Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Hugo Gutiérrez Vega

LA OPINIÓN PÚBLICA Y LA MASA DE
CONSUMIDORES DE INFORMACIÓN (V DE VIII)

El concepto opinión pública se ha convertido en un lugar común, objeto de toda clase de manipulaciones y maniobras por parte de políticos profesionales. Hablar de “la opinión pública enfurecida”, “desaprobación por parte de la opinión pública”, “los lectores opinan”, etcétera, equivale a manejar frases hechas carentes de significado y objeto de toda clase de interpretaciones que se prestan a la ambigüedad. Sin embargo, la “opinión pública” tiene manifestaciones que, sin poner demasiado énfasis en los aspectos meramente cuantitativos que usan las empresas estadunidenses especializadas en encuestas, son susceptibles de ser medidas y sujetarse a un análisis capaz de arrojar luces muy importantes para el desarrollo de la psicología social.

En primer lugar, es necesario recordar las nociones que se han elaborado para dar una configuración a los conceptos de “público” y de “opinión”. K. Young en su libro Opinión pública, afirma que “el público, si bien constituye un grupo psicológico en sentido estricto es amorfo y su polarización adquiere un carácter diferente”. Es fácil medir las reacciones de un grupo de personas que, por un lapso determinado, participan en un acto político, una representación teatral, una proyección cinematográfica, etcétera, pero no es ése el público que interesa a los estudiosos de los problemas de la comunicación social. Se trata de las grandes masas de seres humanos que están viviendo en el mismo tiempo histórico, pero que profesan religiones distintas, diferentes ideas políticas; seres que muestras distintos prejuicios, diversas actitudes antes la vida, y que defienden sus intereses, los derechos de sus países, de sus gremios, comunidades, familias, etcétera. Young afirma, en la obra mencionada, que “el público, como grupo efímero y disperso en el espacio, es la criatura engendrada por nuestros notables medios mecánicos de comunicación”. El público contemporáneo encuentra muy escasas oportunidades de manifestarse. En los sistemas democráticos puede hacerlo con ocasión de las elecciones. En esos momentos externa su apoyo a un partido político, su rechazo de un determinado sistema, la antipatía que le produce alguna personalidad política o, simplemente, su amargura, su rechazo de todo, su propósito de no ligar su individualidad a los grupos que participan en el juego político. Estas actitudes son, generalmente, producto de convicciones creadas por la familia, la escuela, los círculos de amistades etcétera, y por los sutiles mecanismos de control mental que, con tanta pericia, manejan los medios masivos. El período nazi demostró que un aparato propagandístico, hábil en la tarea de reforzar prejuicios sociales arraigados y expertos en la manipulación de los mecanismos psicológicos profundos, puede dar a la opinión pública de un país en un momento histórico determinado, la configuración que más convenga a los intereses del aparato estatal. Los pequeños grupos de la elite intelectual, capaces de dar a los estímulos demasiado burdos del sistema propagandístico una respuesta en desacuerdo, son objeto de un trato especial. Se les compra otorgándoles privilegios exclusivos, o se les persigue. La tarea de desacreditarlos ante la “opinión pública” calificándolos de “traidores”, de “vendidos a “potencias extranjeras”, “elitistas”, “excéntricos”, “pintorescos”, o simplemente “diferentes”, dio al nazismo resultados óptimos, ya que logró que el pueblo no sólo permitiera la persecución, sino que participara activamente en ella. Por otra parte, es indispensable aclarar que estas manifestaciones de la enajenación sufrida por el público alemán en el período histórico que nos ocupa, no son, tan sólo, el resultado del control que el aparato estatal ejercía sobre la información, ni son simples efectos producidos por una propaganda habilidosa y machacona. Es indudable que a estas tácticas hay que unir las formas de control político y, sobre todo, el terror desatado por la represión policíaca y militar.

(Continuará)

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