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Las expectativas que despertó la visita apuntaban a una nueva era

En Los Pinos, ceremonia cálida y anuncios poco espectaculares

Cómodo y sonriente, Obama imprimió un tono relajado a la bienvenida

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Alumnos de colegios particulares saludaron al visitante en la explanada Francisco I. MaderoFoto José Carlo González
Blanche Petrich
 
Periódico La Jornada
Viernes 17 de abril de 2009, p. 5

Cálido con sus anfitriones, realista y al grano, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, comenzó ayer en esta ciudad lo que se espera pueda ser una nueva etapa en la relación bilateral: sin promesas al aire, sin el tono imperativo que caracterizó a sus antecesores y, sobre todo, sin pérdida de tiempo. Su primera estadía en un país latinoamericano, clasificada como una visita de trabajo, la despachó en Los Pinos en poco menos de tres horas y media, incluidos los 50 minutos que dispensaron él y su anfitrión, el presidente Felipe Calderón, para una conferencia de prensa.

Por parte de la delegación mexicana, las expectativas eran grandes. Así lo reflejó Calderón al darle la bienvenida en la explanada Francisco I. Madero de Los Pinos, anticipando una nueva era en la relación bilateral y manifestando su esperanza de que Obama avance en su propuesta migratoria. ¡Yes, we can!, remató en inglés su discurso, parodiando la pegajosa consigna que acompañó a su huésped durante su trepidante campaña electoral, el año pasado.

Entusiasta público infantil

La plazoleta frente a la residencia oficial, rodeada de árboles, era una burbuja blindada. No más de 600 personas, entre niños y jóvenes escolares, invitados especiales y prensa, presenciaron la bienvenida, la amplia sonrisa del 44 presidente de Estados Unidos y el saludo de las dos delegaciones. Cómodo en el rígido terreno del protocolo, Obama tomaba a cada uno de los nueve miembros de su comitiva del hombro para acercarlos a Calderón y a sus pares mexicanos.

Al final de las reuniones de trabajo, breves en realidad, y de la presentación ante la prensa en el salón López Mateos, lo que quedó en la balanza fueron unos cuantos anuncios poco espectaculares, como la ratificación de Estados Unidos del tratado de la OEA para el control de armas, con 11 años de retraso, y lo más importante, un tono político distinto, un ambiente en el que, por algo, los dos presidentes, Obama y Calderón, recordaron las palabras pronunciadas en los años 60 por John F. Kennedy sobre los lazos de vecindad, amistad y alianza entre las dos naciones obligados por la geografía, la historia y la economía.

Fin de la mano dura con La Habana

Eclipsados por la agenda bilateral y el dramatismo del tema de la violencia y el narcotráfico, los asuntos multilaterales brillaron por su ausencia en este encuentro, excepto por la cuestión cubana, que a partir de este viernes gravitará con fuerza en la Cumbre de las Américas que arranca en Trinidad y Tobago.

Varios de los mandatarios que participan en la reunión de Puerto España, encabezados por el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva y el venezolano Hugo Chávez, le demandarán no sólo el levantamiento del embargo contra Cuba, sino también su reincorporación a la OEA. Ante esta presión que tendrá que enfrentar en un escenario en el que sus antecesores siempre tuvieron el control –no olvidar que la Cumbre de las Américas fue el mecanismo con el que Bill Clinton respondió a la creación de la Cumbre Iberoamericana, un espacio regional que excluía a Estados Unidos e incluía a Cuba–, Barack Obama hiló fino.

Interrogado sobre lo que responderá ante la demanda de mayor apertura hacia Cuba, Obama empezó por defender sus primeros pasos de apertura como una demostración de buena fe y a ubicarlos en la perspectiva realista. En lugar de exigir cambios políticos en la isla –como lo hicieron sus antecesores– reconoció: Una relación que se congeló hace más de 50 años no se va a descongelar de la noche a la mañana. No esperamos que ellos cambien tan rápido. Ello no sería realista.

Fue sutil: Simplemente sugiero que hay una gama de pasos que el gobierno podría adoptar para demostrar que ellos también quieren ir más allá. Y remató con una frase clave: No estamos tratando de operar con mano dura; queremos ser abiertos para tener una mejor comunicación.

No hacerse ilusiones

Hubo un momento, en la conferencia de prensa, en el que Obama se desconcertó. Fue cuando un periodista mexicano le recordó que él, como senador por Illinois, votó en 2007 en favor de la construcción del muro en la frontera. “Sería bueno recordar –reviró– que también voté dos veces por la reforma migratoria integral que hubiera abierto el camino para la legalización de millones de migrantes y el ordenamiento del proceso de migración”.

Pese al énfasis de su respuesta, no se produjo el esperado anuncio de que abanderaría nuevamente una iniciativa de este tipo. Sin embargo, se pronunció en favor del derecho de miles de migrantes que han echado raíces en su país, sin un estatus legal, a salir de la sombra en la que viven como indocumentados.

Al tiempo que prometió que su gobierno se unirá como un socio pleno al combate que México libra contra las organizaciones criminales, redujo el nivel de las expectativas. Eliminar todo el flujo de drogas y armas ilícitas (a través de la frontera) no es un objetivo realista; lo que sí es realista es reducirlo de manera tan drástica que deje de ser un enorme problema estructural y vuelva a ser un problema criminal localizado.

Estas fueron algunas de las luces y sombras de las tres horas y media de Obama en la residencia oficial de Los Pinos. Una visita relámpago que concluyó cuando La bestia, su impresionante vehículo blindado, arrancó y se perdió a toda velocidad, rumbo a Chapultepec.