Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de abril de 2009 Num: 736

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De la Edad de Oro a las utopías modernas
MANUEL DURÁN

Sentir lo que otros sienten
ULRIKE PRINZ entrevista con CRISTINA PERI ROSSI

El Museo de Antropología e Historia a revisión
DULCE Ma. LÓPEZ

El tercero
JAVIER SICILIA

Joaquín y Ramón Xirau, hombres en tiempos oscuros
ADRIANA DEL MORAL

Ramón Xirau, ¿poeta o filósofo?
RAÚL OLVERA MIJARES

Ian McEwan: la suma de nuestras emociones
JORGE GUDIÑO

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
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La Jornada Virtual
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Ian McEwan: la suma de nuestras emociones

Jorge Gudiño

Vista como oferente, la literatura brinda oportunidades al por mayor. Una de las más importantes es que funciona como laboratorio. En el caso concreto de la narrativa, las tramas permiten conjuntar elementos disímiles, de ésos que nunca se entrecruzan en la realidad cotidiana, para manipularlos con miras a ver qué sucede. El escritor no es sino un científico entretenido en mezclar ingredientes anticipando sus resultados. Ya será el lector quien juzgue si los procesos químicos consiguieron el efecto deseado.

Más allá de la experimentación formal, de la mezcla de planos narrativos o del desarrollo de una diégesis poco convencional, existen novelas que experimentan en un plano primigenio, aquél en donde nacen las emociones. Si se parte de la idea de que un personaje no es otra cosa sino una persona en circunstancia de excepción, lo interesante es ver cómo actuará frente a determinados estímulos. La idea de narrar suele estar distanciada de lo convencional. El asunto estriba en la capacidad de adentrarse a la psique de las entidades figurales. Si, en algún momento, los autores se preguntaron qué pasaría si tal o cual suceso se presentara en la historia, la respuesta tenía que ver con un desarrollo de la trama que satisficiera las expectativas del lector. Ampliando el rango de acción del experimento, la pregunta podría ser qué pasaría por la mente de un personaje si a éste le sucediera tal cosa.

Ian McEwan (Aldershot, 1948) es uno de los autores que gustan de buscar las diversas respuestas que plantea dicha pregunta. Su carrera literaria ha estado rodeada por la polémica. En más de una ocasión ha sido acusado de plagio, aunque nunca ha podido demostrarse ese hecho. Sin embargo, existe un elemento que permite que las acusaciones no sean del todo infundadas: la mayor parte de sus novelas no están basadas en historias que puedan presumir de originalidad. Bien podría ser cierto que una trama similar pudiera habérsele ocurrido a alguien más. Es bien sabido que en la literatura no hay nada que pueda ostentar el epíteto de novedoso, al menos no en un sentido pleno.

¿Cuál es entonces la gran virtud de McEwan? Sabe cómo piensan las personas. No busco caer en el error de decir que sus novelas no aportan nada en el plano de las anécdotas. Al contrario, hay algunas que seducen justo por los hechos que narran. Baste con pensar en Expiación (todos los libros de McEwan se consiguen editados por Anagrama. Jardín de cemento está editado por Tusquets). Una trama compleja que se resuelve con una serie de geniales pasos en el orden de lo estrictamente narrativo. Tan es así que la respuesta inmediata a la lectura de este libro suele ser una incontrolable necesidad de saber cómo logro conseguir ese efecto. Se pueden mencionar, también, Jardín de cemento, Niños en el tiempo o Ámsterdam, para hacer ver que sus tramas no son pueriles ni mucho menos. Sin embargo, bajo la capa de lo que cuenta, los personajes alzan la voz para llamar la atención.

McEwan no le teme al compromiso, a las dificultades. Existen autores que se arredran ante la posibilidad de que sus personajes se adentren en circunstancias en las que no pueden controlar sus reacciones, dentro de las que cualquier cosa que hagan parecerá inverosímil. McEwan no es de ésos. Al contrario, disfruta de la confrontación que implica adentrarse en los meandros de la conciencia de sus protagonistas cuando están en una situación límite. Sábado es, quizá, el más claro ejemplo. El planteamiento narrativo es por demás simple: contar lo que le sucede a Henry Perowne a lo largo de una jornada sabatina. Nada más complicado si se considera que este neurocirujano tendrá que vivir un caudal de emociones encontradas. Desde la ira desmedida hasta la impotencia; desde la arbitrariedad sufrida en carne propia hasta la compasión; desde el odio hasta el deseo sexual, y todos estos sentimientos narrados con un tino excepcional. Tanto que el lector no puede sino asentir al reconocerlos como propios.

Pero la vida del doctor Perowne es simple, si se le compara con la de Cecilia Tallis y Robbie Turner, quienes pagan las consecuencias de lo que la hermana menor de esta última dijo en una noche en la que nadie sabe a ciencia cierta que sucedió. Expiación es una novela de intensidades en la que la segunda guerra mundial hace mella en la existencia de cada uno de los personajes de forma diferente. Es en ella donde McEwan saca a relucir el poder de su prosa. Consigue que uno se enamore de personajes dibujados en cámara lenta, que viva la desesperación y el cansancio de una caminata hacia la nada, que conozca el acedo sabor de la injusticia.

Y sus triunfos continúan. En Ámsterdam muestra la necesidad por encontrarle sentido a la vida, el poder de la política, las sutilezas del diálogo. Clive y Vernon son exitosos, tienen la vida resuelta, pero una tara moral pesa sobre ellos. Jardín de concreto se adentra en la conducta de cuatro hermanos que han visto morir a sus dos padres, uno después del otro, y deciden enterrar a su madre bajo una capa de cemento para evitar ser enviados bajo custodia. El descubrimiento de sus personalidades irá de la mano de una sexualidad incipiente e incestuosa que crece como una sombra sobre ellos. En Niños en el tiempo se padece el dolor de un padre a quien le roban a su hija. El placer del viajero nos pierde entre las calles de Venecia y nos vuelve suspicaces frente a la amabilidad del otro. Chesil Beach muestra a una sociedad llena de tapujos y represión sexual.

En cada una de sus novelas, en cada uno de los relatos que conforman sus libros de cuentos, McEwan es capaz no sólo de transmitirnos las emociones de sus personajes, sino también nos las contagia. Y es ese contagio el que agradecemos más que las historias, más que sus posturas políticas, más que la cadencia impecable de su prosa. Nos quedamos con el contagio porque, al cerrar sus libros, nos aguarda la certeza de haber vivido aquello que nos fue contado, y ése es el mayor regalo que nos puede hacer la literatura.