Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 10 de mayo de 2009 Num: 740

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

José Emilio: el lector está contigo
ABELARDO GÓMEZ SÁNCHEZ

Eurídice
YORGOS YERALIS

Memorable cuerpo
JOCHY HERRERA entrevista con LUIS EDUARDO AUTE

El día que el teatro perdió su magia
JOSÉ CABALLERO

La guerra perdida de Calderón
ROBERTO GARZA

Una Ajmátova de Modigliani en México
JORGE BUSTAMANTE GARCÍA e IRINA OSTROÚMOVA

Porchia: un sabio ermitaño en Buenos Aires
ALEJANDRO MICHELENA

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Columnas:
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Una Ajmátova de Modigliani en México

Jorge Bustamante García e Irina Ostroúmova


figura 1; dibujo de Ajmátova vestida, que la poeta incluyó en su libro
La carrera del tiempo, de 1965
 

En la oscura neblina de París,
Quizás otra vez Modigliani
Camine imperceptible tras de mí.
Su triste naturaleza
Incluso en el sueño me inquieta
De ser culpable de muchas desdichas.
Pero para mí –su mujer egipcia– él es
La música que toca el viejo en el organill,.
Todo el rumor de París se esconde bajo esa música,
Como el rumor de un mar subterráneo
Que ha bebido del dolor
El mal y la vergüenza.

Anna Ajmátova
(variante de un borrador de “Poema sin héroe”)

La historia de la amistad de Amadeo Modigliani y la poeta rusa Anna Ajmátova podría ser una de las más intensamente breves y menos conocidas entre dos creadores importantes del siglo xx. Se conocieron en París en la primavera de 1910, cuando Anna llegó a Francia con su marido, el poeta acmeísta Nikolái Gumiliov, de luna de miel. ¿Dónde se conocieron? Nadie lo sabe, ni ella ni él lo han contado, pudo haber sido en una exposición o en un café, donde a menudo se encontraban los representantes de la bohemia literaria y artística. Sea como fuere, es probable que la atracción mutua haya surgido de repente, cuando todavía no estaban preparados para ella. Ese año Ajmátova vio a Modigliani solamente algunas veces, luego llegó la despedida, pero todo el invierno Modigliani le escribía en sus cartas: “Usted se quedó en mí como una obsesión…”

Exactamente un año después, en 1911, Ajmátova se escapa, literalmente, de Moscú y de su esposo, y viaja a París para verlo. Es entonces que comienza su breve romance: él tenía veintiséis años y ella veintuno. Modigliani ya tenía un lugar como pintor, aunque no era reconocido; Ajmátova apenas se iniciaba en la poesía.


figura 4; dibujo que se expone actualmente en el Museo Ajmátova de San Petersburgo

“El soplo del arte no ha permitido que estas dos existencias hayan pasado de largo, debió ser en una clara y apacible madrugada –escribiría ella muchos años después–. Y todo lo divino en Modigliani chispeaba solamente a través de cierta oscuridad. Él no se parecía, en absoluto, a nadie en este mundo. Su voz se ha quedado, de alguna manera, grabada en mi memoria para siempre. Lo conocí pobre y no quedaba claro de qué podría vivir. Como pintor no tenía ni sombra de reconocimiento [...] No se lamentaba de las necesidades evidentes que lo aquejaban, ni de la falta clara de reconocimiento” agregaría Ajmátova.

Paseaban casi todos los días en el Jardín de Luxemburgo, leían poesía, sabían lo que el instante maravilloso de la poesía significaba para ambos. Seguro hablaban de la poesía de Baudelaire, de Verlaine, de Laforgue, de Mallarmé, poetas que ambos conocían bien; o se decían poemas de estos autores mientras recorrían la riberas del Sena, como señala el narrador en el capítulo ix del memorable y delicioso libro de Marco Antonio Campos Las ciudades de los desdichados: “Miré las aguas del Sena y me pareció ver en ellas las imágenes de los rostros de Modigliani y Anna Ajmátova.” Amadeo le mostraba a Anna “su París”, la llevaba al Louvre. “En esos días Modigliani soñaba con Egipto. Me llevaba al Louvre a mirar la sección egipcia, aseguraba que todo lo demás no era digno de atención. Dibujaba mi cabeza con la decoración de las zarinas egipcias y las bailarinas y parecía que se encontraba completamente seducido por el gran arte de Egipto.” ¿No será acaso en esta pasión por Egipto que se haría comprensible la presencia del gato sentado a un lado de la mujer en el dibujo Desnudo con gato?, ya que el gato en el Egipto antiguo se consideraba un animal sagrado.

