Política
Ver día anteriorViernes 10 de abril de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La Gran crisis
Armando Bartra /I
E

l mundo atraviesa por una crisis múltiple y unitaria cuyas sucesivas, paralelas o entreveradas manifestaciones configuran un periodo histórico de inédita turbulencia. Lo nuevo de la Gran crisis radica en la pluralidad de dimensiones que la conforman; emergencias globales mayores que devienen críticas precisamente por su origen común y convergencia:

Crisis medioambiental patente en un cambio climático antropogénico que avanza más rápido de lo que se previó a principios de 2007, hace apenas dos años, pero también en la desertización, deforestación, estrés hídrico, deterioro de los mares, erosión acelerada de la biodiversidad y contaminación de aire, suelo y agua dulce (Unesco, La Jornada 9/2/08).

Crisis energética evidenciada en patrones de consumo insostenibles, pues –en un dispendio que es causante mayor del cambio climático– durante la última centuria empleamos más energía que durante toda la historia anterior, pero visible igualmente en el progresivo agotamiento de los combustibles fósiles y en la paulatina reducción de su eficiencia energética (Agencia Internacional de Energía, World Energy Outloock, 2006).

Crisis alimentaria manifiesta en hambrunas y carestía causadas por el creciente uso no directamente alimentario de algunas cosechas (empleo en forrajes y biocombustibles), por el estancamiento de la productividad cerealera que por casi cinco décadas dinamizó la llamada Revolución Verde y por la especulación resultante del oligopolio trasnacional que domina en la rama (FAO, Informe, septiembre 2008).

Crisis migratoria documentada por el éxodo de origen multifactorial, cuyo saldo hasta ahora ha sido más de 200 millones de personas viviendo fuera de su país natal, pero también por la criminalización que los transterrados sin documentos padecen en los lugares de destino y por la erosión de las comunidades de origen y la desarticulación de sus estrategias productivas de solidaridad intergeneracional.

Crisis bélica dramatizada por las prolongadas y cruentas guerras coloniales de ocupación y resistencia que sacuden Chechenia (desde 1994), Palestina, Afganistán (desde 2001), Irak (desde 2003); motivadas por la pretensión de controlar espacios y recursos estratégicos por parte de las potencias globales y de algunas regionales.

Crisis económica desatada por la debacle de un sistema financiero desmecatado que mediante apalancamientos sin sustento pospuso la larvada crisis de sobreproducción; descalabro que se ha extendido a la economía material ocasionando masiva destrucción de capital redundante y de ahí a la vida real donde arrasa con el patrimonio de las personas.

Encrucijada civilizatoria

La Gran crisis es sistémica y no coyuntural porque no sólo desfonda el modelo neoliberal imperante durante los pasados 30 años, también pone en cuestión el modo capitalista de producir y socava las bases mismas de la sociedad industrial.

Si –como Braudel– llamamos civilización occidental a un orden espacialmente globalizante, socialmente industrial, económicamente capitalista, culturalmente híbrido, intelectualmente racionalista y que históricamente se define por su lucha sin fin contra la civilización tradicional (a la que nunca vence del todo porque ésta se le resiste tanto desde fuera como desde dentro), la presente es –en sentido estricto– una crisis civilizatoria (Fernand Braudel. Las civilizaciones actuales. Estudio de historia económica y social. REI, México, 1994, p. 12-46).

La magnitud del atolladero en que nos encontramos evidencia la imposibilidad de sostener el modelo inspirador del capitalismo salvaje de las últimas décadas. Pero también resulta impresentable un sistema económico que no es capaz de satisfacer las necesidades básicas de la mayoría y, sin embargo, periódicamente tiene que autodestruir su capacidad productiva sobrante. Y cómo no poner en entredicho a la civilización industrial cuando la debacle ambiental y energética da cuenta de la sustantiva insostenibilidad de un modo de producir y consumir que hoy por hoy devora 25 por ciento más recursos de los que la naturaleza puede reponer.

