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Papeles inesperados
Julio Cortázar
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Julio Cortázar (1914-1984)Foto Cortesía de la Revista de la Universidad
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Julio Cortázar, autor de RayuelaFoto Cortesía de la Revista de la Universidad
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ay quienes, literalmente, saborean la obra de Julio Cortázar una y otra vez. Para ellos, conocedores de la exquisitez de la prosa del Cronopio mayor, y para quienes apenas están descubriendo cuán seductor y vasto es el mundo que habita las páginas que obsequió al mundo el escritor argentino, la noticia de textos inéditos es una fiesta. El libro, que hace unas semanas se dio a conocer en la Feria del Libro de Buenos Aires está ya en México y es el mejor pretexto para rendir homenaje al autor en el 25 aniversario de su muerte. Con autorización de la Editorial Alfaguara presentamos a los lectores de La Jornada una probadita de esos Papeles inesperados de la pluma de un espíritu lúdico, cuya música nunca se ha ido de entre nosotros

Almuerzos

En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.

–¿Cómo cuántas? –vocifera el fama–. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!

–Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho –explica el cronopio.

El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:

–Vea, mi amigo, váyase al carajo.

Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.

(1952-1956)

Never stop the press

Un fama trabajaba tanto en el ramo de la yerba mate que-no-le-quedaba-tiempo-para-nada. Así este fama languidecía por momentos, y alzando-los-ojos-al-cielo exclamaba con frecuencia: ¡Cuán sufro! ¡Soy la víctima del trabajo, y aunque ejemplo de laboriosidad, mi-vida-es-un-martirio!.

Enterado de su congoja, una esperanza que trabajaba de mecanógrafo en el despacho del fama se permitió dirigirse al fama, diciéndole así.

–Buenas salenas fama fama. Si usted incomunicado causa trabajo, yo solución bolsillo izquierdo saco ahora mismo.

El fama, con la amabilidad característica de su raza, frunció las cejas y estiró la mano. ¡Oh milagro! Entre sus dedos quedó enredado el mundo y el fama ya no tuvo motivos para quejarse de su suerte. Todas las mañanas venía la esperanza con una nueva ración de milagro y el fama, instalado en su sillón, recibía una declaración de guerra, y/o una declaración de paz, un buen crimen, una vista escogida del Tirol y/o de Bariloche y/o de Porto Alegre, una novedad en motores, un discurso, una foto de una actriz y/o de un actor, etc. Todo lo cual le costaba diez guitas, que no es mucha plata para comprarse el mundo.

Acerca de Rayuela

Entre mi propia visión de Rayuela y la de la mayoría de sus lectores (entendiendo por mayoría a los jóvenes, mucho más sensibles a ese libro que la gente de mi edad) hay un curioso cruce de perspectivas. Triste, solitario y final, como dice Raymond Soriano, escribí Rayuela para mí, es decir para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia –otros hombres y mujeres de más de cuarenta años. Muy poco después, ese mismo individuo emergió de un mundo obstinadamente metafísico y estético, y sin renegar de él entró en una ruta de participación histórica, de apoyo a otras fuerzas que buscaban y buscan la liberación de América Latina. A lo largo de un decenio, problemas considerados como capitales en Rayuela pasaron a ser para mí algunos de los muchos componentes de la problemática del hombre nuevo; la prueba, creo, está en el Libro de Manuel. Así, en mi visión personal de la realidad, Rayuela sigue siendo una primera parte de algo que traté y trato de completar; una primera parte muy querida, seguramente la más honda de mi ser, pero que ya no acepto con la exclusividad que le conferían los propios protagonistas del libro, hundidos en búsquedas donde el egoísmo de tanta introspección y tanta metafísica era la sola brújula.

Pero entonces, sorpresa: En esos diez años de que hablo, Rayuela fue leída por incontables jóvenes del mundo, muchísimos de los cuales eran ya parte en esa lucha que yo sólo vine a encontrar al final. Y mientras los viejos, los lectores lógicos de ese libro escogían quedarse al margen, los jóvenes y Rayuela entraron en una especie de combate amoroso, de amarga pugna fraterna y rencorosa al mismo tiempo, hicieron otro libro de ese libro que no les había estado conscientemente destinado.

