Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de abril de 2009 Num: 736

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De la Edad de Oro a las utopías modernas
MANUEL DURÁN

Sentir lo que otros sienten
ULRIKE PRINZ entrevista con CRISTINA PERI ROSSI

El Museo de Antropología e Historia a revisión
DULCE Ma. LÓPEZ

El tercero
JAVIER SICILIA

Joaquín y Ramón Xirau, hombres en tiempos oscuros
ADRIANA DEL MORAL

Ramón Xirau, ¿poeta o filósofo?
RAÚL OLVERA MIJARES

Ian McEwan: la suma de nuestras emociones
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Sentir lo que otros sienten


 

Ulrike Prinz
entrevista con Cristina Peri Rossi

Cristina Peri Rossi me recibe en su apartamento, con vistas a los edificios y terrazas de Barcelona, algunos días incluso se divisa el mar. En diciembre de 2008, la escritora fue galardonada con el prestigioso Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, otra distinción más en su carrera de poeta y narradora. Nacida en Montevideo, Uruguay, el 12 de noviembre de 1941, participó en las revueltas de los años sesenta. Su nombre y su obra fueron prohibidos en su país y tuvo que exiliarse a España en 1972. Debido a sus actividades políticas, dos años más tarde tuvo que emigrar de nuevo, esta vez a París. Regresó a Barcelona en 1974, donde obtuvo la nacionalidad española. Es una de las escritoras más reconocidas en el mundo hispanoparlante, asociada al boom de la literatura latinoamericana de los años setenta y ochenta. Como escritora, Peri Rossi ha sido muchas veces pionera, abriendo camino a las escritoras que la siguieron. Su obra abarca todos los géneros: poesía, relato, novela, ensayo, artículos, y ha sido traducida a más de quince lenguas. Peri Rossi ha creado su propio estilo, su propio lenguaje. Su poesía es audaz, apasionada, corpórea, expresiva, moderna, despiadada. Es el lenguaje seductor del deseo.

– ¿Cristina, te consideras una persona “libre”?

– Sí, aunque la libertad absoluta es imposible. Yo me comprometo mucho con las situaciones emocionales, afectivas; la emoción siempre es un compromiso para mí. Por ejemplo, este año la Organización de las Naciones Unidas me invitó a dar una conferencia sobre los sesenta años de los derechos humanos, en reconocimiento a mi labor en la lucha por la justicia, la libertad, la democracia y la igualdad. En este sentido, no soy libre, en la medida en que tengo compromisos éticos, que a su vez implican unos deberes. Esos deberes yo los transformo en deseos, ya que la libertad se logra cuando uno consigue convertir los deberes en deseos. En mi caso el deseo está tan superpuesto al deber que soy muy feliz haciendo las cosas que debo hacer éticamente, y me sentiría muy mal si no las hiciera. Lo que sí siento es una gran libertad para pensar, y para hacerlo con respecto a los prejuicios y las cosas que uno hereda o las ideas propias de una época; además, me interesa mucho ponerlos en tela de juicio. El debate interior se produce cuando la lucha por la libertad perjudica a los intereses particulares o subjetivos. Conozco a escritores y escritoras que no se han comprometido en la lucha contra las dictaduras porque temían que sus obras fueran prohibidas, como ocurrió con las mías. Mi nombre estuvo prohibido en Uruguay durante trece años; una emisora de radio fue cerrada sólo por nombrarme. Durante los trece años de dictadura, mis amistades y mis lectores tuvieron que quemar mis libros porque corrían el riesgo de ser arrestados.

– ¿Y hay mucha diferencia entre la libertad política y la libertad literaria y personal?

– La literatura tiene que tener libertad porque es justamente en el arte donde podemos poner las fantasías; incluso las cosas que están prohibidas podemos volcarlas en la literatura. Cuando escribo puedo ser, por ejemplo, un perro. Puedo utilizar la primera persona y trasladarme a otra manera de ser. Suelo hacerlo en la narrativa, donde utilizo mucho la primera persona como instrumento literario para lograr la cercanía con el lector, la identificación. Es una gran libertad para mí poder ponerme, llegado el caso, en el lugar de un hombre. Tengo un relato muy conocido: “Conversación con el ángel” , sobre un hombre casado al cual su mujer abandona por una mujer. Intento meterme en la cabeza de un hombre heterosexual que no entiende nada, que se desespera porque quiere entender y se siente excluido. Esta libertad es, a su vez, también un riesgo de la escritura. Una juega permanentemente a sentir lo que otros sienten, sobre todo en las novelas. Y, a veces, me cuesta volver, separarme del personaje.

