérame, Manon, corrobora una vez más el talento y la eficacia de Enrique Estrázulas como narrador. Esta es una novela de las que seducen al lector y lo incitan a continuar hasta el final, que guarda la sorpresa de un giro inesperado. Para lograrlo, el autor se vale de recursos que ya son parte de su personalidad literaria: las imágenes y momentos poéticos, el erotismo (en este caso más acentuado que en otros libros), pero no faltan los toques de suspenso y misterio, los personajes y escenas parodiales, las alusiones filosóficas y los escenarios reconocibles.

La peripecia de Manon –la protagonista– la lleva de París a Buenos Aires, de allí a Colonia del Sacramento por unos días, y luego a Montevideo fugazmente, para retornar nuevamente a París. Los motivos aparentes de este deambular son casi un pretexto, porque el viaje en sí tiene mucho de iniciático.

Pero hay otros personajes a tener en cuenta. Tarasca, por ejemplo, un intelectual porteño que frecuenta el café de la librería El Ateneo, de Santa Fe y Callao, que es el Virgilio que conduce a Manon hasta su antiguo amante Ho. Tal vez sea el personaje más interesante del libro, posible parodia de algún ensayista de éxito (pero algo más). Es una especie de Mefistófeles quejoso, no muy convencido de su papel como tentador de Manon, aunque en el fondo le encanta ese rol. Los duelos verbales que ambos mantienen constituyen momentos especialmente disfrutables.

La ironía y el humor no podían estar ausentes en Espérame, Manon. Se introducen a través de los diálogos de la protagonista y Luna, su joven amante que conoció en Colonia, y también como reflejo del accionar de algunos personajes, el ya nombrado Tarasca o el bandoneonista Ezequiel.

Un aspecto interesante de la novela es la descripción de escenarios urbanos, algo que sirve al autor para auscultar el alma de cuatro ciudades. Como los buenos paisajistas, en pocas pinceladas logra delinear el encanto de algunos rincones de Buenos Aires y, a través de ellos, la magia que tiene esa gran urbe para quienes saben percibirla más allá de estereotipos. Colonia del Sacramento es, en el texto, una acuarela convincente, donde historia y naturaleza quedan en evidencia. Montevideo es un dibujo; pocas líneas que esbozan un perfil verídico para una ciudad atractiva y contradictoria. Y en cuanto a Paris... el autor logra la proeza de no caer en lo reiterativo, en el lugar común, a pesar de hacer circular sus personajes por algunos sitios que ya se han transformado en retórica.

Pero el tópico fundamental de Espérame, Manon es el erotismo. En él está centrada la búsqueda de la protagonista, a través de experiencias que tienen algo de camino místico.

El tramo final es clave en la novela. La protagonista se encuentra allí con su destino. Este sorprenderá, sin duda, incluso al lector más agudo, lo que es una virtud del arte del novelista. Esas páginas, que dimensionan el texto, llevan implícita una reflexión –entre borgiana y pirandelliana– en torno a la propia creación literaria. La misma va más allá: remite al mito gnóstico, donde el Demiurgo mueve los hilos de la vida humana como un titiritero.


LUNETA

ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ


Luna Zeta,
Revista de creación, análisis, reflexión, núm. 28,
CEINCO-Luna Zeta, AC,
Oaxaca, México.

Reseñar una revista es, en cierto modo, revisar una risueña manera de concebir la cultura como un bien dosificado. ¿Lo es? La respuesta puede ser tan aburrida como un coloquio sobre psicoanálisis en la cansada jerga de Lacan. Pero una revista cultural (sea en formato televisivo, cibernético o en una versión impresa tan esmerada como la que ha hecho de Luna Zeta la publicación artística e intelectual más visible del sur del país) apuesta a que a la gente le gusta hojear un ejemplar y dar con un poema, atisbar al dossier fotográfico o dejarse ir en una lectura que, a diferencia de la que ofrecen los libros, consiente pausas que conjuran la incompletud, pues cada texto, en una revista, es un breve todo que se deja consumir de una sola sentada.