Diez años después, mientras yo me distancio poco a poco de Rayuela, infinidad de muchachos aparentemente llamados a estar lejos de ella se acercan a la tiza de sus casillas y lanzan el tejo en dirección al Cielo. A ese cielo, y eso es lo que nos une, ellos y yo le llamamos revolución.

Un cronopio en México

I.

Cada cual tiene sus encuentros simbólicos a lo largo de la vida. Algunos son ilustres, por ejemplo el que sucedió en el camino de Damasco, o ese otro en que alguien se encontró de golpe con una manzana que caía, e incluso aquél, fortuito, de una máquina de coser con un paraguas encima de una mesa de disecciones. Encuentros así, que proyectan a la inmortalidad a los Newton, los Lautréamont y los San Pablo, no les ocurren a los pobres conopios que tienden más bien a encontrarse con la sopa fría o con un ciempiés en la cama. A mí me pasa que me encuentro con lustrabotas en casi todos mis viajes, y aunque esos encuentros no son nada históricos, a mí me parecen simbólicos entre otras cosas porque cuando no estoy de viaje jamás me hago lustrar los zapatos y en cambio apenas cambio de país se me ocurre que uno de los mejores puestos de observación son los banquitos de los lustrabotas y los lustrabotas mismos; es así que en el extranjero mis zapatos reflejan los paisajes y las nubes, y yo me los quito y me los pongo con una gran sensación de felicidad porque me parecen la mejor prueba de que estoy de viaje y que aprendo muchísimas cosas nuevas e importantes.

Es por eso que hace algunos años escribí la historia de uno de mis encuentros con un lustrabotas, y creo que ese texto bastante nimio fue muy leído en América Latina aunque su acción se desarrollaba en Nueva Delhi. Ahora que vuelvo de México siento la obligación de contar otro encuentro parecido, que tuvo por estrepitoso escenario el zócalo de Veracruz una mañana muy caliente del mes de marzo. Me doy perfecta cuenta de que los espíritus áticos encontrarán poco elegante iniciar una historia de viaje con un lustrabotas, pero a mí el aticismo ha dejado de quitarme el sueño hace rato y en cambio la silla del artista era perfecta, con ídolos deportivos pegados por todas partes y una tendencia a perder una pata trasera que obligaba a una gran concentración por parte del cliente. Mi lustrabotas debía tener diez u once años, es tan difícil saber la edad de un niño pobre, y a mí me parece ofensivo y estúpido preguntársela porque es exactamente la pregunta que todo el mundo les hace a los niños, incluso a los ricos, desde los tiempos de Pepino el Breve, con lo cual los niños lo saben atávicamente y al contestar miran con ese desprecio que casi siempre merecen los adultos. Por lo demás esa mañana la función de contestar parecía ser la mía, puesto que apenas me instaló el zapato derecho en su cajita multicolor, mi joven amigo quiso saber si yo era gringo (él dijo amablemente americano), y mi negativa en correcto español lo dejó dubitativo. Bueno, entonces yo no era gringo pero tampoco era mexicano. Admití el hecho tan importante para muchos de ser argentino, y eso lo satisfizo a lo largo del primer zapato, pero al comienzo del segundo quiso saber si la Argentina estaba donde Guatemala.

Me costó preguntarle a mi vez si nunca había visto un mapa de América del Sur. Dijo que sí, pero era un sí lleno de no, un sí de pudor que me instó, más avergonzado que él, a explicarle con una especie de dibujo en el aire que ahí México, y más abajo Venezuela y todoelbrasil, hasta que al final, ves, el continente termina como un zapato que nunca podrías lustrar tú solo, y eso es la Argentina. (Yo fui profesor de geografía en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, de 1940 a 1945, por si alguien no está enterado de este vistoso aspecto de mi curriculum).

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Portada del libro que reúne inéditos de Cortázar

Volviendo al primer zapato con el perfeccionismo propio de su arte, mi amigo meditó un buen rato antes de hacerme la pregunta final:

–¿Y cuánto le cobró el taxi de la Argentina a Veracruz?

