Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
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Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

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El color luminoso de Pierre Bonnard

Miguel Ángel Muñoz


Martha desnuda sobre su cama, circa 1903

Pierre Bonnard (Fontenay-Aux Roses, 1867-Le Cannet, 1947) es, sin duda, el mayor ejemplo de las exclusiones históricas que marcó la crítica de arte del siglo XX. Bonnard creció alineado en la tradición del panteísmo sensualista y cromático que definía el tópico estético de luz y color –Monet, Gauguin y Matisse– que convirtió a la pintura francesa en una añoranza de eternidad pictórica. El incómodo Cézanne, los constructivistas policromos de inicios de siglo, el transcendentalismo geometrista de Cercle et Carré quedan al margen, por supuesto. Sin embargo, la pintura de Bonnard adquiere niveles de originalidad en la muestra que organiza el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, que presenta una exposición dedicada a la obra de Pierre Bonnard, con obras realizadas entre 1923 y 1947, cuyo eje temático es su pintura de interiores; un género en el que el francés destacó notablemente, como podemos comprobar en algunas de sus obras más celebradas de 1932 –Dining Room at Le Cannet, The White Interior o The French Window– que constituyen el núcleo duro de esta exposición, en la que se presenta un total de ochenta piezas del artista (cuarenta y cinco pinturas, dieciséis acuarelas y diecinueve dibujos).

En 1998 pudo verse en la Tate Gallery de Londres una inesperada selección del artista. La muestra quedó en una invitación a la aventura de Bonnard. Pero la retrospectiva que el Metropolitan Museum presenta en esta ocasión, y particularmente ese cuidadoso subrayado de las escenas de baño, en las antípodas de Cézanne y Picasso, nos acerca al núcleo creativo de Bonnard. La impecable secuencia narrativa distribuida en las salas da la seriedad con que el artista afrontó, a contrapelo de convenciones, el proceso siempre tentativo de educar la mirada en la perfección visual. El ojo y la mirada son, para Bonnard, los agentes de una renovada experiencia estética que, a través de unos temas de siempre, naturaleza y paisaje, construcciones, desnudos, retratos y autorretratos, nos adiestran en el goce de lo que vemos.

La tendencia de Bonnard hacia el intimismo constrictivo, la búsqueda de una percepción subjetiva e internalizada a través del color y el espacio, se convierten muy pronto en las raíces de un lenguaje visual rico y personal. A partir de 1908, el estilo de Bonnard se aleja del impresionismo y las convenciones naturalistas y se depura en el proceso de una síntesis imaginativa que lo convirtió en el gran periférico de las vanguardias del siglo xx . Es, sin discusión, uno de los mayores coloristas modernos, capaz como nadie de extraer del naturalismo romántico unos signos formales positivos y originales.


The dining room in the country

En la década de los veinte, decepcionado del decorativismo anecdótico del visualismo fauve, se recluye en un ámbito cerrado que lo acerca a las poéticas de Mallarmé, al intuicionismo bergsoniano. Le sobra todo cuanto va más allá del objeto y su mediación a través del color y la composición. Personalmente le basta con la presencia inquietante de Martre, su compañera, criatura también mágica para él, para destilar de un complejo complot depresivo. Motivo eterno de su pintura: cómo construir un instante visual con soportes formales. Bonnard es también, por qué no, uno de los grandes artífices de la mirada moderna, ajeno por entero a la dinámica de negatividades que llamamos vanguardias históricas, pero con matices que marcaron la profunda huella del artista. Aspira a reproducir sobre el lienzo sólo aquellos “instantes de visión”, capaces de configurar sensaciones sensibles que convierten en espectrales sus escenas de baño y en inquietantes sus plácidos interiores. Quedan así en espacios sin tiempo, en bellísimos artificios visuales que disuelven los límites entre el objeto y sus fondos. Son, por ejemplo, gamas de amarillo que disuelven en ocre rostros más y más genéricos, descarnados y delimitados en un tiempo de arte. Sus pinturas de estos años se caracterizan por el uso muy particular del color, con una paleta brillante y llena de matices, así como de la iluminación, las composiciones y la perspectiva, configurando escenas en las que los objetos y el espacio aparecen como elementos superpuestos, alterándose de este modo la percepción de las distancias.

Para Bonnard, pensar en pintura no es sino intensificar el valor de cada gama cromática, su densidad y transparencia. Biografía y autobiografía se entrecruzan en el acto pictórico que condensan las obras. El arte de Bonnard es complejo. “Elija el mejor artista de nuestro tiempo –preguntaron a Balthus–, ¿Bonnard o Matisse?” “Bonnard ¡Para qué más! El color se razona mejor que el dibujo”, repetía nuestro artista a su sobrino Terrase. No es casual que se haya convertido en el enemigo declarado del mecanicismo de la historiografía lineal que sitúa en las secuencias de influencias y negaciones el proceso de lo nuevo. El desdén de Picasso hacia la pintura de Bonnard pone el dedo en la llaga de una intensidad mal comprendida en tiempos de frentes y batallas estéticas. Su pintura, decía Picasso, es una “mescolanza de indecisiones”, sin entender que esos titubeos hacen la grandeza artística de Bonnard reducir la pintura a un registro de sensaciones perceptivas y visuales sobre las que se construyen nuevas formas de mirar. Las obras últimas alcanzan el impresionante estadio de depuración que califica el gran arte. El almendro, por ejemplo, traduce una secuencia de pinceladas breves en azul y blanco, El baño se transforma en tumba radiante de amarillo y añil; formas y formas sobrepuestas a la búsqueda de un significado estético y poético, que le ha dado a la pintura del siglo xx la grandeza de delicioso traductor de la naturaleza y el color. Parece acertado asegurar que el artista grande es aquel que ha “visto” de una manera la naturaleza y nos ha dado las razones formales para hacerlo de esa manera, enseñaba Berenson. En la tradición clásica las sombras eran siempre oscuras, pero los impresionistas, sin embargo, nos enseñaron a verlas rojas, azules o violetas, y Pierre Bonnard nos dejó como gran enseñanza darle luz a todos los contrastes del color y de la vida.