Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

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ALONSO ARREOLA

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El Mono de Alambre
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Cabezalcubo
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Mentiras Transparentes
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Novela y educación

Héctor Ceballos Garibay

Para abordar el tema que nos ocupa, la reivindicación de las múltiples y provechosas relaciones entre la novela y la educación, es conveniente remitirnos a la manera peculiar como la novela (o cualquier obra de arte) estimula al cerebro humano durante los momentos de creación y recepción estéticas. Se trata, en ambos casos, de un proceso neurofisiológico muy complejo, el cual, dados los objetivos limitados y específicos de este ensayo, puede esquematizarse y resumirse en la interacción dialéctica que ocurre entre las dos estructuras básicas que conforman al órgano más fascinante y enigmático que poseemos los individuos: la estructura sensitivo-perceptual y la estructura intelectual-racional. Al subrayar el carácter simbiótico de estas dos capacidades de la mente humana, nos proponemos dejar atrás concepciones unilaterales y antinómicas de larga prosapia, tales como el formalismo, que postula la necesidad de prescindir de los factores extrínsecos (la biografía, la psicología y el contexto histórico del autor) a la hora de analizar una obra de arte; y como el surrealismo, movimiento estético que enaltece el papel de la subjetividad (los factores oníricos, inconscientes, azarosos) durante el proceso de creación artística (recuérdese, al respecto, el desprecio que mostraron los surrealistas hacia los recursos literarios tradicionales del género novelístico: la recreación del medio ambiente, la caracterización de los personajes, la verosimilitud, etcétera). Así entonces, la concepción integralista que ofrecemos como alternativa aduce la pertinencia de añadir los factores extrínsecos a los intrínsecos a fin de arribar a un óptimo análisis crítico de las producciones artísticas. Además, no sólo reconoce la relativa autonomía de las dos estructuras mencionadas, sino que también plantea que en el proceso dinámico de interrelación entre el sujeto creador (o receptor) y el objeto creado acontece, consciente o inconscientemente, una conjunción prodigiosa entre la sensibilidad y la razón, la percepción y la reflexión, la intuición y la imaginación. Por consiguiente, en vez de incurrir en una falsa contraposición de unos elementos con respecto a los otros, debe concebírseles como aspectos esenciales que, al fusionarse en el momento de la creación y la recreación, conforman la estructura senso-intelectual, una modalidad sintética y superior que es la que permite a los individuos crear las obras de arte, así como extraer de ellas su rico caudal estético y epistemológico. Desde esta perspectiva, nada resulta mejor, durante el catártico y sublime momento de la experiencia estética, que activar al máximo el binomio integrado por la sensibilidad y la lucidez intelectual.

Dos corolarios pueden derivarse de esta concepción integralista del quehacer artístico:

a) Mientras mayor sea la estructura senso-intelectual de los sujetos, mayor será la posibilidad de que éstos aprovechen las múltiples funciones y bondades propias del arte: el goce de los sentidos, el despliegue de la imaginación y la construcción de una sabiduría sui generis (diferente al saber científico y al saber cotidiano); y

b) Asimismo, mientras mayor sea la frecuencia en el consumo y disfrute de experiencias artísticas, más amplia y vigorosa será entonces la estructura senso-intelectual de cada individuo.

