Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de mayo de 2009 Num: 741

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Marcianos
ARNOLDO KRAUS

Plinio: un precursor
LEANDRO ARELLANO

El pájaro mayor
HERMANN BELLINGHAUSEN

Noventa años de la revolución proletaria en Hungría
MAURICIO SCHOIJET

Radicalmente Rosa
ESTHER ANDRADI

Cézanne y Munch: divergencias y convergencias
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Cézanne y Munch: divergencias y convergencias

Héctor Ceballos Garibay

¿Acaso es un despropósito intentar un análisis comparativo entre el pintor francés (1839-1906) y el artista noruego (1863-1944), a sabiendas de que sus concepciones estéticas se sitúan en las antípodas? En lo absoluto. Si bien no existe testimonio alguno de que ambos creadores se hubieran conocido personalmente, no hay duda en cambio de que tenían marchantes y amigos comunes en cuyas casas y exposiciones seguramente tuvieron ocasión de admirar sus respectivos cuadros. En este sentido, cualquier mínima similitud que pudiera existir entre Los bañistas, de Munch, por ejemplo, respecto a los lienzos con el mismo tema y nombre creados por Cézanne (un legado excelso, donde ya se anticipa la evanescencia del realismo y la aparición del abstraccionismo) justifica hacer una somera reflexión en torno de las enormes diferencias estilísticas y las poquísimas semejanzas que determinan las vidas y las obras de estos gigantes del postimpresionismo. Veamos las axiales discrepancias. El universo estético de Cézanne es clásico por excelencia: se sustenta en la mesura, el orden y la templanza. Su pulsión y pasión artísticas giran, exploran y bordean sobre la naturaleza. Aparece así un cosmos pictórico (los bodegones, la montaña Sainte-Victoire, los retratos y autorretratos, los paisajes y los bañistas) cuyos temas reiterativos, en vez de ser imitados o reproducidos tal cual, más bien aparecen como el plusproducto de una portentosa transfiguración espiritual. El maestro busca no tanto la fugacidad de la luz, que tanto obsesiona a los impresionistas, sino la eternidad que subyace en el juego de luces y sombras que refulge en los objetos. Gracias a su peculiar perspectiva geométrica de las masas y los volúmenes, que edifica la obra a partir de los espacios, las líneas y los planos, Cézanne se topa finalmente con el hondo significado espiritual de las cosas, con la esencia profunda que sólo puede ser develada por el color. ¡El Dios color!, ese demiurgo que todo lo crea y modela a su antojo. A través de los pigmentos, ricamente sobrepuestos y matizados, la inventiva del artista compone y recompone, estructura y desestructura las figuras, hasta
proporcionarles una organización estructural y sintética. Es precisamente el color el que se convierte en el sujeto de la acción, en el artífice de la epifanía cromática: el alumbramiento de la magia imperecedera del arte. El resultado no puede ni debe ser otro que un cuadro poético-intelectual, meditado y concentrado, racional y lírico, surgido de una esmerada y rigurosa concepción arquitectónica capaz de transmitir una belleza inmutable e inmarcesible. ¡El verdadero paraíso estético! Esta obsesiva experimentación con la composición y disolución de las formas, anuncia tanto el advenimiento de la plasmación geométrica del cubismo, así como la aparición del arte abstracto: dos vertientes seminales que nutren la expresión artística del siglo xx . Munch, en radical contraposición, aparece signado por el temple apasionado y tempestuoso ľal borde de lo patológicoľ de su propia personalidad. ¡El imperio absoluto de la subjetividad! Aborda y se regodea con sus fantasmas particulares, sobre todo en sus cuadros de interiores; pero incluso cuando pinta paisajes, hay siempre en su producción plástica una obcecación por irradiar y radiografiar el alma de los individuos en su perenne e irremediable falibilidad. ¿Qué se obtiene al final de este camino de estirpe romántica, impronta modernista y derivaciones expresionistas? Un retrato estentóreo y compungido de tópicos por demás inextinguibles: los celos, la envidia, la ansiedad, la soledad, la enfermedad y la muerte. El decorativismo, el trazo curvilíneo, los colores profusos e intensos, la simplificación e inconclusión del dibujo, la técnica y los temas, todo, absolutamente todo, se subordina a ese propósito fáustico de mostrar el desgarramiento emocional que, nada más por el puro y simple hecho de existir, lacera a los individuos. Cosa curiosa: una concordancia, sólo una, puede citarse entre la vida apacible de Cézanne y la atribulada de Munch: los dos se entregaron de manera plena y extenuante a la tarea imperiosa de crear y recrear su vasta producción artística. Al final de sus días, ya viejos y enfermos, ambos seguían trabajando afanosa y arduamente con los pinceles, inmersos en una soledad pasmosa: elegida en libertad y propicia para enriquecer su legado artístico, pero no por ello menos cruel.