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Nosotros, el pueblo, al Rey del Mundo: Estás despedido
Michael Moore
N

unca había pasado algo parecido. El presidente de Estados Unidos, el representante electo del pueblo, le acaba de decir a quien encabeza General Motors –la compañía que lleva más años que nadie más como número uno en la lista de Fortune 500–: ¡Estás despedido!

Simplemente no lo puedo creer. Esta asombrosa acción, sin precedentes, me dejó sin habla durante los pasados dos días. Me la paso diciendo: ¿De verdad Obama despidió al ejecutivo en jefe de General Motors? ¿La más rica y poderosa empresa del siglo XX? ¿Puede hacer eso? ¿De verdad? ¡Órale! ¡¿Qué más puede hacer?!

Esta osada acción hizo que los jefes del Estados Unidos empresarial se quedaran atontados y vomitando sopa de chícharo. Obama refrendó: el gobierno de, por y para el pueblo está a cargo, no los grandes negocios. John McCain lo captó. En el pleno del senado preguntó, ¿Qué le dice este mensaje a otras empresas e instituciones financieras respecto a si el gobierno federal también los despedirá? El senador Bob Corker dijo que debía darle un calambre a todos los estadunidenses que creen en la libre empresa. La bolsa de valores se desplomó mientras los amos del universo se preguntaban ¿seré el próximo? Y susurraban entre sí, ¿qué vamos a hacer con este Obama?

No mucho, cuates. Tiene la enorme voluntad del pueblo estadunidense detrás de él, y le dimos permiso para que haga lo que le parezca necesario. Si les gustó el tiro perfecto a la canasta de esta semana, permanezcan sintonizados.

Les escribo esta carta en homenaje a los cientos de miles de trabajadores que en los pasados 25 años, y más, fueron echados a la basura por General Motors. Muchos vieron cómo sus vidas fueron arruinadas para siempre. Se refugiaron en el alcohol o las drogas, sus matrimonios se vinieron abajo, algunos se suicidaron. La mayoría siguió con su vida, se mudó, se apartó, cambió de ciudad. Terminaron trabajando en dos empleos por la mitad de lo que recibían en General Motors. Y maldijeron al jefe ejecutivo de GM por destruir sus vidas.

Ninguno pensó que un día sería testigo de que el jefe ejecutivo recibiera el mismo trato. Claro que el jefe ejecutivo Wagoner no tendrá que solicitar asistencia alimentaria o ser desalojado de su hogar o decirle a sus hijos que deberán ir a la universidad municipal, y no a la universidad. En vez, recibirá un paracaídas dorado de 23 millones de dólares. Pero el papel en su mano sigue siendo rosa [el color de las notificaciones de despidos. N de la T], como los cientos de miles que otros recibieron; sólo que el suyo fue emitido por todos nosotros, vía Obamaman. Ahí está la puerta, amigo. Nos vemos. No quiero ser tú.

Comencé mi día, hoy [primero de abril], en Washington DC. Fui al Senado estadunidense y me metí a la audiencia de su Comité de Finanzas, acerca del rescate de Wall Street. Los legisladores querían saber cómo los bancos se gastaron el dinero. Y muchos de los bancos no les dicen. Tomaron billones de dólares y nadie sabe a dónde se fue ese dinero. Definitivamente no se destinó a crear empleos, aliviar a quienes tienen hipotecas o facilitar préstamos que la gente necesita. Fue tan impactante escuchar esto, que me tuve que ir antes de que terminara. Pero me dio una idea para la película que estoy filmando.

Más tarde, fui a los Archivos Nacionales e hice fila para ver la copia original de nuestra Constitución. Pensé en que este mes se cumplen 20 años de que estaba aquí cerquita terminando mi primera película [se refiere a Roger y yo. N de la T], una súplica personal para alertar a la nación acerca de GM y la mortífera economía que gobernaba. Ese día de marzo, en 1989, estaba en la ruina, había cobrado el último de mis cheques de desempleo, contaba con el apoyo de mis amigos (Bob y Siri me invitaban a cenar y siempre agarraban la cuenta, el asistente del gerente en un cine me metía a la sala para que pudiera ver una película de vez en cuando, Laurie y Jack me compraron una vieja máquina (para editar) Steenbeck, John Richard me pasaba un boleto de avión sin usar para que pudiera regresar a casa para Navidad, Rod hacía cualquier cosa por mí y manejaba a Flint en cualquier momento en que necesitara algo para la película). Mi difunta madre (si todavía estuviera con nosotros, mañana cumpliría 88 años) y mi padre, obrero automotriz para la GM, me dijeron, en la cocina, que querían ayudar y me entregaron un cheque por la asombrosa cantidad de mil dólares. Ni siquiera sabía que tenían mil dólares. Lo rechacé, insistieron en que lo tomara –”¡No!”– y luego, con esa voz paternal, me dijeron que lo cobrara para que pudiera terminar mi película. Lo hice. Y lo hice.

Así que, ese día de marzo, en 1989, mientras iba por la Avenida Pensilvania, mi coche, de nueve años de edad, simplemente se murió. Lo acerqué a la banqueta, recargué mi cabeza en el volante y me puse a llorar. No tenía dinero para llevarlo a reparar y definitivamente no tenía dinero para pagarle al chofer de la grúa. Así que me salí del coche, le quité las placas para que no me multaran, le di la espalda y lo dejé ahí para siempre. Voltee a ver el edificio que estaba al lado. Decía Archivos Nacionales. Qué mejor lugar para donar mi coche muerto, pensé, mientras caminaba el resto del trayecto a casa.

A pesar de que no fue fácil para mí, de todos modos no tuve que padecer lo que muchos de mis amigos y vecinos sufrieron gracias a General Motors y un sistema económico diseñado contra ellos. Me pregunto lo que habrán pensado cuando se despertaron este lunes por la mañana y leyeron en el Detroit News o el Detroit Free Press los encabezados de que Obama había despedido al jefe en ejecutivo de GM. Un momento. No pudieron haberlo leído. No había Free Press ni News. El lunes fue el día en que ambos periódicos dejaron de hacer entregas a domicilio. Fueron canceladas (como lo harán durante cuatro días a la semana) porque los diarios, así como General Motors, y como Detroit, están en la ruina.

Estoy en espera de la próxima acción superheroica del presidente. Suyo, Michael Moore.

MMFlint@aol.com

www.michaelmoore.com

PD. Por favor, quiero que sepan que a ninguno de nosotros en el cinturón industrial nos pasó desapercibido el trato que le dieron a nuestros jefes empresariales (recuerden, las compañías automotrices querían un préstamo, no una caridad), en comparación con cómo los titanes de Wall Street obtuvieron billones de dólares de dinero gratis, almuerzo en la Casa Blanca y una sesión fotográfica con el presi. Confíen en mí, nos damos cuenta. Y si hay un dios en el cielo, los ladrones de Wall Street pronto pagarán. También... ver a nuestro presidente teniendo que prometer que respaldará todas las garantías de GM y le dará a los consumidores un bono si entregan su Grand Am como pago parcial de un híbrido, fue, a momentos, triste; en otros, hilarante, y a veces simplemente raro. Esto es a lo que hemos llegado: el Comandante en Jefe del Mundo Libre ahora es el señor Goodwrench [mecánico de GM que sale en la publicidad de la automotriz. N de la T]. Chale.

Traducción: Tania Molina Ramírez