Es admirable que el proyecto de Luna Zeta haya sobrevivido diez años en un país donde las revistas más inmediatas son siempre deplorables y sirven para entretenerse en la fila del supermercado; donde sólo las de trayectoria heredada o subsidio oficial o financiamiento generoso aspiran, cuando mucho, a un estante en la librería de siempre; donde una que otra publicación del tipo puede jactarse, con júbilo juvenil o una oferta textual infértil pero atractiva, de generar adicción.

En el “Breve balance del proyecto editorial Luna Zeta”, su coordinador hace un recuento del tiempo transcurrido y de que, para continuar, no necesitaron otra moneda que la fidelidad a la intención de consolidar un grupo editorial y la búsqueda de apoyos de instituciones siempre reacias (sobre todo en un estado caracterizado por su desastrosa administración política) a imaginar –ya no digamos a saber de cierto– que la “cultura” es el punto de partida de cualquier política social. Si para Joseph Goebbels la misma palabra invitaba a echar mano de la pistola, en Oaxaca (donde el priísmo es prisionero de sí mismo) las armas ya ni siquiera necesitan el pretexto de tan peligrosa voz para abrir sus fauces siniestras, aunque el nombre de su gobernador vaya de Homero a Joyce sin que él se dé por aludido.

Tipográficamente sustentada en una elegante sobriedad y gráficamente solvente en virtud de la cuidadosa reproducción de fotos, dibujos y pinturas, Luna Zeta es, desde el diseño, una elección: nada de créditos o nombres en la portada: que la obra hable por sí misma. El consejo editorial, en defensa de la calidad de los materiales que intercepta, presume de un rigor que, a la luz de este ejemplar (siendo conmemorativo de sus primeros diez años, debe haber concentrado y acaso hipertrofiado las políticas de selección), equilibra con tacto estricto lo que va del poema propositivo a “las imágenes fotográficas vinculadas a Oaxaca”, criterio que de algún modo determina –limita y restringe pero, asimismo, identifica y enaltece– un cierto orgullo local que los editores se encargan de matizar para impedir cualquier regionalismo extremo.

Abraham Nahón se da a la tarea de explicar a los lectores, en el texto introductorio, el origen, asaz original, del nombre de la revista. Surgió, dice, de un “método aleatorio que puede evocar tanto la cosmovisión, el rito milenario, el abecedario y los ciclos de su simbología (inclusive los arcanos de la cábala), y la tradición, como los mitos urbanos con sus agudas realidades, la musicalidad de las palabras y las sensuales mareas verbales”. Evidentemente enamorado de su proyecto (acaso no sea tan fecunda la resonancia del nombre), Nahón ilustra muy bien, en el frontispicio textual del número, las intenciones del grupo que ha conformado: la búsqueda constante de espacios de expresión antes que la exquisita argucia de una redacción impecable. La suya, poco obsesiva a este respecto, llama la atención por la que evidentemente presta a una circunstancia que, desde Ciudad de México, es invisible: la excesiva centralización de la política cultural.

Entre los materiales que se destacan en este número conmemorativo, ceñido al epígrafe Viajes y viajeros, figura el soneto “La rosa japonesa”, de Francisco Hernández, en el que se equilibran libremente el aplomo de la métrica fija y la espumosa plenitud de su imaginación verbal, así como el texto de Eusebio Ruvalcaba “Viaje hacia la muerte”, que habla de los dos modos (el sutil y el atroz) que tenemos de venirnos abajo. Hay cuentos espléndidos y ensayos de dimensiones diversas; fotos, dibujos, magníficas reproducciones plásticas.

A la luz del número más reciente de Luna Zeta, se puede advertir que el trabajo editorial de la publicación ha sido arduo y definitivo. Junto a la producción textual y visual de artistas locales, el grupo de Nahón ha sabido hospedar la de poetas y narradores nacionales más visibles; y aunque el mote de “artistas consolidados” (bajo el que ubica a los autores del aforismo que, número a número, preside la portada de la revista) sea un tanto ingenuo o inusual, se evidencia asimismo un muy buen gusto para afianzar no sólo la plana de colaboradores, sino también los textos y materiales que han hecho de Luna Zeta una publicación rigurosa y digna, abierta como su nombre –hasta la última letra– a la expresión artística del nuestro y aun de otros países.

