Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de abril de 2009 Num: 737

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Humor negro
EDITH VILLANUEVA SILES

La presencia de La Otra
ANA FRANCO ORTUÑO entrevista con JOSÉ ÁNGEL LEYVA

El sitio desde donde habla Sabines
DIEGO JOSÉ

El infinito Galeano
JAIME AVILÉS

Galeano y el oficio de narrar
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON Entrevista con EDUARDO GALEANO

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

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Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

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MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
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Saraband

Concebido como un filme para televisión que sería a la postre su último trabajo, Saraband funciona, como bien acota Ignacio Escárcega en el programa de mano, como un corolario para la obra monumental de Ingmar Bergman. En esta obra, aunque incomparable a sus trabajos mayores, se concentra algo de lo que hizo del sueco uno de los mayores artistas del siglo XX. De entrada, Saraband puede verse como una secuela de Escenas de un matrimonio, en la que los dos protagonistas, Johan y Marianne (Sergio de Bustamante y Laura Almela) se reencuentran tras un alejamiento de años. Johan vive una crisis en la que vislumbra como nunca la certeza y la proximidad de la muerte y en la que asume el fracaso de sus proyectos personales más caros. El más significativo es el hundimiento de su hijo Henrik (Alejandro Calva), codependiente y pusilánime, incapaz de trascender la pérdida de su fallecida esposa Anna, y su sobreprotección hacia su hija Karin (Adriana Segura), joven y talentosa cellista para quien Henrik funge como único maestro y mentor, en una relación que de tan estrecha despierta sospechas de incesto. La relación de Marianne y Karin se vuelve el espejo de una liberación mutua: de la mujer madura respecto a las cargas de su matrimonio fallido y de la mujer joven con relación a un futuro propio y desprovisto de los lazos opresivos con su pasado.

Todo este universo, sumamente bergmaniano, strindbergiano y decididamente sueco, ha sido elegido por el director Ignacio Ortiz para trasladar la narración cinematográfica a la gramática de la escena. Aquí, como en otros proyectos similares, se persigue un equilibrio entre el apego a una obra referencial y la autonomía que las leyes de la teatralidad imponen de suyo. A ello habría que aunar que las puestas de Ortiz se han caracterizado por su vinculación evidente con la poética de Ludwik Margules, decisivo en su formación y en su contemplación del hecho escénico como un viaje paulatino hacia la síntesis más radical. El resultado es un teatro desprovisto de efectos y oropeles, que busca habitar el espacio y la ficción sin más armas que la palabra, la actoralidad, el flujo de energías y de imágenes que el cuerpo y la mente del actor sea capaz de generar en sí mismo y en el convidado a la sala.

La pertinencia y el vigor del discurso de Bergman admiten poca discusión. Pero entre la que habilita se cuenta la que se desprende de un par de cuestionamientos: ¿es Saraband una historia que de tan excepcional amerite una traslación al teatro? ¿No han sido abordadas sus temáticas esenciales de una manera más contundente en otras obras, inclusive del propio autor? Cabe cuestionar lo anterior en tanto que la sensación al cabo de la función es la de haber comparecido a una revisión menor a un tópico muchas veces acometido. Las posibles revelaciones que el montaje que se presenta en el Teatro El Granero impulsa en el espectador son multiconocidas: la familia como pequeño infierno, la soberbia y el autoflagelo como enfermedades de todos los tiempos, la fortaleza y eventual liberación de las mujeres –en ciertos contextos– ante la inmovilidad exasperante de los hombres. A todo esto, a que ciertos asuntos no son llevados a sus últimas consecuencias, es que la trascendencia del montaje podría ponerse en entredicho. Sobre todo cuando el traslado escénico a cargo de Ortiz y de su equipo tampoco alcanza la radicalidad que pretende. Porque el espacio desnudo y minimalista de Alfonso Sánchez no funge como el espacio que los actores han de llenar con las imágenes que el realismo de la obra demanda recrear; su cercanía física no implica necesariamente cercanía emocional. Porque el tono recitativo con que el elenco recorre la traducción de Maja Bentzer desnuda la distancia entre los bosques suecos y la polis latinoamericana, en un sentido allende lo geográfico. Porque Almela, espléndida actriz si las hay, construye mucho, pero proyecta sorprendentemente poco de su viaje interior por la psique de una madre con hijas enfermas y distanciadas, y de una divorciada que asiste al derrumbe del mundo del padre de esas hijas. Porque Segura matiza con dificultades, imagina con intermitencias y transita con dudas los derroteros de una liberación dolorosa. Con todo y el desempeño rico y profundo de Calva y De Bustamente, Saraband pareciera batallar por la definición de algunos de sus postulados esenciales, pese a que algunos de ellos sean pertinentes y hasta encomiables.