Se trata, pues, de dos relaciones directamente proporcionales que guardan una feliz correspondencia. En el primer caso, no hay duda que un lector avezado y culto tendrá muchas más capacidades y recursos que uno bisoño e inculto para descubrir, degustar y enriquecerse literaria y filosóficamente con los múltiples simbolismos y significados de una novela tan compleja y polisémica como Don Quijote (que acoge infinidad de lecturas e interpretaciones críticas, por ejemplo: los conflictos cordura-locura, idealismo-materialismo, sentido común-imaginación). En el segundo caso, a manera de una auto educación progresiva y placentera, resulta obvio que cada sujeto puede y debe fortificar su propia estructura senso-intelectual recurriendo a una alimentación espiritual suculenta y cotidiana, a base de poemas, sinfonías, esculturas, pinturas, películas y, claro está, novelas y más novelas. Desde este punto de vista, y si proyectamos nuestro planteamiento hacia la dimensión macro-social, resulta pertinente colegir que los seres sociales que logren construir una vigorosa estructura senso-intelectual tendrán mayores posibilidades de ser mejores personas, es decir, podrán convertirse no sólo en sujetos más sensibles y analíticos, más hedonistas y creativos, sino que también como ciudadanos serán individuos que se comportarán de manera más democrática y solidaria dentro de su propia comunidad y de forma más tolerante e incluyente con los “otros”, con los que actúan y piensan diferente por motivos étnicos, raciales, ideológicos y políticos. Y esta confluencia y colaboración social entre hombres y mujeres cualitativamente mejor preparados, quizá también sea la clave para alumbrar sociedades menos lastradas por la intrínseca conflictividad humana.

Con el objeto de aquilatar la dimensión pedagógica y cognoscitiva de la novela, resulta conveniente partir de una definición general que abarque las múltiples potencialidades propias de este género literario. En primer lugar, nos referimos a un relato extenso, narrado en prosa, cuya estructuración, ritmo y composición tienden a ser complejos y cuyo propósito es la creación de una obra valiosa y de largo aliento. En segundo, aludimos a un microcosmos autónomo y polifónico, históricamente determinado (época y biografía del autor), compuesto por una gran diversidad de signos lingüísticos, sociales, filosóficos, políticos y estéticos, que suelen confluir de manera virtuosa en un todo artístico capaz de trascender las limitaciones del tiempo y el espacio. Amén de los recursos técnicos y estilísticos empleados, ese microcosmos florece gracias a la imaginación del novelista, y en este sentido el texto creado configura una realidad ficcional específica que guarda una correspondencia dialéctica con la realidad real. En este sentido, no se trata de una relación lineal o causal, ni de una simple imitación o reflejo del mundo exterior, sino de la transfiguración o invención de una nueva realidad sustentada en la recomposición subjetiva y en el talento particular del novelista a la hora de reproducir espiritual y estéticamente los elementos preexistentes para convertirlos a la postre en una obra de arte original y significativa. La novela, concebida como universo ficcional polisémico, no pretende copiar ni suplantar a la realidad real, sólo aspira a transmutarse en un producto estético valioso en sí mismo, el cual siempre podrá servirle a los autores y lectores para realizar una más lúcida comprensión tanto de sí mismos como del mundo del que forman parte. Asimismo, puede afirmarse que mientras mayores sean los simbolismos y las connotaciones discursivas y críticas presentes en una novela (tal como sucede en las obras clásicas, antiguas y modernas), mayor será su riqueza artística y epistemológica, y, por ende, su trascendencia histórica y cultural. En sentido contrario: cuantos menos sean los significados sociales y los valores lingüísticos que aparezcan en un texto narrativo, menor será por consiguiente su calidad artística y mayor su obsolescencia en tanto que patrimonio de la literatura universal, tal como les sucede a las novelas chatarra. Una vez planteadas las premisas anteriores, se vuelve factible ejemplificar algunas modalidades específicas del saber novelístico, exponiendo someramente la manera peculiar como este género literario contribuye a potenciar la estructura senso-intelectual de los individuos, y, por este sendero, a desarrollar la educación integral que tanto requieren las sociedades contemporáneas.

