Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de abril de 2009 Num: 737

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Humor negro
EDITH VILLANUEVA SILES

La presencia de La Otra
ANA FRANCO ORTUÑO entrevista con JOSÉ ÁNGEL LEYVA

El sitio desde donde habla Sabines
DIEGO JOSÉ

El infinito Galeano
JAIME AVILÉS

Galeano y el oficio de narrar
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON Entrevista con EDUARDO GALEANO

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Humor negro

Edith Villanueva Siles

Qué molesto e incómodo se vuelve el tema del uso de la palabra negro cuando se radica en Estados Unidos.

La primera vez que visité este país, por allá de 1996, me aleccionaron bien para que cuando viera a un negro no lo mirara y mucho menos mencionara la palabra tan incómoda.

–Ellos saben cómo se dice negro en todos los idiomas –me decían–. Sería muy desagradable que te escucharan. Por supuesto que me reí de tal aseveración, aunque he de confesar que la primera vez que viajé en el Metro de Nueva York en hora pico, no pude más que admirar el tamaño y del color de esos hombres. No pude disimular mi asombro que respondía a una reacción normal ante un grupo de personas tan diferentes a mí, no sólo en color, sino también en dimensiones y formas. Me sentí culpable porque se supone que debía actuar como si no viera nada, acto que consideré aún más agresivo que la “palabra”.

Recapitulando mi primera visita:

1. No menciones la palabra negro enfrente de ellos y de nadie más.

2. Ignóralos.

3. No hagas contacto visual.

Sin embargo, sentía la curiosidad de ver el color de su piel, sus rasgos, el tamaño de sus cuerpos, su andar, esos labios tan carnosos que hacen olas al hablar, y esos ojos como dos eclipses de luna.

Desde 2006 vivo en Nueva York y las cosas no han cambiado; lo peor del caso es que la gente sigue teniendo miedo de nombrar las cosas por su nombre, a pesar de que el presidente sea negro.

Alrededor de los años cincuenta, en Estados Unidos se decidió usar la palabra afroamericano para referirse a las personas negras. Es posible que este hecho responda a todo el peso histórico que hay detrás de ellos, especialmente si se utiliza en un contexto despectivo. En ese caso habría que pensar en todas las palabras que tendríamos que cambiar: indio, mojado, naco, ilegal, etcétera.

No obstante, no hay que dejarse llevar por el lado oscuro del asunto; lo mismo sucede con la palabra judío.

–Cuando te refieras a una persona judía –me corrigieron–, no uses la palabra judío.

Y ante tanta complicación y rectitud, pregunté cuál era la razón para desprenderme de mis adjetivos calificativos. La respuesta fue breve: si lo dices eres racista y prejuiciosa.

Lo peor no para allí, el colmo es que este antiracismo lo han empezado a aplicar nuestros propios paisanos. Imagínense, los mexicanos usan la palabra moreno para referirse a los negros. La primera vez que lo escuché hasta brinqué del susto, porque en mi pasaporte dice que soy morena. De cuándo acá los mexicanos nos aclaramos para usar esa palabra; será que somos muy condescendientes y lo hacemos para suavizar el asunto o es que somos muy ignorantes.

Pensemos, a las personas procedentes de China, les decimos chinos y no respingan: el pan de chinos, el café de chinos, losa palitos chinos, la muralla china, made in china, etcétera.

Y qué decir de los latinos, ninguno se enoja porque nos llaman “los hispanos”, a nadie le preocupa suavizar el término para que mengano no se sienta ofendido.

De los mexicanos en particular se dice, 1. Que todos los que vivimos en Estados Unidos venimos de mojados; es inadmisible pensar que muchos vinieron porque se ganaron una beca, o con visa de turista o a casarse con un estadunidense, o porque su familia tenía recursos para pagar una universidad, o simplemente vinieron de paseo, 2. Que todas las mujeres mexicanas venimos nada más a parir hijos para que nos los mantenga el gobierno, 3. Que todos los hombres son machos, borrachos, flojos y mujeriegos. Y nadie se molesta ni protesta argumentando que esas características que mencioné anteriormente no son propiedad exclusiva de nosotros.

A la gente se le olvida que miles de familias viven gracias al dinero que envían a su tierra de origen, que los mexicanos son grandes cocineros, ya que están en todas las cocinas de los restaurantes de Estados Unidos, y son ellos mismos los que se matan en la pizca, y que las mujeres de esos haraganes mantienen limpio el país.

El colmo es que los mexicanos que vivimos de este lado hemos empezado a desusar el idioma: los morenos, para referirse a los negros; los blanquitos, para referirse a los estadunidenses.

Si llevamos el asunto de los negros al extremo, imagínense todo lo que abríamos que cambiar. En vez de enseñar a nuestros hijos la canción del “Negrito sandía”, de Cri-Cri, tendríamos que cantarles: “afroamericano sandía, ya no digas picardías”, o quizás se escuche mejor si decimos, “moreno sandía”. Y no se diga la que dice: “Un afroamericano bailarín de bastón y con bombín.” Al azúcar morena tendrían que pintarla, la película del ídolo de México, Pedro Infante, Angelitos negros, cambiaría por Angelitos, a secas, y habría que editar la película completamente para poder transmitirla, y así un sinfín de situaciones que, pensándolo, son absurdas, tan absurdas e innecesarias como la pérdida del color de nuestro lenguaje.