Y claro, él la dibuja, la dibuja incesantemente. Realiza esbozos, bosquejos, le regala una parte de estos dibujos. Ajmátova recordará después que en total eran unos dieciséis dibujos. Cuántos eran en realidad, nadie lo sabe. Ajmátova escribe que él la dibujaba de memoria, pero estos recuerdos son escritos casi cincuenta años después de su encuentro, cuando ya era una mujer mayor, es posible que bromeara ligera y pícaramente a sabiendas de que al menos algunos de los dibujos de Modigliani fueron hechos, no de memoria, sino directamente. Aunque es verdad que muchos conocidos de Modigliani aseguraban que él poseía una memoria artística brillante y a menudo dibujaba de memoria, incluso retratos considerables.


Figura 2: Desnudo con gato, del Museo Soumaya

Los dos sabían que su felicidad era por poco tiempo. Por eso vivieron esas semanas juntos, con furia y pasión, con la intensidad propia de los que sospechan que tal vez todo se va sin remedio, sin que nadie pueda evitarlo: “El futuro, que como se sabe echa su sombra mucho antes de que llegue, golpeaba la ventana, se escondía tras los faroles, atravesaba los sueños y asustaba al terrible París baudelaireano, que se agazapaba en algún lugar muy cerca”, escribiría mucho después la poeta rusa. Cuando les llegó la hora de separarse no sabían, todavía, que jamás se volverían a encontrar.

En la vida de Modigliani, Ajmátova se quedaría como un recuerdo brillante, como el aroma de aquellas rosas rojas que ella alguna vez esparció en el suelo de su pobre taller. Sin embargo, después del segundo regreso de Anna, de París a Rusia, Modigliani ya no le volvió a escribir. El silencio del pintor la inquietaba, la ofendía un poco, la hería. Perdieron el contacto. Tal vez bajo ese influjo ella escribiera estas líneas en 1912: “Hoy no me ha llegado ni una carta: él ha olvidado escribirme, o tal vez se ha ido/ […]/ Hace poco él estaba conmigo/ tan enamorado, amoroso y mío:/ fue durante el invierno límpido/ y ahora la primavera está repleta de tristeza…/ Hace poco él estaba conmigo…”

A ambos les esperaría un destino difícil. Modigliani, en vida, no conseguiría un verdadero reconocimiento, la necesidad y las enfermedades lo llevarían prematuramente a la tumba un frío día de enero de 1920, cuando apenas contaba con treinta y seis años de edad. Un día después, su joven compañera (tenía sólo veintidós años) Jeanne Hébuterne Tellier, embarazada, se lanzaría desde la ventana de su modesto apartamento en un cuarto piso. Inmediatamente los comerciantes del arte, que en vida del artista no deseaban ni oír de su pintura, comenzaron a acaparar como locos sus cuadros. Ahora su vida ya se ha convertido en un mito, sus cuadros valen millones y se exponen en los mejores museos del mundo; sobre él se han escrito libros y se han filmado películas. Y un modesto dibujo con la imagen de Ajmátova fue vendido recientemente por medio millón de dólares.

La vida de Ajmátova fue mucho más larga, pero no menos trágica. Su obra no encajaba en el marco del arte oficialista de la Rusia stalinista y el poder siempre se vengó de ella por su falta de deseo de crear dentro del espíritu del “realismo socialista”. En 1921 fue fusilado su marido, el destacado poeta Nikolái Gumiliov, acusado sin ninguna prueba, de tomar parte en acciones contrarrevolucionarias. Su segundo marido, el científico egiptólogo v . Shileiko muere de tuberculosis en el hambriento Leningrado en 1930; su tercer marido, el crítico de arte n . Punin, es arrestado en los años de la dictadura de Stalin y muere en los campos de trabajos forzados. En Moscú, una triste noche de mayo de 1934, le tocó presenciar el arresto de su amigo íntimo, el poeta Osip Mandelstam, que moriría también en un campamento en la región de Kolimá. Su propio hijo, Lev Gumiliov, pasaría en prisión veinte años y saldría del Gulag solamente después de la muerte de Stalin, en 1956. “He atraído la ruina a mis seres queridos y han perecido uno tras otro. Mi palabra presagió la pena de sus tumbas”, escribió alguna vez.


