Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de abril de 2009 Num: 737

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Humor negro
EDITH VILLANUEVA SILES

La presencia de La Otra
ANA FRANCO ORTUÑO entrevista con JOSÉ ÁNGEL LEYVA

El sitio desde donde habla Sabines
DIEGO JOSÉ

El infinito Galeano
JAIME AVILÉS

Galeano y el oficio de narrar
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON Entrevista con EDUARDO GALEANO

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

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NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
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ROGELIO GUEDEA


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Marco Antonio Campos

Jaime Sabines dice sus poemas

La gran mayoría de los grandes o notables poetas suelen ser malos lectores en público de sus poemas; Jaime Sabines fue una excepción. En uno de los testimonios intercalados en el DVD sobre Sabines que filmó hábilmente Natalia Gil Torner (Llorando la hermosa vida), el antropólogo chiapaneco Andrés Fábregas habla de Sabines como de un gran decidor de sus poemas. Creo que es exacta la palabra: decidor. Define, si no soy impreciso, a quien se halla entre el que lee y el que declama los poemas. Al decirlos en público Jaime entonaba y gestualizaba muy bien cada verso. Menos que con la manos, con la manera de mirar, de mover levemente la cabeza, de variar los tonalidades de la voz atrapaba hondamente la atención de quien oía. Jalaba un poco las vocales dándole a las palabras ese tono gutural tan chiapaneco. En el documental de Natalia Gil, Sabines recuerda que en Tuxtla de niño, cuando su madre lo llevaba a las casas de las comadres, lo hacía declamar, y que aun en su adolescencia tenía fama como declamador, lo que le ayudaba a tener fans –así decía- entre las muchachas de Tuxtla. Es fama que cuando llevaba “gallo” a las muchachas, entre canción y canción solía decir un poema.

Oí por primera vez de manera directa a Sabines en una lectura que hizo en la Pinacoteca Virreinal –sería quizá 1975-, probablemente organizada por Óscar Oliva, entonces director de Literatura de Bellas Artes. En la sala habrían setenta u ochenta gentes. Todas las sillas estaban ocupadas, nada más. Nadie de pie. Había ido por curiosidad; por ese tiempo mi entusiasmo por su poesía –salvo Tarumba y el poema a la muerte de su padre- era escaso. Aquella vez Jaime leyó, fue muy aplaudido, pero no me emocionó mayormente, quizá porque iba predispuesto a que no pasara eso. Pero la poesía de Sabines es de aquellas que van metiéndose lentamente en el alma y una vez dentro no es posible sacarla.

Ni pensar entonces en las multitudinarias lecturas que empezaron a darse a partir de mediados de la década de los ochenta. En esa década la fama y el gusto por la poesía de Jaime empezaron a crecer vertiginosamente en la misma proporción a la envidia de un grupo literario que veía eso, o quería verlo, como la prueba de que las “inmensas minorías” son las únicas que pueden entrar en un vuelo sin escalas al Parnaso. Puedo equivocarme, pero quizá la primera vez que se vio una asistencia multitudinaria a las lecturas de Sabines, o al menos yo vi, fue la vez que estuvo en la Capilla del Palacio de Minería el último día de las jornadas de homenaje que organizaron las direcciones de la UNAM y el INBA en 1986. Cientos de personas se quedaron fuera. Como director de Literatura de la UNAM lo presenté. Por primera vez vi y oí que a un poeta en México, entre poema y poema, se le aplaudiera a rabiar, se le gritara una y otra vez: ¡Bravo!, y cuando dio fin a su lectura el público le gritaba: ¡Poeta!, ¡Poeta! Era tal el entusiasmo del público que Jaime se sentía avergonzado y movía el brazo pidiendo que ya no lo aplaudieran ni ovacionaran. Al año siguiente Homero Aridjis organizó en el Teatro de la Ciudad un encuentro internacional. Sabines leyó al último y leyó sólo poemas de amor. Una nueva apoteosis. Cada lectura empezó a ser algo parecido al delirio.

Sin duda la mejor grabación de los poemas de Jaime Sabines leídos por Jaime Sabines fue la hecha por la UNAM hacia mediados de la década de los sesenta en su colección Voz Viva de México. Tenía entonces un timbre metálico en la voz, una habilidad para dar la variación y el matiz exacto, como no lo hay en ninguna grabación posterior. Cada poema está leído exactamente, pero los dedicados a la Tía Chofi y al Mayor Sabines los escucha uno conmovido hasta la raíz del alma. En entrevistas, Jaime decía que no podía leer el poema a la muerte de su padre sin ponerse a llorar. Por fortuna en este disco leyó la segunda parte, aunque en los versos finales –como en parte del poema a la Tía Chofi- se le quiebra de dolor la voz y está a un milímetro del llanto. Todo lo contrario sucedía cuando leía poemas de amor; se siente a través de los versos un roce sensual, una sed que busca saciarse, y da la impresión de que en cada verso el hombre se va metiendo en la mujer y la mujer en el hombre hasta que los dos dejan de ser ellos y son sólo una hoguera y luego sólo cenizas. A diez años de la muerte de Sabines sigo desde el corazón leyéndolo y oyéndolo.