– La cuestión de la identidad del autor y del personaje es un tema interesante. Siri Hustvedt en su ensayo “ Being a Man ” confiesa que en sus sueños es un hombre y que ella escribe desde la perspectiva de un hombre.

– A veces eso es más fácil, porque escribiendo como mujer se corre el riesgo de hablar sobre una misma. En mi última novela, El amor es una droga dura, el personaje masculino está escrito en primera persona. Manuel Vázquez Montalbán la presentó en Barcelona y Vicente Verdú en Madrid, y recuerdo que luego los dos me preguntaron: “¿Cómo es que te metes tan bien en la cabeza de un hombre?” Es una facilidad que hay que aprovechar –porque si no toda la literatura sería biográfica, aunque siempre hay elementos biográficos–, y también la posibilidad de trasladarse a otra época. Eso a mí me ensancha muchísimo mi libertad.

Hace exactamente cuarenta años que el mundo se movilizó y emprendió una lucha por la libertad. Tú, que perteneces a la generación del '68, ¿cómo viviste –como testigo y protagonista– la revolución estudiantil en Uruguay?

– Creo que el '68 no fue tan importante en Europa como en eu y en América Latina. La Revolución cubana del '59 es quizás lo que contribuye a su importancia en América Latina, pues le da una perspectiva de futuro a la revolución y la hace posible, también para Europa. Europa, después de dos guerras mundiales, estaba totalmente deprimida y tuvo que colocar lejos la utopía y la revolución. Régis Debray, un intelectual francés que fue a luchar a Cuba, es un ejemplo de la admiración que se sentía en Europa por estos movimientos revolucionarios, que después tuvieron que pagar el precio de la realidad. Las revoluciones tienen que enfrentarse en algún momento con las condiciones reales, y ahí empiezan a demostrar que no siempre son capaces de sostener sus ideales, que, en último término, no son más que una guía; es muy difícil superar los condicionamientos de la realidad y de la condición humana. Para mí el '68 es un movimiento antiautoritario. En Uruguay, por ejemplo, donde se consiguieron algunos logros, la universidad empezó a ser un órgano autónomo, donde los representantes de los estudiantes eran tan numerosos como los catedráticos. Y también supuso la libertad sexual. Aunque yo, con mi experiencia de izquierdas, te puedo decir que la izquierda es tan reaccionaria en este punto de vista como la derecha.

– Sí, libertad sexual sí…, para los hombres...

– Pero no para las mujeres. Quizás lo más terrible es que las mujeres se confundieron. Al permitirles formar parte de la guerrilla, pensaron que estaban en pie de igualdad con los hombres, pero no tuvieron acceso a puestos dirigentes del aparato político. Podían participar fusil en mano, pero a la hora de tomar decisiones ellas no contaban. Fueron usadas como carne de cañón. Además hay otra cuestión de la que no se ha hablado y en la que yo insisto mucho, que demuestra hasta qué punto siguen funcionando las jerarquías patriarcales en el enfrentamiento con el poder: todas las mujeres guerrilleras, al ser arrestadas, fueron violadas. ¡Todas! No se perdonó a ninguna. Y, después, les dieron las mismas palizas y las mataron igual. O sea, la violación sigue siendo utilizada como instrumento de dominación y sobre ello no ha reflexionado la izquierda. Porque las mujeres estaban en calidad de compañeras de los guerrilleros. También pocas mujeres se exiliaron solas. Se exiliaron porque se exiliaba su compañero.

– Hablando del exilio, ¿cómo ha influido en el escenario de la narrativa contemporánea?