Amedeo Modigliani

En 1964 la Universidad de Oxford le concede un doctorado honoris causa y el gobierno le permite salir a Europa. El escritor e historiador Boris Nozick, comentarista literario que publicó el libro Anna y Amadeo en 2005, señala que si Ajmátova hubiera visitado Londres un año antes, es decir en 1963, de seguro habría visitado la exposición de Modigliani que se llevaba a cabo en la Tate Gallery. Y su sorpresa tal vez hubiera sido mayúscula al descubrir, cincuenta y dos años después, su imagen de joven delgada y esbelta, como una bailarina egipcia, en el cuadro Desnudo con gato que se exhibía entonces en esa galería, entre otros muchos trabajos de su pintor amado. Quizás se hubiera quedado paralizada ante el dibujo, sin fuerzas para separarse de él al contemplar ese fino trazo de su cuerpo denso y alargado que captó el artista en esos breves e intensos días de 1911.

Ese año de 1964, además de Inglaterra, Ajmátova visitó también Italia y Francia. Jorge Edwards, en su libro Adiós poeta , recuerda que junto con Pablo Neruda cenaron con ella y otros poetas rusos en una cálida noche del verano parisino. Testigos que la acompañaron en ese viaje, cuentan que visitó la calle en la que alguna vez se encontraba el taller de Modigliani y que estuvo un largo rato parada junto a la casa en donde, quizás, el pintor y ella habían pasado breves momentos felices. Mirando hacia una de las ventanas del segundo piso, Ajmátova le comentó a su acompañante en ese momento, el escritor y cronista Georgui Adamovich: “Cuántas veces me vi con él aquí.” Esa imagen intensa y triste de una mujer mayor, solitaria y pensativa, que tal vez recreaba los fragmentos de sus recuerdos con el pintor en aquellas juveniles semanas parisienses de 1911, parece cerrar esta historia de vida y amistad de estos dos grandes artistas del siglo xx.

¿Qué sucedió con los dibujos de Modigliani, en los que, como escribió la misma Ajmátova, “se presentía su futuro misterio”? La historia de estos dibujos no es menos interesante que la vida de sus protagonistas. Ajmátova escribió que fueron dieciséis dibujos, pero ella conservó solamente uno, tal vez el menos comprometedor, que no tenía nada en común con los otros dibujos, más atrevidos. Ajmátova aseguraba que el dibujo que conservó era lo más valioso que ella poseía, algo que guardó celosamente toda su vida y que ahora, en la actualidad, es parte importante en la exposición permanente del Museo de Ajmátova en San Petersburgo (fig. 1). Este dibujo lo incluyó Ajmátova como ilustración en su colección de poemas La carrera del tiempo, que publicó en Moscú en 1965. ¿Cuál fue el destino de los otros dibujos? En conversaciones con amigos, Ajmátova mencionó varias veces que los dibujos se habían perdido durante la revolución y la guerra civil en Rusia. A Joseph Brodsky le llegó a decir, incluso, que en alguna ocasión unos soldados habían utilizado algunos de los dibujos para confeccionarse cigarrillos improvisados. Otra suposición es que, simplemente, ella haya dejado la mayor parte de los dibujos en París donde Modigliani, tomando solamente uno, el más inofensivo.


Figura 3: Anna Ajmátova

Esto último parece ser lo más real. De 1907 a 1914 Modigliani mantuvo íntima amistad con el médico francés Paul Alexandre (1881-1968), amigo de artistas y poetas del momento. El doctor estaba fascinado con las pinturas y dibujos de Modigliani y comenzó a apoyarlo lo mejor que pudo. Le compraba sus dibujos y pinturas y le gestionaba comisiones por sus retratos. Coleccionó veinticinco pinturas y 450 dibujos realizados por el pintor entre 1906 y 1914. En julio de ese último año, Paul Alexandre fue asignado como médico del ejército en el frente, cuando se iniciaba la primera guerra mundial y los dos amigos ya no se volvieron a ver nunca más. Alexandre, después de la muerte de Modigliani, siempre soñó con publicar un libro que contuviera sus recuerdos, cartas, materiales sobre el pintor y las pinturas y dibujos de su colección, pero por distintas razones nunca lo logró. Fue sólo hasta 1993 que su hijo Noêl hizo realidad ese sueño al publicar el monumental Modigliani desconocido, en Nueva York, que se convirtió en un verdadero acontecimiento alrededor de la obra del pintor de Livorno.

