Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de mayo de 2009 Num: 742

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Tres cuentos
TOMÁS URIARTE

A mitad de siglo
ARISTÓTELES NOKOLAÍDIS

Epicteto: hacia una espiritualidad alternativa
AUGUSTO ISLA

Efraín Huerta, poeta feroz
RICARDO VENEGAS

El tiempo suspendido de Rulfo
MARÍA ELENA RIVERA entrevista con ROBERTO GARCÍA BONILLA

La voz entera de Benedetti
RICARDO BADA

Mucho más que un verso
LUIS TOVAR

El mismo Benedetti
CARLOS FAZIO

Oaxaca, ¿tierra de linces?
YENDI RAMOS

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Dos de a pie

PASO UNO

Afectada no sólo por los modos y costumbres de distribución y exhibición cinematográficos mexicanos –de los que tanto se ha hablado en este espacio– sino también por la emergencia sanitaria que ha terminado por desinflarse como si de campaña electorera se tratara, Cochochi (2007) tuvo en cartelera un tránsito mucho muy fugaz, aderezado con la obligada suspensión que impidió el posible boca-a-boca del público.

Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán son los directores, guionistas, fotógrafos y editores –esto último junto con Yibrán Asuad– del filme, coproducido por México, el Reino Unido y Canadá. Tanto en lo que cuenta como en la manera de contarlo, Cochochi muestra una muy bien cumplida y agradecible vocación de sencillez: esta es la historia de una desobediencia con final feliz, protagonizada por Luis Antonio (Luis Antonio Lerma) y Evaristo (Evaristo Corpus Lerma Torres), dos niños cuya edad hará que pronto dejen de serlo, que recién acaban de concluir un ciclo escolar y que, debido a ciertas circunstancias muy específicas del lugar en donde viven y la comunidad a la que pertenecen, tienen que emprender un viaje. A este esquema básico se añade lo que viene siendo la verdadera miga del asunto: el lugar donde Luis Antonio y Evaristo viven se llama Okochochi, alto valle situado en serrano norte del estado de Chihuahua, en el septentrión mexicano. El nombre del lugar significa tierra de pinos, y es eso precisamente lo que la imagen a cuadro certifica de principio a fin. La comunidad y la cultura a la que los cuasi adolescentes pertenecen es la rarámuri, famosa precisamente, entre otras cualidades, porque quienes la integran poseen una capacidad natural para recorrer larguísimas distancias sin más ayuda que la de sus propios pies.

Quizá el principal acierto de Cochochi consista en haberse planteado como una historia hacia adentro, por decirlo así, de la cultura y la región en la que dicha historia tiene lugar, con lo cual consiguió evitarse todo rastro de antropologismo. El desplazamiento geográfico de los protagonistas, lo que entretanto les acontece, la relevancia fundamental que las condiciones topográficas a las que se enfrentan tiene en tales acontecimientos, las implicaciones de éstos en la situación de los personajes, así como el desenlace del mínimo conflicto, no han sido pasados por el filtro, habitualmente empobrecedor, del hombre blanco –para decirlo en términos rarámuris– y, por lo tanto, si como espectador Uno ha sabido dejar fuera de la sala su exiguo y usual tinglado de referentes culturales en materia de narración cinematográfica, comprenderá que en este filme, más que en otros que luego presumen de lo mismo, el paisaje sí es uno más de los protagonistas; comprenderá que esta historia podía ser contada, tal como es, allí y sólo allí, y comprenderá, si alcanza la capacidad, que cine como éste no sólo es bueno que se haga sino es necesario, así sea nomás para constatar cuán extensas son las posibilidades de realización a contrapelo de lo que suele considerarse interesante, donde esta última palabra siempre significa tremendista, grandilocuente, megalómano...

PASO DOS

A semejanza de Cochochi, la opera prima de Matías Meyer –un mediometraje de sesenta minutos– también toma su título del sitio donde acontece lo filmado: acá se trata de Wadley, pequeñísima localidad ubicada en el desierto, dentro del estado de San Luis Potosí. A diferencia de aquélla, Wadley no recurre a la estructura clásica de planteamiento, clímax y desenlace, concretándose a hacer que el espectador acompañe, literalmente paso a paso, a un hombre del que no se sabe ni se sabrá nada, en su incursión al desierto, adonde ha ido con el objetivo específico de comer peyote –Lophophora williamsii, cactácea altamente alcaloide, fecunda en su capacidad alucinógena.

Con una factura minimalista en grado extremo, Wadley se suma a dos o tres ejemplos fílmicos nacionales recientes en los que no se apuesta al vértigo editor sino precisamente a lo contrario. En consonancia con lo que sucede –quizá mejor dicho con lo que deja de suceder–, la cámara sabe mirar, incluso con morosidad, el paisaje magnífico que rodea al protagonista. Nada sucede salvo lo que ya se dijo: el hombre come su peyote. Quien espere algún cambio drástico en el aspecto formal o en el ritmo de la cinta, en supuestas aras de mostrar el mundo a través de los ojos de un alucinado, sentirá cierto grado de frustración, como de seguro lo sentirá todo aquel que, trátese de la historia que se trate, aguarda siempre que algo pase, donde esta expresión, como se dijo líneas arriba, siempre significa tremendismo, grandilocuencia, megalomanía...