Se comprenderá que el resto carecía de importancia. Expliqué, claro, dije lo que había que decir en materia de aviones y barcos, pero de alguna manera ya sabía que no había puente y que de nada serviría hacerle comprender ese hecho concreto puesto que su pregunta mostraba tan horriblemente lo otro, la ignorancia de todo lo que no fuera su circunstancia inmediata, el miserable círculo de betún en torno a su baquito de lustrar. Sólo me quedaba reír con él, un par de bromas, darle el doble de lo que esperaba como pago para que su última ria fuese aún más bella, y marcharme con mis zapatos relucientes y el corazón lleno de polvo.

(Los cronopios no somos proclives a las moralejas, y esta pequeña historia no la tendrá; prefiero pensar un mundo –y luchar por él– en donde ya no sean posibles encuentros como éste. América Latina paga el precio agobiante de la explotación que hace el imperialismo de sus riquezas propias; lo que no siempre se ve es el precio que paga en inteligencia natural ahogada por la miseria. Mi pequeño lustrabotas tenía esa curiosidad vigilante que alimenta la inteligencia y la vuelve visible y activa; pero ninguna escuela, ninguna pizarra, ningún maestro habían orientado esa fuerza que giraba en el vacío. Una vez más, en Nueva Delhi o en Veracruz, Shine, shine, shoe-shine boy. En inglés, claro.)

Pero a todo eso pasaban cosas, y qué cosas pasaban en Veracruz. Llegados de noche al hotel Mocambo, del que se hablará en su momento porque un cronopio podrá olvidarse de cualquier cosa menos del hotel Mocambo, nos fuimos mi mujer y yo al zócalo con loables intenciones gastronómica (...)

Como ya lo hiciera otra vez, Julio Cortázar se deja entrevistar por dos de sus compatriotas...

Como ya lo hiciera otra vez, Julio Cortázar se deja entrevistar por dos de sus compatriotas, imaginarios en la medida en que él los inventó en su novela 62. Modelo para armar, pero muy reales a la hora de ir a pedirle cuentas y fastidiarlo en todas las formas posibles. Su encuentro es siempre tormentoso, como se verá enseguida. Acaso, también, útil.

Este reportaje ocurrió en vísperas de la publicación de Vampiros multinacionales, que Cortázar califica de utopía irrealizable, y que tiene por protagonista nada menos que a Fantomas el justiciero. He aquí el resultado de tan extraños encuentros en la imaginación y en la vida.

Llegada de los tártaros pampeanos

Está escrito –y cómo, malditos sean– que jamás podré escapar a la persecución a la vez irónica y sádica de Calac y de Polanco. Es bien sabido que en el drama de Luigi Pirandello, seis personajes andan en busca de un autor; en mi caso es mucho más grave pues aunque son solamente dos, no sólo han encontrado a su autor sino que se lo hacen sentir minuciosamente, como ahora que vuelven a subir las trabajosas escaleras que llevan a mi departamento y apoyan el dedo en el timbre con ese aire definitivo que haría caer cualquier muralla de Jericó después de tres minutos de silenciosa resistencia del pobre sitiado.

–Te venimos a ver –me informan los tártaros pampeanos, como si no estuviera lo suficientemente claro– porque nos anoticiaron de un nuevo libro que parece vas a sacar en México, pobre gente, y eso siempre nos apena un poco.

–En realidad... –intento decir mientras retrocedo en el pasillo.

–Vos no te preocupés –concede magnánimo Polanco–, no queremos molestarte en tu trabajo, de modo que el whisky y el hielo lo serviremos nosotros mientras vos abrís una lata de paté o algo así para acompañar.

–Estoy leyendo unos ensayos sumamente filosóficos –digo desde mi última barricada–, y en realidad ustedes me caen más bien mal.

–Guardaremos gran silencio –promete Calac– hasta que acabes el capítulo empezado.

