Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de abril de 2009 Num: 738

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Afganistán: una balada de Theodor Fontane
RICARDO BADA

Dos poemas
NIKIS KARIDIS

Italo Svevo y La conciencia de Zeno
ANNUNZIATA ROSSI

Martin Buber: ética y política
SILVANA RABINOVICH

Israel-Palestina: una tierra para dos pueblos (fragmento)
MARTIN BUBER

Un poco de color y buenas actuaciones
RAÚL OLVERA MIJARES

La Iglesia y el muralismo en Cuautla: cincuenta y siete años de censura
YENDI RAMOS

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Juan Domingo Argüelles

El crítico como crítico... de sí mismo

Hay poetas y hay críticos de poesía. Y hay, también, poetas que son críticos de poesía. Y no faltan los que son buenos poetas y, a la vez, buenos críticos de poesía. Luego, entre los poetas críticos, los puede haber medianos (en su poesía) y patentes en su crítica, además de humildes y honestos para saber que ellos, que hacen crítica de poesía, no son los grandes poetas que quisieran ser.

Otros, en cambio, son malos poetas (desde el punto de vista de la calidad) y malos críticos de poesía, y pueden llegar a ser pésimos porque su crítica la escriben desde la esquina del resentimiento. Como son malos poetas (que pueden llegar a ser pésimos), antes que aceptar su condición (desde una buena autocrítica), se consideran más bien incomprendidos, y por ello arremeten contra todo y contra todos los que, así sea implícitamente, los ponen en su lugar (como poetas y como críticos de poesía); su autocrítica es nula, pero siguen empeñados en escribir poesía desde la amargura, y crítica poética desde el resquemor.

Los críticos de poesía que a la vez son poetas (excepcionales, buenos, medianos y aun malos) y que saben, con cierto margen de error, cuál es su lugar en el ámbito poético, no suelen llamarse a engaño ni a sentirse inmerecidamente consentidos o injustamente ignorados. En cambio, los que no saben (por soberbia o falta de autocrítica, o por ambas cosas juntas) qué sitio ocupan en la creación poética, ni siquiera sospechan que hay un margen de acierto y otro de error en la apreciación de sí mismos, y los poetas poco patentes (que a la vez son críticos poco patentes) todo lo entienden como agravio personal: si no los mencionan, si los mencionan críticamente, si no los antologan, si no reconocen su “trayectoria”, si su nombre no surge de manera natural en la conversación así sea entre poetas medianos, si nadie se acuerda de sus versos ni mucho menos de sus poemas, y si nadie, al enumerar libros de poesía, recuerda algún título de su prodigiosa obra.

Lo difícil para los poetas es aceptar el sitio justo que le corresponde a cada quien. Y no es lógico reprochárselo a quienes no ejercen ni pretenden ejercer la crítica de poesía (puesto que tampoco juzgan a los demás), pero sí es ineludible esperar un juicio más o menos centrado de, por ejemplo, el poeta menor que ejerce la crítica (porque la poesía le gusta) y que debe saber (porque al menos en la soledad tiene que saberlo) que no es ni un buen poeta y acaso ni siquiera un mediano poeta, mucho menos, por supuesto, un gran poeta, y que si habla de poesía y escribe sobre poesía, y critica la poesía de los demás es porque no puede vivir sin la poesía, aunque la que él produce nada tenga que ver, en calidad, con la que es su alimento vital. A eso se llama autocrítica, y puede darse en diversos niveles de conocimiento, sinceridad y honestidad, o puede simplemente no darse nunca.

Lo más difícil para una poeta que es a la vez crítico y, sobre todo, para un poeta severamente crítico, es encontrar, no con neutralidad pero sí con cierto grado de objetividad (es decir, de autocrítica), qué tan bueno o qué tan malo es no sólo como crítico, sino también como poeta. Borges se sabía, objetivamente, y pese a sus amagos de modestia, un poeta mayor o un buen poeta (y lo era y lo es); de otro modo no hubiese escrito un poema que lleva por título “A un poeta menor de 1899.” Y aunque Borges se hermana, humanamente, con ese “poeta menor”, sabe que él está más allá y que lo único que lo iguala con él es su pasión por la poesía. Por ello, más que agraviarlo lo compadece, y escribe: “Dejar un verso para la hora triste/ que en el confín del día nos acecha,/ ligar tu nombre a su doliente fecha/ de oro y de vaga sombra. Eso quisiste./ ¡Con qué pasión, al declinar el día,/ trabajarías el extraño verso/ que, hasta la dispersión del universo,/ la hora de extraño azul confirmaría!”

Hoy por hoy, Borges es Borges, aunque no sepamos por cuánto tiempo será Borges. Seguro no es Homero y con seguridad tampoco es Shakespeare, porque hay niveles, jerarquías. Pero si el poeta mediano que escribe crítica se cree Borges y aprecia y desdeña la poesía de los otros desde la altura de Borges, entonces la cosa no tiene remedio. Que se dedique a otra cosa, porque no hay nada más lamentable que sentirse Borges sin ser Borges.