Los atributos particulares de la “novela sapiencial”, concepto ideado por Harold Bloom, no suelen ser evidentes para el gran público, pues por lo general los lectores sólo toman en cuenta la función de entretenimiento –sin duda, un aspecto de primer orden– de los libros que consumen. Es debido a ello que resulta conveniente retomar aquí escuetamente algunas de las reflexiones de Milan Kundera, Claudio Magris, Mario Vargas Llosa y del propio Harold Bloom en torno de esa sabiduría que le es consustancial al género novelístico, y que hace que éste sea un instrumento de capital importancia en el diseño de una educación integral. Aludimos a cinco virtudes que, en menor o mayor medida, están presentes en toda gran novela:

a) El espíritu de complejidad. Detrás de la aparente simplicidad de los hechos triviales y cotidianos que narra el escritor en su obra, se esconde un conocimiento más profundo y esencial –textual e intertextual–, que es necesario desentrañar, tejer, estructurar y colegir como una sabiduría particular y luminosa al terminar la lectura del libro. En efecto, el oficio de leer fructifica en un aprendizaje progresivo y omniabarcante, crítico y totalizador, que es la base y el sustento de esa loable amalgama entre la educación sentimental y la educación intelectual a la que aspira todo aquel individuo que cultive el arte de leer o escribir novelas;

b) El espíritu relativista. En la novela, a diferencia de la vida común y corriente tan avasallada por las ideologías religiosas y políticas, no hay cabida para las afirmaciones absolutas, las verdades reveladas, las visiones dogmáticas y los maniqueísmos éticos; por el contrario, se trata de un universo dúctil y tolerante, abierto y cambiante, en donde todos los sujetos tienen el derecho a ser comprendidos en su intrínseca ambigüedad moral, es decir, como individuos capaces de hacer el bien o el mal, de convertirse en víctimas o verdugos, y de reincidir en el error o madurar y redimirse según sean las circunstancias y las situaciones límite a las que se enfrenten. Así entonces, cada personaje –y todo ser humano– tiene su propia verdad relativa y su legítima razón de existir en un ámbito saturado de conflictos y contradicciones;

c) El espíritu inquisitivo. Lo más interesante de la meditación novelesca no es la verdad ya descubierta, sino la verdad (o verdades) que están por descubrirse. Por ello, a fin de poder experimentar la epifanía del descubrimiento, las novelas deben nutrirse con una actitud que más que respuestas formule interrogantes, que en vez de afirmaciones apodícticas prefiera las hipótesis, y que recurra línea tras línea al ejercicio de la crítica y la autocrítica. No obstante que los conocimientos derivados de la novela, incluso los más certeros, constituyen planteamientos falibles y mutantes –una suerte de sabiduría de lo incierto–, no hay duda que ellos constituyen la manera más lúcida y gozosa de escrutar el alma humana. Y si el saber científico le gana a la novela en rigor y precisión conceptuales, el saber novelístico, en cambio, descuella porque no sólo constituye un conocimiento profundo y emotivo del convulso entramado personal y social, sino porque, al utilizar los recursos técnicos que le son propios, explaya también un manejo virtuoso del matiz y alcanza el don de la sutileza;

d) El espíritu irónico. Gracias a su talante humorístico (que abarca desde la leve ironía hasta el sarcasmo más acerbo), la novela se transforma en la mejor arma para cuestionar las lacras y los latrocinios que atosigan a las sociedades, para desacralizar los usos y las costumbres atávicas que se enquistan como grilletes asfixiantes e inamovibles, para contrarrestar la prepotencia y el autoritarismo que caracteriza a los poderes fácticos y a las oligarquías políticas. Sin duda, al utilizar el escalpelo de la ironía y la parodia, los novelistas exploran con mayor hondura el papel crucial que juegan en la praxis individual y en el acontecer social cuestiones “humanas, demasiado humanas”, tales como las obsesiones y las pasiones (amor-odio, altruismo-misantropía, paz-guerra, etcétera), amén de asuntos siempre relevantes y enigmáticos como lo irracional, lo inconsciente y lo patológico;

e) El espíritu de lo concreto. La ciencia y la filosofía arriban a conocimientos generales paradigmáticos o a planteamientos teóricos muy especializados. La novela, por su parte, arroja luz sobre el ser concreto del hombre : su forma de vivir en un tiempo y espacio históricos específicos, la manera peculiarísima como uno solo o una multitud de individuos respiran, piensan, aman, sueñan, sufren, crean, temen, forjan ilusiones y se enfrentan a la muerte. Efectivamente, por obra y gracia del saber novelístico se hace posible que los hechos sociales, sean triviales o trascendentes, rutinarios o heroicos, sagrados o profanos, puedan comprenderse no como abstrusas abstracciones conceptuales, sino como acontecimientos palpitantes –compuestos de sangre y cuerpo– capaces de conmover y aleccionar al público lector.

