Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de abril de 2009 Num: 737

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Humor negro
EDITH VILLANUEVA SILES

La presencia de La Otra
ANA FRANCO ORTUÑO entrevista con JOSÉ ÁNGEL LEYVA

El sitio desde donde habla Sabines
DIEGO JOSÉ

El infinito Galeano
JAIME AVILÉS

Galeano y el oficio de narrar
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON Entrevista con EDUARDO GALEANO

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
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Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
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El Mono de Alambre
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Por tu culpa... (I DE II)

Si de algo ha sabido siempre esta cultura occidental judeocristiana en la que unos naufragan mientras otros sólo son testigos –cuando no causantes- del naufragio; si de algo siempre han sabido sacar ventaja quienes no por simple suerte suelen quedar en la parte de arriba de la rueda de la fortuna, es de la culpa, diccionáricamente definida como “falta más o menos grave cometida voluntariamente”, “responsabilidad, causa imputable”, y en términos jurídicos como “acción u omisión no dolosa, pero realizada sin la diligencia debida, que causa un resultado dañoso, previsible y penado por la ley”.

Eso y mucho más es la culpa cuando se la traslada al ámbito religioso, y aquí, en esta sociedad, es irrelevante si el portador de la misma se considera a sí mismo una persona religiosa, si lo es aunque ni cuenta se dé, e incluso si una religión en particular o todas en general llegan a provocarle una iracundia cuyo hinchado aspecto a la hora del despotrique permite sospechar que bajo la furia verbal subyace, vigorosamente vivo, un modo de pensar permeado de religión hasta el tuétano.

DE PENSAMIENTO, PALABRA,

En el primero de los casos –es decir, cuando el interfecto se sabe, se quiere y se vive religioso–, y de manera todavía más particular, cuando se trata de un católico-apostólico-romano, como bien se sabe, la culpa accede al grado insuperable de condición necesaria para la existencia: se nace con el pecado original a cuestas, y si bien hay un bautizo para lavar dicho pecado, eso no basta, no garantiza –ni muchísimo menos– que un día la vida concluya virtuosamente. Al contrario, cada día, hora, minuto e instante de vida representan la posibilidad infinita de pecar, es decir, de hacerse con una nueva culpa y otra y otra más, que a su vez deberán ser expiadas de alguna manera para que quien las haya cometido alcance el perdón divino.

Poderoso como pocos, el ciclo católico de culpa y perdón es la fuente fangosa de una cifra infinita de los bienes y los males que en el mundo han sido, siempre que se quiera nombrar con una terminología ad hoc los hechos escuetos y, en sí mismos, carentes de una carga moral originaria que un sistema medio esquizofrénico de fe-pensamiento les ha impuesto, misma que les confiere, por inevitable consecuencia, una carga de significado añadido que a fin de cuentas acaba siendo si no el más importante, sí el único atendido tanto por quien comete los hechos como por quienes son testigos de dicha comisión.

Qué duda cabe: de todas las culpas habidas y por haber, las que mayor alarma/ignominia/irritación/vergüenza/castigo más un largo etcétera suscitan, son aquellas que tienen alguna connotación sexual. Vivida sin remedio pecaminosamente en el mundo occidental, la sexualidad es el pan favorito del confesor pero también del pecador; he ahí la oportunidad, para el primero, de señalar, acusar, censurar, ordenar penitencias y finalmente perdonar; he ahí la posibilidad, para el segundo, de actuar conforme a una naturaleza quizá más profunda que el pensamiento religioso mismo, para luego y en virtud de éste, reconocerse réprobo, buscar perdones tan al alcance de la mano como la simple verbalización de la culpa–“yo confieso ante dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho...”– o la ejecución de esta o aquella tareas expiatorias, finalmente quedando listo para el nuevo ciclo.

Estas y otras cuestiones relativas son abordadas en Desierto adentro (2008), el segundo largometraje de Rodrigo Plá que en realidad es el primero por él filmado, si bien La Zona, realizada posteriormente, fue exhibida antes.

OBRA Y OMISIÓN

(Paréntesis arielero: a Desierto adentro le tocaron ocho arieles ocho en la más reciente, no sorpresivamente desangelada, ahora politizada y más cuestionada que nunca entrega del que en lugar de consolidarse como el premio cinematográfico mexicano que le diera a lo premiado un plus útil como lo es en España un Goya, por ejemplo, hace todo lo que puede por parecerse a la Diosa de Plata.

Con todo merecimiento, Mario Zaragoza obtuvo por su actuación en Desierto adentro el Ariel al mejor actor, aunque a la Academia Mexicana le dio por desdorar su propio galardón en virtud de la mezquindad absurda que implicó dejar fuera de la terna elegible a Daniel Giménez Cacho, quien tuvo el acierto de tener el valor de pararse en el escenario y decir lo siguiente –se respetan sintaxis y ortografía–: “ En nombre de la comunidad cinematográfica nacional hemos visto con preocupación cómo al pasar de los años las políticas y el funcionamiento de la academia se han venido alejando de los intereses de los que hoy hacemos el cine mexicano. Así como hace algunos años se vio la necesidad de modificar y refundar la academia y actualizarla a la realidad del cine nacional hoy planteamos la urgencia de reflexionar una nueva refundación de la institución para hacerla más plural, más incluyente, pero sobre todo más acorde a los nuevos tiempos que vive el cine mexicano .”)

(Continuará)