Y a pesar de que la división genérica (aquí está la poesía, con ustedes la obra gráfica “de algunos fotógrafos vinculados a Oaxaca”) revele un cierto esquematismo del oficio editor; y aunque la elección del lugoniano neologismo “lunario” para cobijar los textos poéticos y narrativos no sea del todo feliz, dado el título de la publicación, conviene advertir que una empresa independiente tan decorosa y sólida como la de Luna Zeta es ejemplo y excepción en un medio que, aun en esta ciudad favorecida por el cínico centralismo de la política cultural, no abunda en proyectos que alcancen el lustro de vida, ya no digamos el decenio de una trayectoria editorial tan atractiva y pertinaz que ha consolidado, durante veintiocho números, un perfil ya imprescindible en la historia (a veces emblemática y por años deleznable) de las revistas literarias en México.


VIETNAM, OTRA VEZ VIETNAM

JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ


Una luminosa oscuridad,
Takeshi Kaiko,
La Cifra Editorial,
México, 2008.

La literatura japonesa, desde hace una buena década, atraviesa un momento de excepcional aceptación por parte del público occidental. El país del sol naciente le ha mostrado a los lectores de este lado del mundo una sensibilidad extraña, violenta y tierna a la vez, y le ha enseñado que en una historia no debe haber explosiones, romances, melodrama y acción trepidante para ser digna de contarse. La narrativa oriental es sutil, se rige por principios temporales distintos, fluye y deja fluir, armoniza los entornos y, aun así, es intensa, sensual, dolorosamente directa. Takeshi Kaiko es un autor japonés desconocido para los lectores en lengua española. Aunque falleció en los ochenta, fue uno de los autores más importantes de la segunda mitad del siglo xx . Su nombre se pronuncia junto con el de Kobo Abe y Yukio Mishima, como los más influyentes escritores japoneses de la postguerra.

La Cifra Editorial , con su acostumbrado catálogo de rarezas, acaba de publicar un interesante trabajo de Takeshi Kaiko: la poderosa novela Una luminosa oscuridad (1968, Manichi Book Award). Las virtudes de este libro, desconocido incluso en el paraíso editorial español, son muchas y pueden satisfacer a los lectores más exigentes. Para comenzar, el tema no es extraño para el público: una cruda e inhumana Guerra de Vietnam. A partir de ello, y confrontado con el imaginario recurrente de las películas de Hollywood, Kaiko ofrece un lado de esta guerra que había permanecido invisible hasta ahora: el de la vida rutinaria y solitaria de los soldados vietnamitas y estadunidenses, la atmósfera en ebullición de la ciudad de Saigón, alejada de la guerra pero viviendo a la sombra de los reclutamientos obligados y la pobreza.

El narrador es un reportero japonés enviado a Vietnam –en parte la novela es autobiográfica, Takeshi Kaiko fue hecho prisionero por el Vietcong cuando era corresponsal– que se enfrenta a una realidad deformada por la violencia tanto en la selva como en la ciudad. Se enamora de una prostituta, ferviente admiradora de las bombillas eléctricas, y se hace amigo de un hombre que se automutila para no ser enviado al frente de batalla. Los personajes no son heroicos ni justicieros. No podemos decir que la novela intente denunciar algo, no se trata de un documento político, aunque es inevitable que en algunas partes lo sea. Es una novela japonesa, y eso explica que las escenas de sensualidad o de una gran profundidad atmosférica, sean más importantes que las de acción militar, que en absoluto abundan.

Poder entender la guerra desde la intimidad de los sujetos y cambiar el canal, en nuestra mente, al Vietnam que conocemos por el cine, son sólo algunas de las cosas que el lector puede encontrar en esta extraña pero entrañable novela. El abandonarse a la sensualidad de la narrativa japonesa es el gran premio que ofrece.



Ciudad de la memoria,
José Emilio Pacheco,
Era/Dirección de Literatura UNAM,
México, 2009.

Esta es la segunda edición y al mismo tiempo la nueva versión –habida cuenta de que José Emilio, como bien se sabe, suele retrabajar la poesía que ha publicado-- de esta Ciudad que apareciera por primera vez hace exactamente dos décadas. Dedicado a la memoria de Fayad Jamís y Enrique Lihn, el poemario reúne textos escritos entre 1986 y 1989, en los que “la mirada se dirige a la historia y su convulsivo sinsentido, a la condición humana en su abismal singularidad”.