Foto: GALI

– Hay toda una corriente de literatura del exilio desde Virgilio, que fue un exiliado. En la Antigüedad era el principal castigo. La corriente de los filósofos pesimistas griegos tiene este aforismo tremendo: “Lo mejor es no nacer. Pero en el caso de nacer, lo mejor es no ser exiliado.” Mientras duren las dictaduras, es una situación muy dolorosa. El exiliado es echado a patadas del lugar donde nació, por lo tanto, vive el exilio como un castigo y una gran pérdida. Los exiliados hemos perdido una guerra, consecuentemente somos los derrotados. El exiliado siente muchos sentimientos encontrados, porque, al salvar el pellejo, puede tener un sentimiento de culpa muy fuerte; yo lo llamo la culpa del sobreviviente. Siente culpa por haber salvado la vida. Por otra parte, se idealiza lo que se ha perdido, porque se ha perdido involuntariamente, como cuando se nos muere alguien. Yo sufrí, sufrí muchísimo, pero no publiqué el primer libro que escribí en el exilio, los poemas de Estado de exilio, hasta veinte años después. No quise publicarlos mientras hubo dictadura. Me parecía que cultivar el dolor era una manera de hacerlo más fuerte. Curiosamente, mientras lloraba porque no estaba en Uruguay, participaba en la vida española diciéndome a mí misma –haciendo honor al internacionalismo socialista– que era lo mismo combatir a Franco que a Videla o a Pinochet, o al dictador de mi país. Y que era lo mismo luchar por el socialismo en España que en Uruguay. Pero lo que sí se pierde en el exilio es la historia personal, los nombres y los recuerdos que no se pueden compartir. Por eso todos los exiliados tienden a formar guetos. Nos juntamos, aunque no haya otra afinidad más que la del exilio, para compartir al menos un pasado o las referencias exteriores.

– En tu poema “Mi casa es la escritura”, y en otros, defines la escritura al mismo tiempo como punto de partida y como meta. Las palabras como ultima ratio, como refugio. ¿Cuál es el poder de la poesía?

– Yo creo que es donde las palabras recuperan su fuerza primitiva. Como en la poesía están suspendidos el tiempo y el espacio –las dos coordenadas habituales–, estamos en un espacio de nadie y en ningún tiempo –en la eternidad. Ahí las palabras recuperan todo su vigor y toda su fuerza. Además, una palabra al lado de otra puede ganar o puede perder; se contaminan, entran en relación entre sí y eso es un juego.

– Como en la música.

– Es que la poesía es música. En la poesía, cada palabra tiene que tener su justificación. La poesía, cuando es buena, no permite que le quites ni le pongas un vocablo. Es como cuando compones una pieza musical, no puedes poner ni un compás de más... Ese rigor, esa economía se dan en la poesía, y en el relato breve también. El relato y la poesía tienen esa exigencia.

– Te acaban de otorgar el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe por tu libro Playstation. ¿Cuál es el mensaje de este libro?

– Es un libro muy, muy duro, un libro completamente urbano, de una gran soledad. Este libro sí que es completamente autobiográfico. Eso quiere decir que cada poema cuenta una historia pequeña. Uno de los poemas que tiene más éxito se titula “Punto de encuentro” y en él cuento irónicamente algo que me ocurrió, apenas transformado. Entro en un sex shop muy grande, cerca de mi casa. No había nadie; estaba lleno de objetos –enorme, una superficie inmensa– y me encuentro con un colega de la universidad. Era la única persona que había, un profesor de filosofía. Los dos nos sentimos un poco turbados y nos pusimos a hablar de la polémica entre Locke y Hobbes. Mientras él habla de mi último libro de poemas, yo pienso que él está deseando meterse en la cabina para masturbarse y yo estoy deseando comprar una película porno. Playstation es la desmitificación de todos los rituales de la vida urbana. Es un libro con el que todo el mundo se ríe, pero es porque estoy diciendo lo que todo el mundo piensa y no es correcto decir. Es un libro muy, muy incorrecto. En este libro no hay ningún poema de amor, cosa insólita en mí. Hay una profunda soledad en el libro, pero es la soledad del individuo contemporáneo en las grandes ciudades, en la que terminamos jugando con la playstation. Crea menos problemas, ¿no?