Por último, una vez que los novelistas han dado cuenta del acontecer vital –siempre circunscrito e irrepetible– de ciertos individuos y sociedades, entonces sí se vuelve factible dar un paso hacia el conocimiento de todo aquello que es común e inherente a la especie humana. Esta notable habilidad para hacer proyecciones artísticas y sociológicas, transitando de lo concreto a lo abstracto, de lo particular a lo general y de lo nacional a lo mundial, explica por qué los libros clásicos de la literatura, a diferencia de las teorías sociales que abordan tópicos muy focalizados, se caracterizan por su altísimo grado de trascendencia histórica y cultural. Ahora bien, ninguno de los cinco atributos epistemológicos aquí mencionados tendría mayor sentido concebido de manera aislada, al margen de los dos elementos que le confieren artisticidad a la novela. Nos referimos, por un lado, a la peculiaridad de la forma novelesca: una narración polisémica que articula a otros géneros literarios, que permite en su seno diversos estilos y técnicas de escritura, que se nutre de la realidad y de la imaginación, y que acoge múltiples posibilidades de interpretación crítica. Por el otro, aludimos a la dimensión propiamente estética del lenguaje literario, una perspectiva gozosa que prioriza ante todo la belleza del idioma respectivo: su eufonía, su elocuencia, su cadencia prosística, su capacidad metafórica y alegórica, y su originalidad y efectividad como propuesta autoral. En conclusión, puede decirse que las mejores novelas, las que florecen a cada lectura sin que importe el transcurrir del tiempo o las disimilitudes interculturales, reflejan una suprema síntesis entre la magnificencia de su expresión artística y la imponderable sabiduría que refulge en sus páginas.

Si bien son cuantiosas las bondades que conlleva la interrelación entre la novela y la educación, no por ello debe incurrirse en la ingenuidad de creer que el arte y la alta cultura, por sí mismos, vacunan al individuo y a las sociedades frente a las diversas manifestaciones de la maldad humana: la explotación económica, el poder despótico, la tortura, el genocidio, la discriminación, etcétera. Baste mencionar el Holocausto perpetrado por la Alemania nazi –uno de los pueblos fundadores de la Ilustración europea– para eliminar cualquier expectativa candorosa a este respecto. Tampoco en el plano individual puede afirmarse que, uno tras otro, los hombres cultos son mejores personas debido a que abrevan cotidianamente del mejor arte universal. En ambos casos, por razones históricas o biográficas muy concretas, sin duda se presentan situaciones funestas y excepcionales que no hacen más que confirmar la validez general de la regla: a mayor educación (cívica, artística, científica, etcétera) menor será la predisposición de los sujetos para introyectar y explayar los odios y los prejuicios, los fanatismos y el sadismo, la intolerancia y la megalomanía. Son incuantificables, en cambio, los ejemplos que corroboran el papel axial del arte y la literatura a favor del desarrollo de la estructura senso-intelectual de los individuos, factor fundamental e indispensable para conjuntar de manera armónica la educación sentimental y la educación intelectual de personas y comunidades. Esta aseveración optimista no desconoce los retos y peligros inherentes a la actual “sociedad del espectáculo”, tan avasallada por una “cultura visual” pedestre y efímera, así como obsesionada con la persecución insaciable del lucro y la banalidad. Al contrario, precisamente porque se reconocen tamaños enemigos, hoy le apostamos a la recuperación del saber novelístico como un elemento primordial para alcanzar una educación integral capaz de contribuir a la defensa y el enriquecimiento civilizatorio de la humanidad.