Los órdenes civilizatorios no se desvanecen de un día para otro y tanto la duración como el curso de la Gran crisis son impredecibles. Pero si bien el presente evento patológico podría, quizá, ser superado por el capitalismo, la enfermedad sistémica es definitivamente terminal. Todo indica que protagonizamos un fin de fiesta, un tránsito epocal posiblemente prolongado, pues lo que está en cuestión son estructuras profundas, relaciones sociales añejas, comportamientos humanos de larga duración, inercias seculares.

Otra vez la escasez

Vista en su integridad la presente es una clásica crisis de escasez patente en la devastación del entorno socioecológico operada por las fuerzas productivo-destructivas del sistema. Y es que detrás de la abundancia epidérmica de un capitalismo que se las da de opulento, pues por cada dos personas que nacen se fabrica un coche, de modo que la humanidad entera cabría sentada en los más de mil millones que conforman el parque vehicular, se oculta la más absoluta depauperación. Un empobrecimiento radical patente en la extrema degradación del entorno humano-natural, que nos tiene al borde de la extinción como especie.

Con su secuela de carestía y rebeliones, las crisis de escasez no han dejado de ocurrir periódicamente en diferentes puntos del tercer mundo. Pero el primero se ufanaba de que después de 1846-48 en que hubo hambruna en Europa, las emergencias agrícolas propias del viejo régimen habían quedado atrás. Parece que la industrialización ha roto a finales del siglo XVIII y en el XIX, este círculo vicioso, escribe Braudel al respecto (Fernand Braudel, ibid, p. 30). No fue así. Menos de dos siglos después del despegue del capitalismo fabril la emergencia por escasez resultante del cambio climático provocado por la industrialización amenaza con asolar al mundo entero.

La carestía alimentaria reciente no es aún como las del viejo régimen, pues, pese a que han reducido severamente, por el momento quedan reservas globales para paliar hambrunas localizadas. En cambio se les asemeja enormemente la crisis medioambiental desatada por el calentamiento planetario. Sólo que la penuria de nuestro tiempo no tendrá carácter local o regional, sino global y la escasez será de alimentos, pero también de otros básicos como agua potable, tierra cultivable, recursos pesqueros y cinegéticos, espacio habitable, energía, vivienda, medicamentos...

Los pronósticos del Panel Internacional para el Cambio Climático (PICC) de la ONU son inquietantemente parecidos a las descripciones de las crisis agrícolas de la Edad Media: mortandad, hambre, epidemias, saqueos, conflictos por los recursos, inestabilidad política, éxodo. Lo que cambia es la escala, pues si las penurias precapitalistas ocasionaban migraciones de hasta cientos de miles, se prevé que la crisis ambiental causada por el capitalismo deje un saldo de 200 millones de ecorrefugiados, los primeros 50 millones en el plazo de 10 años; se estima que para 2050 habrá mil millones de personas con severos problemas de acceso al agua dulce; y la elevación del nivel de los mares para el próximo siglo, que hace dos años el PICC pronosticó en 59 centímetros, hoy se calcula que será de un metro y afectará directamente a 600 millones de personas.

En los pasados cuatro años 115 millones se sumaron a los desnutridos y hoy uno de cada seis seres humanos está hambriento. Pero en el contexto de la crisis de escasez, que amenaza repetir el libreto de las viejas crisis agrícolas, enfrentamos un severo margallate económico del tipo de los que padece periódicamente el sistema: una crisis de las que llaman de sobreproducción o más adecuadamente de subconsumo.

Estrangulamiento por abundancia, irracional en extremo, pues la destrucción de productos excedentes, el desmantelamiento de capacidad productiva redundante y el despido de trabajadores sobrantes coincide con un incremento de las necesidades básicas de la población que se encuentran insatisfechas. Así, mientras que por la crisis de las hipotecas inmobiliarias en Estados Unidos miles de casas desocupadas muestran el letrero de Sale, cientos de nuevos pobres, saldo de la recesión, habitan en tiendas de campaña sumándose a los ya tradicionales homeless. Y los ejemplos podrían multiplicarse.

El contraste entre la presunta capacidad excesiva del sistema y las carencias de la gente será aun mayor en el futuro, en la medida en que se profundicen los efectos del cambio climático. Agravamiento por demás inevitable, pues el medioambiental es un desbarajuste de incubación prolongada cuyo despliegue será duradero por más que hagamos para atenuarlo.