Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

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El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
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Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

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ROGELIO GUEDEA


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Javier Sicilia

Las contradicciones de una ética mundial

Desde hace ya tiempo el teólogo Hans Küng, frente a las violencias nacidas de las religiones ha consagrado una buena parte de su vida a tratar de generar un consenso para la creación de un Parlamento de las Religiones del Mundo. En 1993 dicho Parlamento se reunió por vez primera en Chicago. De aquel encuentro surgió el documento Manifiesto para una ética global, que ha sido la base de una larga búsqueda por generar, más allá de las particularidades religiosas, una ética mínima que permita la convivencia y la paz en y entre las naciones.

El proyecto en su intención es encomiable. Sin embargo, su facilismo, que prescinde de la estructura fundamental y compleja de las religiones, su condición parlamentaria, que le da un carácter de coerción semejante al de un Estado, y su desarraigo –como si la ética se tratara de un simple derecho ajeno a la espiritualidad–, no sólo lo hacen tan simplista como la New Age, sino peligroso.

Küng, y quienes se adhieren a este proyecto de tufo globalizador, parecen creer que las religiones son una especie de prenda de la que podríamos despojarnos fácilmente para dejar sólo en pie su sustancia ética. Parece que para ellos una moral universal puede arreglársela sin el sostén y la especificidad religiosa de la que surge una vida ética.

Es verdad que el profundo respeto que debemos a otro está en el corazón de cualquier religión, pero también es verdad que ese respeto nace de una experiencia arraigada en una cultura particular. Tomemos el precepto: “No matarás.” Para el cristiano, por ejemplo, nace fundamentalmente de experimentar y vivir la especificidad el sacrificio de Cristo. La experiencia del amor de ese sacrificio es la palabra y la experiencia cristiana que dice “no matarás”; para el budista, nace de su experiencia de la compasión del Buda, etcétera. Suprimir ese marco para dejar una ética abstracta basada en una legalidad moral, es como querer quitarle al ser humano la piel, los nervios, la carne misma, para dejarlo funcionando con su puro esqueleto; es reducir las religiones a realidades secundarias y privadas.

La única forma de vencer la violencia, dice el filósofo Paul Ricoeur en la crítica que hace al proyecto de Küng, “es ese llamado de cada uno para ir a buscar en lo más profundo de su tradición lo que sustancialmente nos reúne con otros, pero hasta el extremo de que nadie [como lo pretende un consenso parlamentario] lo domine”. Eso que no se domina, eso que está en el núcleo fundamental de las religiones y que es del orden de lo inefable, pero que se dice mediante la carne doctrinal de cada religión y nos gobierna desde lejos, es decir, desde ese “punto de oscura luminosidad” que se encuentra en la profundidad de una religión, es un punto de silencio y de reunión “que no está al nivel de una Declaración verbal” ni de ningún precepto. “Lo que no se alcance desde una plegaria de agradecimiento, desde el punto de vista cristiano –continúa Ricoeur–, mediante la meditación en la casa de estudio, entre los judíos; mediante el trabajo en la iluminación, entre los budista [...] no se alcanzará por una plegaria rogativa”, como pretende el Manifiesto.

Por el contrario, aquello que verdaderamente nos lleva al encuentro con el otro proviene de un punto que no está en el nivel de una declaración ni de un parlamento de religiones, tan inútil –es la experiencia histórica– como la onu en el orden de la paz de las naciones, sino en una experiencia y una realidad que es más que ética y de la que viven y se alimentan las religiones. Al mismo tiempo que a ninguna religión le pertenece pronunciar una palabra universal sobre la ética, cada una tiene la obligación de llegar a esa universalidad por su particular camino.

Ese es el reto complejo y profundo que podría llevarnos a ese ecumenismo tan deseado: lo universal que se expresa en lo particular. Lo otro es llevarnos a una especie de Estado religioso mundial, a una supraconciencia leviatánica, como la de los Estados, cuya bondad terminaría siendo totalitaria, tan espantosa en su superficialidad como la de la hegemonía liberal de la globalización.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la appo , y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.