Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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Recuerdos de Pierre Bonnard

Balthus


Basket of fruit oranges and persimmons, 1940

Cuando tenía cinco años y mi padre se trataba con lo más granado de París, con todos los espíritus nuevos, las inteligencias fuera de lo común, de Maurice Denis a André Gide, ¿sabía que iba a conocer a quienes revolucionarían la pintura, y que llegaría a ser uno de los bien llamados pintores de la luz y el aire?. Estoy pensando en la ligereza de Cézanne, en la transparencia de Bonnard, en el trabajo con la luz que hizo Monet. Recuerdo un viaje que hice con mis padres a Provenza, a Thoronet, en 1913. Vivíamos en una casa de campo y éramos vecinos de un tal señor Rey, que era amigo de Cázanne. En las conversaciones resonaba ese nombre: “Cézanne, Cézanne” que para mí, evidentemente, no guardaba relación directa con la pintura, pero excitaba de un modo extraño mi imaginación, que siempre he oído esa palabra, ese nombre, como una fórmula mágica. “Cézanne” era como el “sésamo” de un mundo que desconocía y al que estaba llamado, un mundo que me permitiría sentir infinitas emociones. Bonnard iba mucho por casa, mi padre le tenía un gran afecto, porque siempre fue muy fiel a nuestra familia. Cuando estalló la primera guerra mundial tuvimos que marcharnos de París y luego mis padres se arruinaron con las malas inversiones que había hecho mi padre. Cuando se subastaron todos nuestros bienes, Bonnard compró algunos de nuestros efectos personales para devolvérnoslos… Aunque Bonnard no fue para mí lo que se dice un maestro en pintura, representó mucho por su forma de ser, por el cariño con que nos trataba a los niños, y por la atención que prestó a mis trabajos. Siempre he respetado su afán de exactitud, que no tenía nada que ver con un realismo vulgar y lograba revelar la esencia de las cosas, la calidad de una nieve o una escarcha, el estremecimiento de los tordos en invierno, los caminos y la nieve, que sabía pintar como nadie.

Un día, en primera infancia, fuimos toda la familia a visitar a Bonnard en Giverny. Entonces era un pueblo muy animado. Claude Monet había reunido allí un grupo de pintores y no podías dar un paso sin toparte con un caballete plantado aquí o allá. Por la tarde Marc Bonnard vino a avisar a su padre de que Monet acababa de llegar de improviso. Todos se alegraron mucho. Recuerdo a un señor viejo, con una larga barba blanca, al que todos hacían mucho caso y que era impresionante.

Me crié en esa época tan fructífera para la renovación del arte, cuya Meca era Francia. ¿Cómo no iba a inclinarme por la pintura, con semejantes astros? En mi primera infancia conocí los momentos de paz y felicidad que Monet y Bonnard supieron pintar de maravilla. El comienzo de la guerra y el exilio al que nos obligó me infundieron un sentimiento de carencia y ausencia, un temor al desarraigo, y la impresión lamentable de que todo pasa. Pero debo admitir que mi infancia, agraciada por los desvelos de Baladine y la autoridad grave y culta de mi padre, y luego por la atención vigilante de Rainer María Rilke, fue muy feliz. Nunca he querido perder el hilo, al contrario, he procurado reforzarlo. De modo que nunca he salido de la infancia, ¿será por eso por lo que he pintado con tanto tesón flores y muchachas en flor?

Traducción del francés de Juan Vivanco