Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de marzo de 2009 Num: 734

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Encuentro iberoamericano de poesía Carlos Pellicer
JEREMÍAS MARQUINES

Dos poemas
KIKÍ DIMOULÁ

Veinticinco años larvados
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Crónica de una migración El caso Querétaro
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Imagen de Julio Cortázar
IGNACIO SOLARES

Cortázar y la mermelda
EMILIANO BECERRIL

La literatura como un viaje emocional
JUAN MANUEL GARCÍA entrevista con SANTIAGO RONCAGLIOLO

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Cortázar y la mermelda

Emiliano Becerril

Hace unos años, en París, mi tía Matilde vio a Julio Cortázar caminar por la acera de enfrente. A base de empellones y bolsazos se dirigió hacia el escritor y, después de picotearle el hombro, le confesó que era fanática de su obra, que había leído todo su trabajo y que hola que tal, usted disculpe, pero es un inmenso honor. Cortázar agradeció con naturalidad presurosa y siguió su camino, pero invitó a Matilde a acompañarle algunas cuadras. Nerviosa, mi tía accedió y para hacer plática le preguntó a Julio hacia dónde se dirigía. Julio respondió que no sabía, que estaba buscando mermelada de zarzamora, que llevaba toda la mañana buscando mermelada, pero nada, nada por ningún lado. Matilde lo miró y le dijo que no se preocupara porque ella hacía muy buenas mermeladas. “¿Y también hace de zarzamora?” “Sí, también, ésa me queda buenísima.” “No me diga.” “Pues sí, algo tienen mis mermeladas que siempre me las están pidiendo, de hecho creo que soy medio famosa por ello, ¿qué coincidencia no?, ¿quiere que le lleve unas a su casa?”

Julio le dio su dirección. Matilde volvió a casa con una sonrisa de orgullo intelectual, llamó a todo el mundo para contarle y se puso a preparar un paquete de confituras. Poco después, rimel mediante, salió a cumplir su tarea. Al llegar al domicilio de Cortázar, se lamió las cejas, tocó el timbre con afabilidad, esperó, y no respondió nadie, tocó de nuevo con vehemencia y nada: dejó el paquete con la portera y, desde ese momento, fiel a su promesa, empezó a mandarle a Cortázar botes de mermeladas de zarzamora, siempre de zarzamora.

Tiempo después Matilde se volvió encontrar a Cortázar. Lo vio de lejos, pateando con aire pensativo las hojas secas de los árboles en la banqueta. Igual que en la ocasión anterior, Matilde se abrió paso a codazos y empellones y se aproximó al escritor. “¡Julio!, ¿se acuerda de mí?, soy Matilde, la de las mermeladas.” Cortázar explotó: “¡Usted, señora, por favor, se lo ruego, deje de mandarme mermeladas! Tengo la casa llena de mermeladas, tengo más mermeladas que libros, ya no sé qué hacer con tanto frasco. Por su culpa odio la mermelada.”

De haber leído Los autonautas de la cosmopista, mi tía hubiera podido entender que la necesidad de Julio por la mermelada no era literal. En ese libro, entre otras cosas, aparece el inventario de todos los detalles alimenticios de un mes de vida cortazariana. Si uno revisa el listado del libro descubrirá que, durante ese mes, Cortázar sólo comió mermelada en tres desayunos, que nunca fue de zarzamora, sino de damasco, y que, más bien, resultó ser un adicto a las medialunas, a las magdalenas y a los bizcochos, en ese orden.

Quiero creer que Los autonautas de la cosmopista se escribió después de la historia de mi tía; sólo así podría pensarse que ella no estaba mal informada y, lo que es mejor, que de alguna manera y desde su cocina, intervino en la escritura cortazariana al cambiar zarzamoras por damascos o medialunas.