Opinión
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Cassez: el abuso de la palabra
Vilma Fuentes
E

l pasado viernes por la mañana, a las 8:50, anunciada una y otra vez por los locutores de la estación de radio Europe 1, tuvo lugar una entrevista con Florence Cassez de casi 10 minutos, grabada por teléfono un día antes en Francia.

Aparte de lo sorprendente que parece el hecho de escuchar a menudo a una persona que, en principio, purga una pena en prisión por complicidad en crímenes graves, no dejaron de asombrarme sus declaraciones, vertidas entre gemidos y ahogos de llanto, calmados de inmediato por las necesidades –imagino– de la transmisión radiofónica, y varias veces incitadas por el presentador del programa, Marc Olivier Fogiel, quien no escondió para nada su falta de imparcialidad en favor de la señora Cassez, sin imaginar siquiera que pudiera haber otras víctimas que no sean ella.

Fogiel insistió: la joven mujer se comunica con Europe 1 desde una cabina telefónica pública situada en el interior de la prisión. Afirmación dicha como si fuera lamentable el hecho de tener que hablar desde una cabina y no comprendiese por qué la madura muchacha francesa no tiene teléfono en su cuarto o no se le da un celular. Aparte eso, el locutor, en su apuro por socorrer a su compatriota, olvidando cualquier deontología periodística de imparcialidad y objetividad, repite que la joven se comunica a diario con sus padres. No sé si Fogiel, al decir esto, se da cuenta de que daña los intereses de la entrevistada, a quien pretende ayudar, pues el público francés no puede menos que pensar en las ventajas de que goza la prisionera: no creo que un detenido en cárceles de Francia pueda telefonear todos los días a su familia y a los medios de communication.

La entrevista comienza; Fogiel pregunta a Cassez por su salud, aconsejándole que se cuide, que ponga atención: el tono es casi paternal. Ella responde que está algo flaca... Las lágrimas se ahogan en la garganta de la prisionera al hablar de su falta de peso. Está triste, deprimida, pasa todos los días esperando.

Desde luego, ni una palabra de las víctimas, las verdaderas, las secuestradas por la banda de Vallarta, el novio (término muy mexicano para designar eufemísticamente al amante y que, a la familia de la joven, debe sonar mejor que el de amasia o concubina, aunque su uso provenga del país tan criticado).

Hasta aquí, el auditor, en el caso yo misma, puede aún sonreír ante la inquietud de Fogiel por la salud de Cassez. Suena tan falsa como el llanto de ella, cuando las lágrimas no le vienen a los ojos al recordar su propia suerte –le sobran, puesto que no recuerda la de los otros: Cristina Ríos Valladares y su hijo.

Pero las cosas van a subir de tono, como el escándalo: las mentiras son tan evidentes que hacen evidentes las otras mentiras, las que se pretende ocultar.

Cassez afirma, como una verdad compartida por el mundo entero, que el gobierno de México se comprometió, durante la visita del presidente Sarkozy al país, a su extradición a Francia. Así, el Presidente mexicano miente, faltó a su palabra. Fogiel y ella saben bien que Felipe Calderón sólo habló de una comisión, nada más. Sin contar que hablar de tal promesa por parte de este último es considerar que el Poder Judicial obedece al Ejecutivo en nuestro país, como en una dictadura de bajo orden.

Ante las preguntas de Fogiel, que implican la respuesta de la señora Cassez, ésta se dice en peligro, amenazada, en la cárcel mexicana. Ni más ni menos: ¡ahora asesinan en las prisiones mexicanas a los delincuentes franceses! Nuevos accesos de llanto, rápidamente reprimidos por las necesidades o el júbilo de ser escuchada en la radio.

Pero estas mentiras no parecen lo bastante enormes. O al menos aquellas que puedan interesar a los franceses. Hay que celebrar el culto a la personalidad del presidente Sarkozy, ya bastante comprometido en este caso, tentándolo con su inclinación a viajar al otro extremo del mundo para sacar de la jungla o de la cárcel a perseguidos justa o injustamente. ¿No dijo que iría en busca de cualquier francés, hubiera hecho lo que hubiera hecho? Cassez ya sólo confía en el presidente Sarkozy: él debe pedir a Calderón su extradición. ¿No lo hizo por los miembros del Arca de Zoe, por Ingrid Betancourt? Ella, sí, ella es una rehén política. Rehén de los bajos sondeos de Calderón, de las próximas elecciones legislativas mexicanas, de la opinión pública, de la prensa de México, que quiere utilizarla como chivo expiatorio, de la oposición. Sí: ella es una rehén política.

La rehén política trata de salvarse como el ahogado.

Falta la puntilla. Fogiel aprovecha que ella repite que es su último llamado (no se sabe a quién). Le dice esperar que no llegue a esa decisión final. La palabra suicidio no se pronuncia, se sobrentiende. Entre suspiros y ahogos de llanto, Cassez evade la cuestión. Es inocente, espera que la extraditen, no puede más, pero de eso a suicidarse... que Fogiel no exagere.

Por último, llamados a la opinión pública de Francia y de México. Es inocente, repite, y no puede más.

Cristina Ríos Valladares pudo más, mucho más.

Cierto, este bombardeo de los medios de comunicación sobre su caso oculta los problemas mucho más graves de desempleo, pobreza y violencia que atraviesa Francia. Pero lo que me choca es la actitud parcial de una parte de la prensa francesa que sólo da la palabra a Cassez. Lo que me indigna es el gesto, si no el acto, racista de aquellos que intentan intervenir en la política de un país con instituciones democráticas: México, tratándolo como si fuera una dictadura del cuarto mundo. En fin, que me hagan sentir como un salvaje emplumado, ignorantes de la antigüedad y la riqueza de nuestra cultura.

En Francia, acusaciones falsas dan lugar a procesos donde se solicitan compensas por daños y perjuicios. Acaso el gobierno mexicano debería levantar una queja, aunque no fuese por un euro simbólico, contra los periodistas culpables de difamación.