Como tantas otras veces, no me queda más remedio que dejarlos organizar el aperitivo, apoderarse de mis últimos puros y de los dos mejores sillones donde se desparraman con el mismo aire de triunfo que debió tener Alejandro Magno cuando se sentó en el trono de Darío. Hay un prolongado rumor de masticación y tintineo de hielo, mientras el salón se va llenando de un humo que mis buenos pesos me cuesta.

–Se rumorea en los medios cultos –dice Polanco– que tu nuevo libro es heterodoxo, anfibio, ilustrado y en colores.

–No es un libro –le hago notar–, sino una simple historieta, eso que llaman tiras cómicas o muñequitos, con algunos modestos agregados de mi parte.

–¿Así que ahora dibujás y todo?

–No, los dibujos los saqué de una historieta de Fantomas.

–Un robo, entonces, como de costumbre.

–No señor, en esa historieta Fantomas se ocupaba de mí, y en ésta yo me ocupo de Fantomas.

–Digamos una especie de plagio.

–Tampoco, che. Con que me dejen abrir la boca dos minutos, les explico la cosa.

–Serví otro trago y pasame el paté –ordena Calac a Polanco–. Ya lo conocés cuando se larga, tenemos que estar bien avituallados.

De cómo una primera historieta desencadenó una segunda

–Esta pequeña aventura –explico– la pusieron en marcha amigos mexicanos al enviarme un número de las aventuras de Fantomas titulado La inteligencia en llamas. Muy sintéticamente: un enemigo desconocido empieza a atacar los libros con ayuda de un arma infalible que incendia las más importantes bibliotecas públicas del mundo y hace desaparecer poco a poco los volúmenes de las colecciones privadas; de la noche a la mañana nos quedamos sin los clásicos, sin la Biblia, sin novelas ni poemas, y...

–¿Tus obras también? –pregunta Polanco con aire de inocencia, mientras Calac se ahoga de risa detrás de una tostada.

–Las mías y las de Mongo Aurelio –digo enfurecido–. Es entonces cuando Fantomas, mucho más culto que ustedes dos, consulta el parecer de sus amigos escritores, entre otros Susan Sontag, Octavio Paz, Alberto Moravia y el que tiene el desagrado de estar hablándoles. Los cuatro aparecen dibujados en diversos domicilios y actitudes, y desde luego piden a Fantomas que les saque las castañas del fuego porque además de quemarles las bibliotecas los han amenazado de muerte si siguen escribiendo.

–Te diré que más de cuatro... –empieza Calac.

–No lo ofendas –sugiere Polanco.

–En vista de todo eso –digo yo haciéndome lo que probablemente soy–, Fantomas saca pecho y en pocos días encuentra al monstruo que detestaba la cultura, un tal Steiner, y acaba con él. Colorín colorado, fin de la historieta mexicana y principio de la mía.

–Madre querida –dice Calac–. En fin, ya que te preguntamos...

–Les diré que al principio me limité a divertirme porque después de tantos años de ser espectador de diversas tiras cómicas que van desde Barbarella a Mafalda, pasando por El llanero solitario y otras veinte o treinta, me resultaba bastante asombroso verme reflejado en un diminuto espejo de papel de colores, y convertido en actor para mí mismo. Lo primero que me pregunté fueron las razones por las cuales Fantomas me había elegido entre sus asesores intelectuales. Ninguna duda sobre Susan Sontag, por ejemplo, pues a ella todos la elegiríamos en las más diversas circunstancias. Terminé pensando que Fantomas me estimaba por motivos que me conmueven: Robert Desnos, por ejemplo, que...

–Ya empezó el catálogo –dijo Polanco.

–...que escribió una célebre Complainte de Fantomas que siempre me he sabido de memoria, cosa que su héroe no podía ignorar. Y también porque Fantomas, que había empezado como un horrendo criminal, ha terminado en justiciero solitario y sabe que por mi parte yo empecé como un horrendo indiferente y he terminado en no sé qué exactamente pero en todo caso en alguien que tiene sed de justicia cada vez que abre el diario y ve lo que pasa en el mundo.

–Abreviá –mandó Polanco–, no estamos para detalles autobiográficos.