Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de mayo de 2009 Num: 742

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Tres cuentos
TOMÁS URIARTE

A mitad de siglo
ARISTÓTELES NOKOLAÍDIS

Epicteto: hacia una espiritualidad alternativa
AUGUSTO ISLA

Efraín Huerta, poeta feroz
RICARDO VENEGAS

El tiempo suspendido de Rulfo
MARÍA ELENA RIVERA entrevista con ROBERTO GARCÍA BONILLA

La voz entera de Benedetti
RICARDO BADA

Mucho más que un verso
LUIS TOVAR

El mismo Benedetti
CARLOS FAZIO

Oaxaca, ¿tierra de linces?
YENDI RAMOS

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 


Ilustración de Juan Gabriel Puga

Oaxaca, ¿tierra de linces?

Yendi Ramos

El jueves cuatro de marzo Marcelino Coache Verano, activista sindical, miembro activo de la appo y preso político en 2006, caminaba rumbo al centro de la ciudad de Oaxaca cuando fue levantado. Después de casi veintidós horas de tortura lo arrojaron a un basurero ubicado a casi 15 kilómetros de la capital oaxaqueña. Pese a la amenaza por parte de los secuestradores, Coache y su familia presentaron la denuncia ante la Procuraduría General de la República para que se investigue el caso. En la averiguación intervienen l a Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT), así como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, con la aplicación de El Protocolo de Estambul.

Después de que Marcelino Coache escuchara detrás de él la sentencia de que estaba detenido y pensara que se trataba de una mala broma, unos sujetos vestidos con uniforme policíaco le mostraron una placa. Recuerda que dos hombres se bajaron de una camioneta negra y colocaron una bolsa de plástico sobre su cabeza. Cuando subían al vehículo, alcanzó todavía a mirar de reojo que el chofer estaba completamente rapado.

–¿De qué se me acusa? –preguntó Coache.

–Tranquilo, ahorita se te dice. Es más, ahorita se le avisa a tu familia para que paguen la fianza –dijo uno de ellos.

La camioneta se encendía apenas con un leve switch, los captores traían radio y hablaban con claves. Eran tal vez las dos de la tarde. Después de lo que él describe como “una eternidad” escuchó el sonido de una reja.

“Creía que era la puerta de una celda –declara Coache–. Caminé tres o cuatro metros.”

Después de dos órdenes: “Quítate todo” e “híncate”, colocaron sus manos junto a la nuca. Con algo “delgado” le jalaron la cara hacia atrás para también amarrarle la boca.

–Ya se le avisó a tu mamá, a tu hermana, a tu jefe. Ya van a pagar tu fianza. ¿Tu familia es la que está en la fotografía de tu teléfono? ¿Qué número carga tu vieja?

Coache no podía hablar, sólo emitir sonidos.

–¿Dónde y cuándo depositas el dinero?

Intentó decir que no tenía dinero.

Entonces sintió el primer golpe en el pómulo. Éste pudo haber sido con el puño o con la mano abierta.

–Te estoy preguntando, ¿cuándo y dónde depositas el dinero?

Vino el segundo golpe, esta vez en la boca. La nariz le escurría, Coache babeaba.

–¿Cuántos hijos tienes y cuántos años tienen?

No contestó. Fue azotado con algo que pudo haber sido la cacha de una pistola sobre el cráneo.

“Sonó como que algo se quebró. Sentí que mi ojo se había desprendido. Quise tocarme con las manos pero con nada podía tocarme.”

–¿Te crees muy machín, verdad pendejo?, ¿muy hombrecito? Agárralo para atrás.

Sintió ardor en el pezón izquierdo y luego en el derecho. Después supo que le quemaban el pecho con un cigarro.

“Eran como pellizcones, como cuando tuercen la piel. Recibí un golpe en el estómago, pero mi cuerpo estaba inerte. Entonces me abrieron las piernas. En el momento por mi mente pasó que me iban a cortar mis genitales. Yo estaba totalmente para atrás, no podía ni moverme, ni cerrar las piernas.”

