Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de abril de 2009 Num: 736

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De la Edad de Oro a las utopías modernas
MANUEL DURÁN

Sentir lo que otros sienten
ULRIKE PRINZ entrevista con CRISTINA PERI ROSSI

El Museo de Antropología e Historia a revisión
DULCE Ma. LÓPEZ

El tercero
JAVIER SICILIA

Joaquín y Ramón Xirau, hombres en tiempos oscuros
ADRIANA DEL MORAL

Ramón Xirau, ¿poeta o filósofo?
RAÚL OLVERA MIJARES

Ian McEwan: la suma de nuestras emociones
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

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LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
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Enrique López Aguilar
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Los adioses

La frase con que se encabezan estas palabras, lejos de toda intención sentimental, tiene que ver mucho más con dos obras musicales relacionadas con el sentido del humor de sus respectivos autores: la Sinfonía 45 en Fa sostenido menor, de Haydn, y la Sonata 26 en Mi bemol mayor, para piano, de Beethoven. Antes de entrar a la cuestión de “los adioses”, valdría la pena sondear someramente por qué es más infrecuente el tema de “los saludos” o “los encuentros” en el ámbito artístico. Tal vez porque, como incluso lo propone Barthes en su Fragmentos de un discurso amoroso , el momento del encuentro no parece predisponer hacia otra cosa que no sea el de encontrarse. En cambio, en las despedidas hay algo de nostalgia, de íntima ruptura y de duelo que casi siempre obliga a la confortación mediante la escritura y el lirismo confesional. Igor Caruso va más lejos: en La separación de los amantes propone que una pareja en apoteosis amorosa vivirá la separación del otro (por causas como, por ejemplo, las de una guerra) en estado de duelo, tanto o más doloroso que el de la muerte real de una persona cercana… Puede ser aceptable la idea de que los sentimientos desgarrados merezcan mayor número de páginas en el arte, pero me retrotraigo hacia el tema de los adioses amables, más bien cercanos a eso que Kundera llamó “el gesto” en La inmortalidad: algo gracioso y peculiar: la manera que tenía Sabina de volverse y agitar la mano para despedirse.

La Sinfonía de “Los adioses”, de Haydn, fue compuesta durante el verano de 1772. El príncipe Nicolás Esterházy, patrón del compositor, se encontraba muy a gusto en su palacio del mismo nombre, casi en la frontera de Hungría con Austria, para desesperación de los músicos, que deseaban regresar a Viena para encontrarse con sus familias. Haydn decidió componer una obra que sugiriera al patrón el deseo de los empleados musicales: el movimiento final fue estructurado con una primera sección, en Presto, y una segunda, en Adagio. Era durante el Adagio final que los instrumentistas comenzaban a concluir sus partes (alientos, cuerdas…) y, al hacerlo, se levantaban, hacían una venia, apagaban la vela que iluminaba su partitura y se retiraban (estrictamente hablando, ésos eran los adioses, las despedidas que los músicos ofrecían a su contratador). Así ocurrió hasta que sólo quedaron dos violines, que repitieron el gesto de sus compañeros, y Haydn quedó solo, sin orquesta al frente. Nicolás Esterházy entendió la indirecta y en breve se retiró de su palacio y concedió vacaciones a todos los músicos.


Joseph Haydn

La Sonata Les adieux, de Beethoven, tiene otra historia. Se trata de una sonata para piano publicada en 1811, con el número de opus 81a y dedicada al archiduque Rodolfo de Olmütz, alumno y protector del compositor. El mismo Beethoven tituló los tres movimientos de la sonata como Das Lebewohl (La despedida), Abwesenheit (Ausencia) y Das Wiedersehen (El regreso). Además, acompañó el manuscrito con una nota: “Despedida con ocasión de la partida de Su Majestad, el honorable archiduque Rodolfo, Viena, 21 de mayo de 1809” , lo cual confirma la burla beethoveniana, pues ese año el ejército de Napoleón entró a Viena, sin resistencia austríaca, lo cual provocó la huida de los nobles. La broma comienza con los tres primeros acordes del primer movimiento, pues cada uno equivale a las tres sílabas de la palabra Le-be-wohl: “adiós”. Desde luego, la ironía del compositor se relacionaba con la estampida aristocrática. Sin embargo, fue el editor de Beethoven quien nombró la obra como Les adieux sin permiso de Beethoven, aunque debe reconocerse otro buen golpe de humor por haber inscrito un título francés para una obra cuyos destinatarios eran los nobles vieneses que escapaban de las tropas francesas.

¿Y otros adioses? Esa deliciosa novelita del alemán Peter Handke, Carta breve para un largo adiós (1971), cuyas previsibles partes son La carta breve y El largo adiós. Se trata de una Entwicklungsroman (“novela de formación de un carácter mediante la experiencia vivida”). Handke describe en esta novela (exitosa, pero secreta) los traumas y terrores de su infancia austríaca, de manera que el título se encuentra lejos de lo que podría apreciarse como una historia amorosa, como sí ocurre (para volver a la música) con “Si te vas”, esa contradictoria canción de Alfredo Zitarrosa: “Porque si te vas/ yo quiero creer/ que nunca vas a volver”, pues más adelante dice: “y no será por eso/ que estemos separados […] / aunque no te marcharas,/ lo nuestro está terminado”. Cosas veredes.