En octubre del año pasado nos desplazamos de Morelia a Ciudad de México para visitar el Museo Soumaya. No imaginábamos que en ese lugar tendríamos la suerte de hacer un hallazgo extraordinario. Debemos decir, primero que todo, que en el museo se exponía una magnífica colección de pintura europea occidental y mexicana de los siglos xv al xx. Durante nuestra visita nos llamó poderosamente la atención un dibujo de una mujer desnuda (fig. 2). Es un dibujo donde hay invención, simplificación y purificación de la forma. Denota pureza y una extraordinaria frescura. Realizado a carboncillo y lápiz sobre papel a principios de la segunda década del siglo pasado por Amadeo Modigliani, se llama simplemente Desnudo con gato (¡sí!, Desnudo con gato, como el que Boris Nozick menciona que fue expuesto en 1963 en la Tate Gallery de Londres!). Al contemplarlo con atención, advertimos que algo imperceptiblemente conocido rezumaba en las finas líneas de la mujer joven representada en el dibujo. Tras observarlo detenidamente descubrimos de repente que se trataba de la representación de la famosa poeta rusa Anna Ajmátova. No podía caber ninguna duda: el mismo cuello de cisne, la misma nariz aguileña, el mismo peinado con el flequillo largo, como se puede ver en una conocida fotografía de la escritora, que acompaña a este artículo (fig. 3).

Inquietos y sorprendidos nos pusimos a investigar. Sabíamos que en el Museo de Ajmátova en San Petersburgo se había abierto recientemente la exposición Modigliani en la casa de Ajmátova. Uno de los objetos centrales de la exposición era un dibujo de Amadeo Modigliani de 1911 que representa a Ajmátova desnuda. Entramos en comunicación con la directora de ese museo, Nina Ivanovna Popova, quien al saber de la posibilidad de otra Ajmátova desnuda de Modigliani en un museo mexicano, nos envió, entusiasmada, información del dibujo que ellos poseen y una copia del dibujo mismo (fig. 4). Nuestra sorpresa fue mayúscula: los dos dibujos de Modigliani, el del Museo de Ajmátova en Petersburgo y el del Museo Soumaya, son como dos gotas de agua, representan a la misma modelo, a la misma mujer, Anna Ajmátova, que en 1911 posó desnuda para el singular pintor. Nuestra intuición y sospecha ante el dibujo de Modigliani que experimentamos en nuestra visita al Museo Soumaya se hacía ahora realidad y cobraba un gran significado.


Anna Ajmátova. Foto: N. Gumilyov

El dibujo de San Petersburgo, hasta 1993, se encontraba en la colección que ya hemos mencionado del doctor Paul Alexandre, y luego fue expuesto en Venecia con una serie de dibujos tempranos de Modigliani. Allí la eslavista italiana Augusta Dokokina Bobel logró determinar que se trataba de una representación de Ajmátova. El cuadro fue adquirido por el director del fondo sueco Rurik, Nils Nilson. En 2007, durante el xi Foro Económico de Petersburgo, Nilson regaló el dibujo a Vladimir Putin para la creación en San Petersburgo del Centro Presidencial de las Artes. Unos meses después, el consejero de cultura, Yuri Laptev, entregó el retrato para resguardo temporal al Museo de Ajmátova en San Petersburgo, en donde desde octubre de 2008 se expone por primera vez en Rusia. Al investigar en el Museo Soumaya nos enteramos que la obra exhibida en México había sido expuesta en 1963 en la Tate Gallery de Londres, tal y como lo menciona Boris Nozick, y que fue adquirida por sus dueños actuales en Nueva York, en la casa de subastas Sotheby's en noviembre de 1991. El informe dice que el dibujo pertenecía a Hélène Perronnet, a quien su padrino el doctor Paul Alexandre, coleccionista de los dibujos del artista franco-italiano, lo había regalado. Tras esta confirmación ya no nos quedaba ninguna duda: una red de sucesos afortunados había traído este Desnudo con gato, esta Ajmátova desnuda de Modigliani, a México. Se encuentra en el país desde hace más de quince años y no lo sabíamos. Nadie sabía a quién representaba, ni la extraordinaria historia que encerraba. No lo sabían ni sus dueños actuales, ni el propio Paul Alexandre, en cuya colección permaneció varias décadas. Para todos era simplemente un desnudo con gato. Pero a partir de ahora lo podremos disfrutar y contemplar, con nueva mirada, en el Museo Soumaya de Plaza Loreto.