Entre grillos y cantos de rana

Coache recuerda que los sujetos dejaron de golpearlo, callaron e incluso que salieron de la habitación. Su temor era que alguien lo observara detenidamente desde el umbral de alguna puerta, si es que la había. Podría ser medianoche. Trató de distinguir cada sonido. Mientras tanto el frío le hacía rebotar las rodillas entre ellas, los dientes, todo el cuerpo.

¿Qué sonidos recuerda a su alrededor?

“Entre grillos y cantos de rana. Demasiados grillos. Yo quería oír otras cosas, en eso empecé a escuchar un avión, pero muy lejos. Oía el frenar de un tráiler. Lo que sí escuchaba constantemente era un perro, entre ladrido y llorido, como cuando está amarrado y no está acostumbrado.”

La llegada de el Lince

Marcelino continuaba en posición fetal, sin poder enderezar la espalda y tampoco sentarse. Fue cuando distinguió una segunda voz que anunciaba la llegada de el Señor o “ el lince . Afuera se escuchaban murmullos que se acercaban a él. Distinguió la presencia de una tercera persona:

–Es ese pinche revoltoso, no nos va a dejar en paz.

“Era un tono como entre de mujer y niño. Pero estoy seguro de que era un hombre. Era un tono chillón, muy agudo”, refiere Coache.

–Pues si quieres me lo quiebro –intervino alguien cortando cartucho.

“No me pusieron el arma en la cabeza pero me empezaron a salir las lágrimas. Para mí ya estaba muerto, mi cuerpo temblaba, por más que lo quería controlar temblaba.”

Pero de repente el que daba las órdenes le dijo: “Ya te vas, pero de una vez te advertimos que si dices algo no la vas a pagar tú sino tus hijos.” Le desamarraron las manos, la boca. No tenía fuerza para sostenerse de pie, se tambaleó hacia un lado. “La ropa cayó frente de mí como arrastrándose.”

Coache narra que podrían ser las cuatro de la mañana cuando lo bajaron de la camioneta. Había sentido el trayecto de un camino pedregoso. “Empecé a caminar descalzo; entonces quise pisar y me lastimé. Me jalaron la bolsa hacia atrás. Oí como cuando destapan un refresco y me llegó un olor a gasolina. Por instinto puse las manos hacia donde venía el sonido pero de manera instantánea sentí un empujón.”

Después de rodar sobre la hierba, el cuerpo de Coache quedó inmóvil. “Estaba oscuro pero había luna. Quedé boca abajo. Lo que menos quería era moverme en ese momento”.

La camioneta ya se había ido cuando comenzaron a cantar los pájaros. Coache cuenta que miró las luces de las casas en el valle. Después de caminar un rato se ubicó. Era el tiradero de basura municipal, una zona ubicada a un costado de la carretera que va hacia Ocotlán.

Sin poder hablar, golpeado y apenas emitiendo sonidos pidió ayuda. Algunas señoras pensaron que estaba borracho y cerraban la puerta de sus casas, los policías del pueblo le dijeron que no estaban autorizados ni para dejarlo usar el teléfono, ni para llamar con el radio a una ambulancia o a una patrulla. Por fin llegó a la orilla de la carreta y un taxista se detuvo. Quizá lo hizo porque le contó a Coache que a él también lo habían levantado unos días antes. Marcelino fue llevado a las instalaciones del Seguro Social. Al bajar del automóvil, el chofer le dio diez pesos y una chamarra. En la entrada del hospital, los guardias lo detuvieron. Necesitaba su carnet o una identificación. Le pidió a un doctor que lo ayudara pero éste no le hizo caso. Los guardias continuaban con su intento de sacarlo del área de urgencias cuando una trabajadora social lo atendió. Buscó su expediente. Podrían ser como las diez de la mañana del 5 de marzo cuando Marcelino estaba en una camilla en espera para ser atendido por los médicos.